Crear una
norma propia y obras de uso interno que la recojan es una de las maneras de guiar al autor, al redactor, al traductor y a muchos
otros profesionales de los medios de comunicación e impresos por el camino correcto
para llegar al destino deseado: un medio o una publicación de calidad que cumpla, además, los códigos deontológicos profesionales.
Veamos
con detalle en qué se fundamentan, qué contienen y qué papel
desempeñan los libros o guías de estilo y por qué a menudo divergen de la norma académica.
1.
Por qué es necesaria una norma editorial
Al
profano en edición y periodismo puede resultarle extraño que un medio editorial
no se baste con las normas del lenguaje y los cánones tipográficos
generales para desarrollar su labor. Pero lo cierto es que no solo no
bastan, sino que en más de una ocasión resultan un engorro. No hay
un entorno donde podamos hallar mayor casuística y campo abierto
para los usos combinados del lenguaje, la imagen y la tipografía, ni
en cuyo manejo intervengan tantas manos, que el de las publicaciones.
Y es sobre todo a las exigencias de esa gran variedad y complejidad a
lo que el editor debe atender y a lo que se da respuesta mediante la
confección de un prontuario (repertorio normativo) interno, de fácil
consulta: las guías de estilo editorial.
2.
Criterios de la norma editorial
Solo
en lo relativo al texto, el
material que se incluye en las guías de estilo de cualquier tipo de
negocio editorial (prensa, revistas y libros) se selecciona sobre la
base de una serie de criterios
específicos del lenguaje, la comunicación y el negocio editorial y
periodístico,
que, en cuestiones de lengua,
no
siempre convergen con los de la norma de la academia o institución
que establece el estándar general de una idioma y que desarrolla sus
tres principales códigos (léxico general, gramática y ortografía).
Estos son los criterios que rigen las normas que establecen las
editoriales para su uso exclusivo:
1.
Los criterios
de actualidad
informativa
(propio de las publicaciones diarias) y
de eficacia
(propio de todo tipo de empresa editorial), que exigen:
→ dar
rápida respuesta a cuestiones de lenguaje que no están bien fijadas
y sobre las que aún no existe referencia suficiente o adecuada;
→ agilizar
y optimizar, con ello, el trabajo de los redactores, los editores de
texto y los correctores.
Un
ejemplo
de aplicación del criterio de actualidad informativa es el uso
preferente en los medios de topónimos oficiales en lugar de sus
exónimos. Si bien la norma académica prescribe el uso de exónimos
tradicionales, cuando, por razones políticas o históricas, se
oficializa un topónimo, los medios pasan a utilizar el topónimo
oficial, colocando entre paréntesis el exónimo hasta que el lector
se habitúe. Sería este el caso de Sri Lanka (Ceilán) y Myanmar
(Birmarnia), y de los nuevos gentilicios que espontáneamente
originan en castellano(esrilanqués
y
myanmeno,
myanmarense
o
myanmareño).
Hoy
en día, los medios periodísticos y las editoriales especializadas
cuentan con la asistencia
de entidades y organismos que
son de ayuda a la hora de decidir cómo tratar un término
relacionado con la actualidad o aún no establecido en un idioma; por
ejemplo, para la prensa, pretende cumplir esta función la FundéuRAE
(anteriormente Fundéu BBVA). No obstante, la Fundéu suele mantener
un equilibrio precario entre el seguimiento de la norma académica y
el servicio a los medios, como podemos ver en su recomendación de
mantener el exónimo tradicional Birmania en lugar de Myanmar, ya
habitual en los medios y en entornos diplomáticos:«Birmania y Rangún, mejor que Myanmar y Yangón».
Respecto
a la neología
y la terminología,
una de las cuestiones acuciantes a la que tienen que atender los
medios especializados, tanto en castellano, como en catalán, como en
otros idiomas, son de ayuda el Termcat, el
Observatori de Neologia de la Universitat Pompeu Fabra, Obneo, los Recursos de Traducción yRedacción de la Dirección General de Traducción de la ComisiónEuropea
y los servicios de Lengua y Terminología de la Unión Europea.
2.
