viernes, 25 de abril de 2014

Imaginar el Estado: el debate sobre el estatus de las lenguas en la Cataluña independiente. Arranque de las controversias

Breve extracto del artículo de Silvia Senz, «Imaginar el Estado: el debate sobre el estatus de las lenguas en la Cataluña independiente», en: Klaus Zimmermann (ed.). Prácticas y políticas lingüísticas. Nuevas variedades, normas, actitudes y perspectivas. Madrid/Frankfurt: Iberoamericana/Vervuert, 2014.


[...]
2. El Estado imaginado: la gestión de las lenguas en el Estado catalán

Como hemos visto, son muchos los factores que indican que Cataluña camina decididamente hacia la expresión de su reclamado derecho a la autodeterminación. La evidente presión social para que se acelere el proceso ha obligado a las fuerzas políticas que gobiernan a elaborar ya un proyecto de Estado que resulte operativo en un breve plazo. Siendo la lengua un asunto central para la identidad catalana, la necesaria preconfiguración de la gestión del multilingüismo en una futura república catalana es un tema que empezó a plantearse muy tempranamente.

2.1. Arranque del debate en prensa, con el castellano como protagonista

Debido a la conflictividad política que desde hace siglos han acarreado la hegemonía del castellano en España y las políticas de reversión del proceso de sustitución del catalán y el aranés (occitano, de hecho) por el español, el debate en torno a las lenguas que se hablan en Cataluña había revestido hasta ahora un carácter eminentemente defensivo y se había centrado sobre todo en las lenguas propias1, en su cohabitación con el castellano y en la difícil resistencia ante la poderosa y prestigiosa «lengua común» —hegemónica, en realidad— de España. En septiembre del 2012, el giro político propiciado por la masiva manifestación independentista de la Diada convirtió el viejo sueño de lograr para Cataluña un Estado propio en un horizonte al alcance y por primera vez planteó la necesidad de visualizar los escenarios de gestión lingüística que la república catalana podía brindar. La aceleración del proceso soberanista durante el 2012 conllevó, sin embargo, que las primeras voces que se expresaran públicamente al respecto estuvieran lejos de un análisis sosegado, plural y entendido, alejado de los focos mediáticos, y que la cuestión quedara, desde el primer día, expuesta al gran público y teñida por el tacticismo político y por lo que podríamos denominar una sociolingüística de salón. Tintes y cauces que ya eran habituales en los discursos públicos sobre las lenguas en Cataluña del período autonómico, cabe decirlo. De hecho, los postulados del sector que, desde tribunas de prensa, inició el debate de las lenguas en un Estado propio revelan sorprendentes continuidades con planteamientos precedentes.
Cronológicamente2, las controversias públicas en prensa han discurrido en diversos turnos de acción-reacción, con contribuciones que han desencadenado series más o menos largas y cruzadas de réplicas y contrarréplicas. La primera tanda se inició en enero del 2012. El encargado de abrir el fuego fue Eduard Voltas, ex secretario de Cultura de la Generalitat de Catalunya por parte de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) durante los Gobiernos autonómicos tripartitos (formados por ERC, el PSC e ICV-EUiA) y periodista de la órbita del grupo de comunicación Cultura.03, afín a ERC.
En su artículo «La tribu o l’Estat» (‘La tribu o el Estado’), Voltas, tomando como punto de partida las encuestas del Centre d’Estudis d’Opinió (CEO)3, planteaba, de un lado, la necesidad de trabajar un discurso que decantara al 1,2 millón de personas que en Cataluña se sienten más bien o sólo españolas —a los que adjudicaba libérrimamente el castellano como lengua de origen o preferente4 y presuponía contrarios a la independencia—a favor del «Sí» en un hipotético referéndum de autodeterminación, y, de otro, la necesidad de evitar una fractura social en la república catalana por razones de identidad. Este artículo recibió un réplica inmediata procedente de sus mismas filas políticas: en un artículo de tono contemporizador, el lingüista y concejal de ERC Xavier Mir, señaló, sin embargo, la falta de rigor de Voltas en la lectura de los datos demoscópicos, la simplificación que suponía obviar el actual carácter multicultural de la sociedad catalana y las complejas identidades que de ello se derivan, y el recurso a un apriorismo: que el independentismo estuviera vinculado a diferencias étnicas. Esta acertada observación de Mir evidenciaba la reedición en el discurso de Voltas de la lectura etnicista de la sociedad catalana que realizaban quienes, en la década de 1980, defendían una política de normalización lingüística para el catalán. En aquel momento, el sentimiento de pertenencia a la comunidad española o a la catalana era muy intenso, y el criterio de discriminación entre una comunidad y la otra era la lengua. La superación de estas diferencias se hizo depender de la integración de ambas comunidades en una sola comunidad, que no podía ser monolingüe en catalán debido al estatus jerarquizado de las lenguas en España y a la oficialidad del castellano en todo el territorio español, por lo que debía ser forzosamente bilingüe, situación que pretendía lograrse mediante la aplicación de medidas de extensión del conocimiento y del uso público de la lengua minorizada: el catalán. Obviando las complejas amalgamas de identidades y de competencias y usos lingüísticos resultantes de las políticas de recuperación y dinamización del catalán y de la llegada de inmigración exterior, Voltas inició, pues, el debate partiendo de postulados de un rigor cuestionable.
