Mostrando entradas con la etiqueta español. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta español. Mostrar todas las entradas

martes, 21 de octubre de 2025

De inteligencia artificial, y edición y corrección de textos

 [Este texto es un muy breve extracto de mi curso en AulaSic «Edición y corrección de textos generalistas».] 

 

Ya comenté en este blog que el desarrollo de la inteligencia artificial en lo relativo a la edición y la corrección de textos en castellano está mucho más que en mantillas. Pero ¿cómo afecta a estos ámbitos profesionales esta limitación de las herramientas de IA de uso más común? Pues de diversas maneras. Combinada con la concentración geográfica de la edición en castellano, la escasa utilidad de las IA está teniendo dos efectos: o (aún) peores publicaciones, o una revaloración del trabajo humano y la descentralización de la labor editorial. Me explico. Como es sabido, España —y concretamente Barcelona— es el centro de publicación mundial en esta lengua, y no sólo en la variedad peninsular central. Autores de todo origen, de ficción y no ficción, publican en Barcelona o en Madrid, pero los editores y correctores locales no tienen recursos para tratar sus textos adecuadamente, y las IA tampoco les son de ayuda. El resultado es o un tratamiento improvisado y chapucero de estas obras o, si se quieren hacer bien las cosas, el recurso a un colaborador nativo de la variante del texto que se edita, con lo que el trabajo editorial en España se externaliza a otros países.

En cualquier caso, las deficiencias que presentan las IA para el castellano conducen, de momento, a la continuidad de una labor exclusivamente humana en este campo, siempre y cuando el profesional que desarrolla la labor textual esté altamente capacitado y siempre y cuando su superior o cliente busque, por su parte, calidad, autenticidad, seguridad y fiabilidad en el producto en el que el corrector o el editor textos/de mesa intervienen. Un corrector o un editor de textos bien formados, de alto perfil, todavía son, a día de hoy —y seguramente lo seguirán siendo—, más ágiles, versátiles, originales y eficaces que la máquina pensante por el simple hecho de ser ya no sólo profesionales de perfil muy específico, sino humanos:

1) El corrector y el editor de textos son personas reales, con emociones, empatía, bagaje experiencial y cultural, y sentido ético. Además, están conectadas con el mundo y con la sociedad del momento, y en comunicación directa con sus superiores o sus clientes y también con los creadores en muchos casos.

2) Tienen un rasgo privativo de los humanos: son hablantes reales y nativos de una lengua (o más de una), con una capacitación biológica innata para la creación y producción verbal, que se comunican oralmente y por escrito a diario con otros humanos y que saben, pues, lo que es la lengua viva y un acto de comunicación complejo.

3) Por su capacitación profesional específica, conocen su idioma a un nivel muy extenso y avanzado (al menos, dominan diversas variedades y registros de este).

4) Por todas estas particularidades humanas y por su capacitación profesional específica, son capaces de hacer cosas que la IA aún no puede conseguir (si es que llega a hacerlo)

  • Analizar las características de un texto y de su contenido, contextualizándolo, y detectar y evaluar sus inadecuaciones para el lector al que se dirige, a diversos niveles (generacionales, culturales, gramaticales, léxico-semánticos, ortográficos, ortotipográficos, tipográficos, estructurales, estilísticos...).
  • Percibir la elasticidad de la voluntad expresiva del autor y sus sutilezas.
  • Y, en función de todo ello, mejorar la lecturabilidad y legibilidad de un texto o de una publicación, con el respeto debido a las decisiones legítimas de su creador.

En múltiples casos, el trabajo de corrección en concreto va, de hecho, mucho más allá de la aplicación de una serie de reglas ortográficas y morfosintáticas fijas: es más analítico que generativo y más de optimización y adecuación al lector que de normalización. Cuando a un buen corrector se le da el margen necesario para trabajar sin agobios y cuando su remuneración no depende de una irrisoria tarifa por pulsaciones, trabaja con agilidad, eficiencia y fluidez, hace brillar un texto y lo hace mucho más comprensible y disfrutable para el lector. Más aún puede decirse del trabajo de un buen editor de textos, o editor de mesa.

Y en cuanto al editor sénior (el publisher), un profesional serio siempre conocerá mejor que una entidad digital —⁠que ni siquiera vive en la sociedad humana— a los receptores (lectores) potenciales de cada obra y a sus autores y, por supuesto, preferirá seguir sus propios objetivos, criterios e intuiciones en cuanto al peculiar producto editorial que quiere obtener.