Los criterios
de especialización (en
editoriales y medios especializados),
que
requieren dar respuesta a usos terminológicos específicos y
recurrentes en los productos de una editorial.
Por
ejemplo, una
editorial especializada en catálogos de museos y obras sobre
pintura, se vería en la necesidad de consignar en su libro de estilo
cuestiones que no siempre se encuentran normativizadas en obras
normativas generales; por ejemplo:
→ Los
criterios de traducción, transcripción o transliteración, de
escritura ortográfica y ortotipográfica y de alfabetización que se
aplican a:
• los
cargos, títulos y tratamientos,
• y
todos los tipos de nombres propios de persona y de lugar citados en
sus obras.
→ El
criterio (traducción o transcripción) que se aplica a la mención o
cita del título de una obra pictórica; p. ej., ¿dejamos Het
Lam Gods, lo
traducimos por
La Adoración del Cordero Místico o
damos primero la traducción canónica y, entre paréntesis, el
título original? ¿Dejamos Installation
for Bilbao
o, como obra pensada como instalación permanente del Museo
Guggenheim Bilbao, lo traducimos por
Instalación para Bilbao/Bilborako instalazioa?
→ El
criterio (traducción o transcripción) que se aplica al nombre
propio citado de las entidades, los edificios y las partes comunes y
no comunes de los edificios; p. ej., ¿dejamos The Fitzwilliam Museum
o
lo
traducimos por Museo
FitzWilliam?
→ La
grafía (ortográfica y ortotipográfica) que se aplica al nombre
propio citado de las entidades, los edificios y las partes comunes y
no comunes de los edificios; p. ej.:
La Capilla
de San Fernando, la iglesia de Santa Mónica, el palacio de
Mariemont; la Galería de los Espejos, el salón de los pasos
perdidos...
→ El
criterio (traducción o transcripción) que se aplica al nombre
propio citado de las ferias, exposiciones, galerías y otros
acontecimientos artísticos; p. ej., ¿dejamos «Chicano
Visions: American Painters on the Verge», lo traducimos por
«Visiones
chicanas:
pintores Estadounidenses al Borde», o
dejamos el título original de la exposición y ponemos su traducción
entre paréntesis?
→ La
grafía (ortográfica y ortotipográfica) de los títulos de pinturas
concretas y de series pictóricas de un mismo autor; p. ej.:
La
tentación, El juicio de París; Los
Sentidos, Los Triunfos...
→ La
grafía (ortográfica y ortotipográfica) de los géneros y temas
pictóricos; p. ej.:
paisajes,
cabezas, floreros, cacerías...
→ La
grafía (ortográfica y ortotipográfica) de los soportes y formatos
pictóricos; p. ej.:
retablo,
lienzo, tabla, tríptico, (de) gabinete, (de) taller, (de) escuela,
bodegón, paisaje, retrato, marina...
→ La
grafía (ortográfica y ortotipográfica) de las personificaciones
alegóricas y de las alegorías; p. ej.:
el Amor,
la Tierra; pero «la alegoría de la tierra se representa en una
joven...».
→ La
grafía (ortográfica y ortotipográfica) de los tecnicismos que se
expresan usualmente en una lengua extranjera (xenismos); p. ej.:
pendant,
putti, vanitas...
→ La
grafía (ortográfica y ortotipográfica) de las escuelas,
movimientos y tendencias pictóricos.
(Etc.)
3.
Los
criterios
estilísticos y deontológicos de:
1)
Claridad
del discurso (rasgo derivado del principio elocutivo de la retórica
clásica denominado perspicuitas),
que:
→ en
prensa y revistas, supone una
escritura tendente a la concisión;
→ en
todo medio escrito, exige evitar
toda grafía o construcción que pueda resultar ambigua o
difícilmente inteligible para el público al que el medio se dirige.
Un
ejemplo
de aplicación de este criterio es el mantenimiento
de la tilde diacrítica
en algunos libros de estilo, en los casos en que la Ortografía
académica
del 2010 prescribe eliminarla arguyendo que la falta de tilde no
causa ambigüedad, porque las posibles ambigüedades pueden
resolverse casi siempre por el propio contexto comunicativo. Lo que
no sabe la RAE es que, en las publicaciones, muy a menudo las
palabras aparecen aisladas, sin contexto que ayude a deshacer la
ambigüedad. Por ejemplo:
2)
Expresividad,
que implica el uso de lenguaje figurado y de recursos de captación
de la atención del receptor.