No obstante, sus reflexiones no quedaron desacreditadas por esta evidencia. Albert Branchadell, sociolingüista políticamente favorable al federalismo y contrario al secesionismo, distinguido por la defensa de un discurso sobre la lengua y sobre la planificación lingüística en Cataluña que ha intentado compatibilizar la defensa de una normalización plena del catalán con los principios del liberalismo, reforzó la tesis de Voltas azuzando la estrategia del miedo. Según Branchadell (20/02/2012; en Sendra 13/06/2013), el supuesto fracaso de repúblicas de reciente creación se debería a conflictos étnicos internos irresueltos. Aunque podía presuponerse que en su discurso iba implícita la defensa del mantenimiento del actual statu quo lingüístico y simbólico como forma de evitar los efectos negativos de los períodos de inestabilidad que la estatalización puede conllevar, para evitar tal conflicto Branchadell no proponía ninguna medida profiláctica relacionada con símbolos identitarios como las lenguas. Sería de nuevo Voltas en su artículo «En castellà també si us plau»5 (‘En castellano también, por favor’; 26/02/2012; en Sendra op. cit.) quien recuperaría la fórmula magistral que ya se había aplicado en los años ochenta para superar la división étnica de la sociedad catalana: el bilingüismo social, jurídicamente consagrado con la declaración de doble oficialidad (castellano y catalán) en la futura república. Como se mostrará a continuación, la propuesta de Voltas mantenía su visión de partida, añadía nuevos errores de apreciación del escenario sociolingüístico actual, desencadenaba un debate prematuro en un momento en que la independencia era, más que ahora, un futuro políticamente incierto, y eludía cuestiones constantes y relevantes en los debates sobre la(s) lengua(s) en Cataluña, a la vez que abundaba en corrientes de opinión precedentes y adoptaba incluso elementos del discurso del españolismo lingüístico. Con respecto a esto último, proponía al catalanismo abrazar la idea de que, en lo referente a las lenguas, el rasgo lingüístico definitorio de la sociedad catalana es el bilingüismo catalano-español: «Sí, se trata de un cambio de paradigma radical para el catalanismo lingüístico de toda la vida. Es pasar del bilingüismo como amenaza al bilingüismo como valor identificativo del proyecto de país»; una asunción que animaba a realizar por tres razones estratégicas: en primer lugar, porque el futuro Estado catalán no podría construirse sobre la base de la «alergia a la diversidad interna»; en segundo lugar, porque diluiría la supuesta desconfianza «de la mitad castellanohablante» ante posibles consecuencias discriminatorias de la estatalidad sobre la lengua y la identidad españolas; y en tercer lugar, decía, porque el castellano supone para Cataluña un activo económico irrenunciable. Voltas hablaba además de que la Cataluña independiente debería ser «rigurosamente garantista de los derechos lingüísticos de todos los ciudadanos», entendiendo el estatus que proponía para el castellano y el catalán como una extensión de la actual condición de ciudadanía española de sus hablantes. Es decir, el castellano y el catalán debían ser las lenguas oficiales de los ciudadanos del nuevo país porque lo eran de los del antiguo, una inferencia que pasaba por alto el complejo carácter poliétnico (y binacional si se considera a la minoría aranesa) de la sociedad catalana. En su propuesta, Voltas obviaba que una Cataluña independiente, además de sufrir muy probablemente nuevos flujos migratorios, deberá reconocer derechos de ciudadanía a todos los habitantes nacidos en el territorio y probablemente naturalizará a buena parte de la emigración reciente radicada desde hace tiempo en el país, que en los últimos treinta años ha aportado al territorio cerca de trescientas lenguas de todas las partes del mundo, cuasi invisibilizadas en lo público pero algunas con importantes bolsas de hablantes estables. Hoy, más de un 10 % de los habitantes de Cataluña no tienen ni el castellano ni el catalán como primera lengua (Comellas et alii 2010: 55). Las garantías que Voltas quería prometer se limitaban, pues, al reconocimiento de derechos individuales (ciudadanía española) y colectivos (identidad nacional española representada en la lengua castellana e identidad nacional catalana representada en la lengua catalana) preexistentes, de tal modo que la catalanidad no alcanzaba ni a ser una condición administrativa (propia de todo aquel que vive y trabaja en Cataluña), sino un sucedáneo de la españolidad. La elisión del componente multiétnico y multicultural de la sociedad catalana llevaba, además, a omitir cuestiones primordiales; por ejemplo, cómo compatibilizar la realidad multilingüe de Cataluña (incluida su actual tercera lengua oficial, el aranés) y los derechos individuales de la parte de la población de nueva inmigración, con la continuidad del estatus y de las políticas bilingüizadoras.
Como se vería en las réplicas que recibió, el retrato parcial de la realidad lingüística catalana que realizaba Voltas obviando la existencia de la emigración reciente no era el único «error» de apreciación. Por ejemplo, Voltas hablaba del bilingüismo como una condición natural de Cataluña —una naturalización constante en el discurso del españolismo lingüístico—, ignorando o queriendo ignorar que se trata de una situación coyuntural, de un statu quo resultado histórico de la conjunción de un proceso de unificación política y homogeneización cultural y de los flujos migratorios. En resumidas cuentas:

1. Desde el Decreto de Nueva Planta hasta el franquismo, es consecuencia de la imposición del castellano como lengua nacional de España, con un estilo impositivo especialmente virulento y sustractivo durante las dictaduras del siglo XX, por la dura (y también dilatada durante el régimen franquista) persecución de las lenguas autóctonas de Cataluña. En estas circunstancias, el franquismo establece un programa de extensión social del castellano y recesión de las lenguas aranesa y catalana que se vale de una serie de mecanismos facilitadores6, a saber:

a) proliferación de medios de comunicación y entretenimiento y de producción cultural única o muy mayoritariamente en castellano;
b) educación obligatoria generalizada exclusivamente en esta lengua;
c) actitudes de subordinación por parte de los catalanohablantes, que se concretan, por ejemplo, en la tendencia a cambiar de lengua en el contacto con castellanohablantes (en el caso de que exista suficiente competencia en castellano);
d) llegada de grandes masas de inmigración mayoritariamente de habla castellana en un marco favorable para el mantenimiento del monolingüismo en castellano.

2. Desde el franquismo hasta hoy, es también fruto:

a) de un régimen jurídico jerárquico, que ha mantenido la oficialidad exclusiva del castellano en todo el territorio español, compartida —aunque no en igualdad de términos— con el catalán y el aranés en Cataluña (y con otras lenguas distintas del castellano en otras comunidades autónomas);
b) de una jurisprudencia que ha entendido que tal restricción territorial implica asimetrías en el contenido de la doble oficialidad (por ejemplo, la obligación de todos los ciudadanos de España de conocer el castellano, pero no de los catalanes y araneses de conocer el catalán ni el aranés)7, y
c) del mercado lingüístico favorable al castellano establecido en los siglos precedentes, especialmente durante el franquismo.