3)
Rigor,
que exige la aplicación de criterios de escritura unificados y
constantes. Por ejemplo, si en palabras que pueden escribirse juntas
o separadas se decide escribirlas juntas, se hará con todas ellas y
de manera sistemática. En los medios de comunicación se añade a
este criterio el de veracidad,
que
exige ser fidedigno a hechos y declaraciones, razón por la cual, por
ejemplo, puede mantenerse en una cita la literalidad y la manera
idiosincrásica de expresarse del citado/entrevistado aunque
contravenga la norma idiomática.
4)
Identidad
corporativa,
que requiere el establecimiento de opciones de grafía propios, que
confieran a la editorial un sello distintivo.
4.
Los
criterios
de proximidad (propio
de los medios con un mercado localizado),
de adecuación y de sincronía,
que conllevan:
→ la
adecuación
del
lenguaje empleado al
lector;
→ la
adecuación
del
lenguaje empleado al
momento,
es decir, al uso idiomático contemporáneo;
→
la
adecuación
del
lenguaje empleado a
la obra
(a su estilo predominante, género, temática y uso).
En
cuanto a la adecuación
al lector,
tenemos un buen ejemplo
en
las discrepancias entre lo que dice por su parte el Diccionario
panhispánico de dudas
(DPD)
de
la
RAE
en lo tocante a los extranjerismos
(generalmente
galicismos) acabados
en vocal + t
, y
lo que establece al respecto el diario La
Vanguardia
en la versión actualizada de su Libro
de redacción
(versión electrónica no venal, solo para uso interno),
pese a haberse comprometido a adaptar sus normas de redacción a lo
establecido en el DPD.
El
Diccionario
panhispánico de dudas
(DPD) adapta
estas voces —aunque solo en ocasiones y de manera arbitraria—,
eliminando la terminación consonántica y tildando la última vocal;
p. ej., ballet
> balé (pl.
balés).
En
cambio, la versión en línea del Libro
de redacción
del diario La
Vanguardia dice
lo siguiente:
extranjerismos.
[...]
Tres
grados de
aceptación de los extranjerismos:
1. Se
emplean en redonda y grafía original cuando están muy arraigados,
no existe un equivalente aceptable en castellano o la hispanización
no difiere fonéticamente del original: ballet,
crack,
cricket, jogging, striptease. [...]
Y
en el diccionario de dudas del Libro
de redacción de
La Vanguardia se
mantiene
la forma original francesa, pero en redonda, de todo este paradigma
de galicismos que la RAE adapta:
|
DPD
de la RAE
|
LdR
de La
Vanguardia
|
|
ballet
> balé (pl.
balés).
|
ballet
> balet (pl.
balets)
|
|
bidet
> bidé (pl.
bidés)
|
bidet
> bidets (pl.
bidets)
|
|
carnet
> carné
(pl.
carnés):
|
carnet
> carnet
(pl.
carnets):
|
|
chalet
> chalé (pl.
chalés)
|
chalet
> chalet (pl.
chalets)
|
El
motivo para resistirse a admitir estas adaptaciones no es otro que el
principio de proximidad. La
Vanguardia
es un medio en castellano que —aunque tiene mayor difusión— se
edita y publica en una zona catalanohablante; las terminaciones en -t
son
propias del catalán, y las voces mencionadas suelen ser
pronunciadas, incluso hablando en castellano, con la t
final por cualquiera que tenga el catalán como primera o segunda
lengua. Por esta razón se hace comprensible el rechazo de La
Vanguardia
a la norma académica de elisión de la -t
en estos casos, que se interpreta como una norma ortológica
inadmisible.