Todos estos factores históricos han operado conjuntamente para establecer una sociedad bi o trilingüe en cuanto a competencias idiomáticas adquiridas, pero no necesariamente en cuanto a práctica lingüística. Al obviar todo esto, Voltas atribuía implícitamente al castellano las condiciones de implantación histórica exigibles para ser reconocida como lengua propia del país, algo que la toponimia, el folclore, la dialectología hispánica, y el conocimiento histórico de la implantación y extensión social del castellano en Cataluña8 ponen en serias dudas.
Al mismo tiempo, infinidad de asuntos relacionados con la doble oficialidad quedaban suspendidos en un vacío argumental que no sería capaz de llenar en posteriores contribuciones. Voltas no se planteaba siquiera los escenarios derivados de su propuesta, como qué comprensión del término oficialidad debería seguirse, lo que no es cuestión menor habida cuenta de la particular interpretación que la legislación y jurisprudencia españolas han hecho de él, como se verá (§ 2.3 y 2.5). O qué consecuencias tendría el mantenimiento del actual statu quo en la organización y distribución de los usos públicos de las lenguas que sólo un Estado puede gestionar y que hasta ahora no han sido competencia catalana; ni cuál sería su impacto en la valorización social de cada lengua o en la conformación de una imagen-país específica y discernible, siendo que la ordenación jurídica de las lenguas tiene también un valor simbólico y, para un Estado, «oficializar una lengua supone [...] una suerte de reconocimiento público sobre cuál es su elemento de identidad lingüística» (Ruiz Vieytez 2005: 272). Tampoco mencionaba qué grado de competencia bilingüe sería exigible a la población, ni qué competencia se exigiría en otras lenguas, ni qué efectos podría alcanzar la interferencia entre ambas lenguas en su estructura e identidad. Ninguna previsión hacía sobre las dinámicas competitivas a las que desembocan las situaciones de bilingüismo social en que ambas lenguas pretenden cumplir las mismas funciones, ni, en función de dichas dinámicas, sobre qué lengua podría llegar a asumir el papel de lengua franca (la lengua que por defecto y de manera automática se utiliza en la intercomunicación social en el contacto entre desconocidos) o de lengua tendencial entre grupos mixtos de hablantes9.
Entre las muchas omisiones de asuntos capitales en la cuestión de las lenguas en Cataluña, el artículo de Voltas no hacía tampoco la menor referencia a aspectos conflictivos ya planteados precedentemente y que seguirían vigentes en un nuevo Estado, como el delicadísimo asunto de cómo abordar las asimetrías persistentes en el uso social y privado de castellano, aranés y catalán, favorables a la hegemonía de la lengua española. Tales desequilibrios no se explican sólo por el superior estatus jurídico del castellano en España —ventaja que, también en lo jurídico, podría repararse en un Estado catalán—, sino por el efecto de atracción que ejerce su valor de mercado10, signos de poderío propios de las lenguas expansivas con un pasado imperial que un nuevo Estado no es capaz de compensar sin implementar políticas firmes de discriminación positiva y promover discursos públicos socialmente performativos que movilicen la lealtad de los hablantes hacia las lenguas minorizadas. La simple declaración de oficialidad exclusiva para estas lenguas es, de por sí, un instrumento de discriminación positiva. No obstante, siendo mucho más suaves, las medidas de reparación, protección y dinamización del catalán y el aranés del período autonómico han topado con grupos minoritarios reacios a su aplicación, que mantendrán su activismo en este campo, lo que exige que cualquier propuesta de gestión lingüística en la república catalana se plantee seriamente todas las implicaciones y dificultades de una política de normalización plena11 para el catalán y para el aranés, y sepa afrontarlas si se decide normalizar ambas lenguas.
En esta línea de elisiones, también brillaba llamativamente por su ausencia la referencia a una constante histórica en los discursos sobre la lengua en Cataluña: la amenaza de muerte del catalán (y el aranés) a manos del castellano, que se sostiene como real atendiendo al patrón que muestra la sociolingüística histórica, según el cual el bilingüismo social no es una situación estable, sino un estadio intermedio en un lento proceso de desplazamiento lingüístico, que acaba en la sustitución de la lengua más débil. Con esta omisión, Voltas obviaba de paso el hecho de que la aceptación del bilingüismo social que proponía podía suponer al mismo tiempo una renuncia a priori a la continuidad del catalán y del aranés en su territorio de origen, una renuncia que el autor no exigía a los catalanes respecto del castellano, pese a que esta lengua tiene todas las oportunidades no sólo de seguir viva, sino de mantener su hegemonía en muchos países.
Pese a que todos estos trasfondos, incongruencias, elisiones e incertidumbres saltaban a la vista y resultaron fácilmente objetables12, con este artículo de Voltas publicado por el diario Ara (afín a ERC) quedó oficialmente inaugurada una línea argumental táctica encabezada por este rotativo, como resultó evidente en el editorial que publicó al día siguiente su director, Carles Capdevila (27/02/2012; en Sendra op. cit.) y, con posterioridad, en las reiterativas aportaciones de otros articulistas fijos del diario (particularmente las del escritor Sebastià Alzamora y las del productor televisivo y escritor Toni Soler, que incluso llegó a hablar de una fortaleza del catalán poco acorde con su realidad; todos ellos en Sendra op. cit.)13. En su editorial, Capdevila hizo además una significativa aportación al discurso de Voltas: considerar que el elemento identificador que une a todos los catalanes y tiene fuerza cohesionadora no es la lengua catalana, ni mucho menos el catalán y el aranés, sino el bilingüismo castellano-catalán; es decir, que lo común a los catalanes no es lo que históricamente tenían como elemento diferenciador, sino lo que, como otros españoles, habían adoptado (forzosamente) como elemento de identidad compartida: la lengua castellana:

El del castellano es uno de los últimos tabús del catalanismo, y que nos atrevamos a abordarlo en positivo, no sólo con respeto sino con afecto y convicción, añadiría nuevos elementos a los argumentos económicos para gestar un modelo soberano atractivo, integrador y vencedor. Entiendo y comparto algunos recelos porque la nuestra ha sido y es una lengua amenazada, pero quizá se trata de dejar de caer en la trampa de actuar a la defensiva y hacerlo al ataque. No pensar tanto en tensiones con Madrid sino en lo que nos une a todos los catalanes. No es la cantinela de caer bien a España, es la de cohesionar Cataluña para abordar el futuro siendo muchos, menos recelosos y aspirando a todo. [En catalán en el original. Las cursivas son mías.]

De este modo, aunque también abría las puertas a la disensión, la línea editorial del diario Ara adoptaba internamente, sin apenas fisuras —la excepción, y remarcable, sería su lingüista y jefe de Redacción, Albert Pla Nualart—, las actuales tesis del nacionalismo lingüístico español, subrayando no sólo las virtudes económicas del castellano que ya había señalado Voltas, sino tres significativos atributos más: universalismo (el castellano es una lengua hablada en todo el mundo, como señalaba Toni Soler en su artículo del 3 de marzo del 2012), inclusividad (sólo el bilingüismo [= castellano] tiene las propiedades integradoras necesarias, como daba a entender Capdevila) y concordia (sólo el bilingüismo [= castellano] es la lengua de encuentro, el instrumento que posibilitará la cohesión social, también según Capdevila), ideologemas del postnacionalismo hispánico cuyo contenido supremacista y función blanqueadora y propagandística ha analizado lúcidamente José del Valle (2005 y 2007):