En
cuanto a la adecuación
a la obra y al lector,
un buen ejemplo es el tratamiento de los topónimos (nombres de lugar
de cualquier tipo) y de nombres propios de edificaciones que se
establecen en los libros de estilo de editoriales y revistas
especializadas en guías de viaje. A diferencia de lo que establecen
las normas académicas sobre toponimia —otro campo, por cierto,
donde se entromete la RAE aún no siéndole propio—, que dictan
que, siempre que haya exónimo castellano (traducción tradicional)
de un nombre de lugar, se use el exónimo en lugar del topónimo
original, en una guía de viaje debe primar el objetivo de ubicar y
guiar al lector/viajero por el sitio que visita. Teniendo en cuenta
que allí encontrará los rótulos e indicaciones en el idioma y
escritura locales, en los libros de estilo de este tipo de obras se
suele establecer el siguiente tratamiento de los topónimos y nombre
propios mencionados:
→ primero,
si hay exónimo tradicional, se menciona el exónimo del lugar en
cuestión;
→ a
continuación, entre paréntesis, se da el topónimo o nombre propio
de lugar original; si es en una lengua con alfabeto latino, se
transcribe sin dejarse ningún diacrítico; si es una lengua en otro
alfabeto o sistema de escritura, se transcribe en dicho alfabeto y
sistema de escritura y se añade seguidamente su romanización
(transcripción al castellano o transliteración normalizada a la
escritura latina), que le servirá al lector de cierta orientación
sobre su pronunciación.
Por
ejemplo:
«Al
sur de la plaza de Tiananmén (天安門廣場,
Tiān'ānmén
Guǎngchǎng)
se encuentra el Mausoleo de Mao Ze Dong (毛主席
纪念堂,
Máo
Zhǔxí Jiniantang),
una
edificación
cubicular en donde reposa el cuerpo embalsamado del fundador de la
República Popular China.»
5.
El
criterio
de corrección política,
que incorpora al tratamiento textual una actitud no discriminatoria.
La
ausencia de seguimiento de este criterio puede acarrear graves
problemas, como muestra el acatamiento ciego que el diario El
País hizo
de la siguiente recomendación del organismo paraacadémico FundéuRAE (ant. Fundéu-BBVA):
«indio»e «indígena»
20/12/2005
Se
advierte de la utilización errónea de la palabra indígena
como sinónimo de indio.
La
Fundéu recuerda que
indígena
no es sinónimo de indio,
por lo que recomienda que no se hable de indígena cuando se quiera
hacer referencia al origen indio del recién elegido presidente de
Bolivia, Evo Morales.
Indígena
es la persona originaria de un país, por lo que este término es
aplicable tanto a Evo Morales como a su rival, el conservador Jorge
Quiroga, pese a que éste no es de origen indio. Sin embargo, los dos
son originarios de Bolivia.
Posiblemente,
por razones políticas o eufemísticas, se llama indígenas a los
indios de los países hispanoamericanos, hasta el punto de que a la
doctrina que propugna reivindicaciones políticas y sociales para los
indios y mestizos en las repúblicas iberoamericanas se le da el
nombre de indigenismo.
Pese a
ello, se reitera que lo correcto, en este contexto, es hablar de
indios y no de indígenas y de «comunidad india» y no de «comunidad
indígena».
Debido
al sentido peyorativo que muy mayoritariamente tiene el término
indio en
América Latina, el defensor del lector de El
País tuvo
que salir al paso de la avalancha de quejas de los lectores, que se
pueden leer aquí.
6.
El
criterio
de inclusión social, propio
de las obras adaptadas a personas con desventaja, como las
correspondientes al sello Lectura Fácil.
Cabe
añadir a todo ello que todas las discrepancias que puedan darse
entre norma académica y norma editorial no solo están justificadas
por estos criterios, sino que pueden darse libremente por simple
voluntad del editor, por el simple hecho de que las
normas académicas no son de obligatorio cumplimiento per se.
[Fuentes:
Silvia
Senz, Jordi Minguell y Montserrat Alberte: «Las academias de la lengua
española, organismos de planificación lingüística», en: Silvia Senz y
Montserrat Alberte: El dardo en la Academia. Barcelona: Melusina, 2011,
vol. 1, 371-550.
Silvia Senz, curso «Edición de textos y corrección de estilo», en Aula SIC.]