Como ya he señalado en trabajos anteriores [...] (J. del Valle y Gabriel-Stheeman, 2002),[...] al analizar la imagen del español desarrollada por las mencionadas instituciones [rae e Instituto Cervantes], nos encontramos, en primer lugar, con que aparece insistentemente caracterizado como lengua de encuentro, como instrumento de comunicación que posibilita un diálogo y una convivencia armónica propios, aparentemente, de una patria común. Este principio lo formulaba así, de forma concisa pero extraordinariamente elocuente, Víctor García de la Concha, [...] actual Director de la Academia: «Es realmente emocionante cómo la lengua está sirviendo de lugar de encuentro y no sólo como canal de comunicación. La lengua nos hace patria común en una concordia superior» (citado en El País, 9 de julio del 2000). [...] El «encuentro» hizo su más sonada aparición en un muy controvertido discurso pronunciado por Juan Carlos I: «Nunca fue la nuestra lengua de imposición, sino de encuentro; a nadie se le obligó nunca a hablar en castellano: fueron los pueblos más diversos quienes hicieron suyo por voluntad libérrima, el idioma de Cervantes» (Juan Carlos I, ceremonia de entrega del Premio Cervantes , 23 de abril de 2001).
La segunda idea que perfila la imagen del español en la política lingüística a la que aquí me refiero afirma el carácter internacional del mismo. Esta proyección global del idioma se deriva no sólo de su presencia en los países que constituyen el mundo hispánico sino, y muy especialmente, de su capacidad de expansión. [...] hay que señalar que la expansión del idioma se suele justificar más bien invocando los valores universales que se le atribuyen, tanto político-culturales, como hemos visto en el párrafo anterior, como económicos, como veremos en el que sigue. [...]
Las virtudes conquistadoras de la lengua son buenas compañeras de la tercera y muy valiosa propiedad que se le asigna: su condición de recurso económico [...] el español como producto anhelado por extranjeros ansiosos de aprenderlo y con ello incrementar su capital cultural; el español como instrumento publicitario, como imagen de marca que hace un producto más apetecible; y el español como basamento de la identidad panhispánica que invita y legitima las inversiones e intervenciones españolas en las Américas.
[...]
Volvamos brevemente a la imagen del español dibujada por el Director de la Academia: «Es realmente emocionante cómo la lengua está sirviendo de lugar de encuentro y no sólo como canal de comunicación. La lengua nos hace patria común en una concordia superior» (citado en EL PAÍS, 9 de julio de 2000, subrayado mío). En el fondo de esta imagen, se sitúa el rasgo básico que caracteriza a cualquier lengua: su poder comunicativo. Se asume, por supuesto, que el español, al ser una lengua altamente codificada y elaborada, está dotado de una especial transparencia significativa. Pero más sobresaliente aún es el hecho de que, al referirse a la lengua, el director de la Academia no se limita a señalar su utilidad: el español es más —debe ser más— que un simple instrumento al servicio del diálogo eficiente. Como canal de comunicación que es, produce el «encuentro» de todos aquellos que lo hablan y el establecimiento de una comunidad caracterizada por la «concordia». Por medio de estas figuras del lenguaje, García de la Concha asocia el español con un valor superior, ya no sólo limitado a la utilidad administrativa o a la rentabilidad económica, sino estrechamente vinculado a un orden moral y cívico. [José del Valle 2005: en línea; las negritas son mías.]

No me atrevería a afirmar que Voltas, Capdevila y Soler asuman estas representaciones del castellano, pero tal vez sí creyeran que es el único discurso que los catalanes hispanófonos son capaces de entender. De hecho, más de una de las réplicas críticas a sus artículos se preguntaban qué opinarían los castellanohablantes de todo ello. Tardaría en saberse.
[...]

[Sigue en: «¿Qué supondría la oficialidad del castellano en una Cataluña independiente?».]

 

Notas 
1 Respecto al concepto de lengua propia y a su aplicabilidad al castellano en Cataluña, cf. Senz 11/12/2007.
2 La compilación más extensa y actualizada de los debates que se iniciaron en enero del 2012 se encuentra en las cronologías interactivas creadas por la sociolingüista de la Universitat de Barcelona Montserrat Sendra (13/06/2013 y 22/06/2013), que permiten localizar con extrema precisión (al día e incluso a la hora) las contribuciones publicadas en prensa periódica y en la red, y leer su contenido íntegro en línea.
3Cf. la web <http://www.ceo.gencat.cat/ceop/AppJava/pages>.
4 En ninguna de las encuestas oficiales donde se ha planteado la intención de voto en un referéndum de independencia han aparecido cruces con la variable «lengua», que sí han realizado más tarde algunos analistas (cf. Ardèvol 07/03/2103). Sin embargo, ninguna encuesta ha preguntado si la promesa de oficialidad del castellano en el Estado catalán cambiaría la intención de voto en un referéndum por la independencia.
5 El título de este segundo artículo de Voltas es una evidente evocación del clásico lema de defensa y dinamización del catalán «En català, si us plau» (‘En catalán, por favor’), en una dislocación conceptual que hasta el momento sólo había sido realizada por las plataformas contrarias al modelo escolar de inmersión lingüística en catalán y a la normalización de esta lengua, embrión de lo que más tarde sería el partido Ciudadanos-Partido de la Ciudadanía. Cf. el manifiesto: «“En castellano también, por favor". Manifiesto por la tolerancia lingüística en Cataluña» en <http://www.tolerancia.org/upimages/Manifiestos/manitolecat.htm#esp> y Abc 22/05/1994.
6 Sobre el papel y eficacia de estos mecanismos de facilitación, cf. Pueyo 2000.
7 Cf. Solazábal Echavarría 2011: 217-28.
8 Cf. las precisiones que a este respecto realiza Xavier Vila (2012: 31-34).
9 Cabe señalar que, jurídicamente, la declaración de lengua de relación interétnica está prácticamente desterrada del derecho constitucional comparado y que esta función sólo se puede alcanzar como resultado de procesos sociolingüísticos.
10 Me refiero a valor de mercado desde la comprensión del término marché linguistique desarrollado por Pierre Bourdieu (1982), según la cual las manifestaciones verbales de los grupos sociales pueden ser entendidas —al igual que las mercancías en un mercado— como expresiones del valor atribuido a cada una de ellas en el contexto social en el que se desarrollan. En este sentido, la lengua es un bien intangible, y el valor atribuido a cada una de sus realizaciones depende de qué leyes rijan en el contexto social (mercado lingüístico) en cuestión; por ejemplo, de qué formas lingüísticas han sido institucionalizadas para cada función, entendiendo que, en un tipo de sociedad como la occidental, estratificada según una distribución jerárquica de poderes (por escalafones culturales, económicos y políticos), la lengua, como otras tantas formalizaciones de la conducta humana (la indumentaria, los ademanes, los protocolos de comunicación...), es un signo externo de posición social, y que cada una de las funciones posibles del lenguaje ocupa un lugar en esa jerarquía.
11 Entendiendo por normalización plena el uso predominante de una lengua en todos los ámbitos de relación pública y privada en el territorio donde se habla. Citando los ejemplos de ello que expone Berrio (2004: 49) «una lengua es normal cuando se transmite de padres a hijos, cuando es aprendida por los inmigrantes y es usada por buena parte de ellos como lengua de relación con sus hijos, cuando se emplea para dirigirse a los desconocidos, cuando está desprovista de cualquier connotación política y es sobre todo un instrumento de comunicación, cuando es la lengua presente en todas partes si uno no solicita otra».
12 En este sentido, son destacables las réplicas del jurista especializado en derecho lingüístico Lluís Jou, las de los lingüistas Joaquim Arenas, Joan Ramon Resina, Gabriel Bibiloni, Albert Pla Nualart, Carles de Rosselló y Rafel Torner, y la del sociólogo Salvador Cardús; todos ellos en Sendra op. cit.
13 Las visiones optimistas sobre la situación del catalán no son exclusivas de este articulista, y se las ha calificado de cofoïsme lingüístic (algo así como un estado de satisfacción ilusoria) en los análisis de los discursos sobre la lengua en Cataluña realizados por Berrio (2004).

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