Pero tampoco hay que engañarse, porque todos sabemos que, a un nivel empresarial, echar o no mano de IA en la creación y producción de textos es una cuestión de ética y filosofía de empresa. Si la IA generativa se ha desarrollado gracias al pirateo de innumerables creaciones humanas sujetas a copyright debido al vacío legal en este terreno y a la ignorancia de algunos jueces sobre el potencial de la IA (cf. <https://www.cedro.org/sala-de-prensa/noticias/noticia/2025/09/12/una-regulaci%C3%B3n-insuficiente-sobre-la-iag-pone-en-riesgo-la-creatividad-y-al-sector-editorial-en-su-conjunto>, <https://www.pagina12.com.ar/858533-pirateria-por-parte-de-una-ia-generativa> y <https://www.theverge.com/news/674366/nick-clegg-uk-ai-artists-policy-letter>, por ejemplo), esta tecnología ya viene marcada de origen por la ausencia de ética y por la apropiación masiva del esfuerzo ajeno (apropiación trazable, de hecho). De modo que, cuando los propietarios de una empresa de servicios lingüísticos, de servicios editoriales o incluso de publicaciones privilegian el beneficio rápido sobre la calidad, la seguridad, la originalidad y la fiabilidad de sus productos o de los resultados que ofrecen a su cliente último, no hay buen profesional humano que valga: echan mano de la IA (y además de la más barata y seguramente sin supervisión). Si además el cliente o el lector sólo se fijan en el precio de lo que compran y esperan el más bajo posible, o simplemente no se quejan por las condiciones que presenta el producto que adquieren, ahí sí tenemos un terreno abonado para cualquier desarrollo de IA aplicable al lenguaje, seguramente con nefastas consecuencias en múltiples tipologías de texto (lo estamos viendo ya en la traducción médica y farmacéutica, donde la mala calidad y la baja precisión de lo que se traduce con IA juega con algo tan esencial como es nuestra vida).

La irrupción de la IA en cualquier campo creativo y de producción de textos (entre otros) apenas empieza a regularse, pero se intuye por dónde discurrirá y lo que implicará para creadores y profesionales:

1) Como ya se ha anunciado, en la Unión Europea será obligatorio por ley identificar los productos cuya forma y contenido hayan sido desarrollados mediante IA siempre que la falta de identificación pueda inducir a errores sobre la autenticidad del producto. Como probablemente el uso de la IA cause muchos estragos en las industrias culturales y como la imposibilidad de discernir lo real o lo fiable de un texto o de una imagen generados con IA tendrá consecuencias nefastas a un nivel inimaginable, la legislación se acabará recrudeciendo, con lo que finalmente se crearán gamas y etiquetas de producto del tipo humano/no humano/semihumano, entre las que el consumidor podrá elegir. Entonces, lo humano se asociará a cualidades superiores o ausentes en la IA.

2) Esta distinción obligará al profesional humano justamente a distinguirse por encima de la IA, con atributos de excelencia, genuinidad, autenticidad, seguridad, ética y fiabilidad. El hecho de ser artífice de productos de gama alta o de productos de desarrollo limitadamente asistido con IA implicará también que el profesional tendrá que capacitarse a un nivel excelente y optimizar su metodología y ética de trabajo; al mismo tiempo, supondrá que podrá exigir mejor remuneración y trato laboral.

En todo caso, lo que parece claro es que, por el camino, los profesionales poco versátiles y de bajo perfil irán siendo reemplazados por «máquinas pensantes», sencillamente porque, a resultado parecido, por lógica se preferirá lo más barato.

Silvia Senz 


jueves, 10 de octubre de 2024

De inteligencia artificial para trabajar con el castellano y academias de la lengua española

Después de diversas lecturas sobre los avances de la IA generativa en lo relativo a la lengua española/castellana y el camino por recorrer, y teniendo ya mi propia experiencia en el uso de ChatGPT4 en el trabajo textual editorial, me topé en LinkedIn con esta charla de Javier Muñoz-Basols sobre los sesgos lingüísticos digitales en el desarrollo de las IA.

 


Al hilo de lo que se comenta e ilustra en la charla, me atrevo a hacer algunas constataciones y reflexiones sobre el desarrollo de las herramientas de IA para trabajar con el castellano, concretamente para las labores de corrección y edición de textos. No hay mucho que decir al respecto, aparte de que está en mantillas y se le augura un avance lento y complicado.

Este retraso con respecto a otras lenguas internacionales con gran número de hablantes tiene diversas causas estructurales, financieras y técnicas (como la ausencia de una estrategia común de desarrollo entre los países donde el castellano es hegemónico, la insuficiente inversión en IA en y para el castellano, y la inexistencia de una metodología de evaluación comparativa de los modelos de lenguaje de propósito general [usos generales] y específico [usos especializados], entre otros aspectos). Pero sobre todo es la herencia de una carencia que el español viene arrastrando: la insuficiencia de datos (diccionarios, corpus, catálogos de entidades nombradas, terminologías especializadas, anotaciones, gramáticas, etc.) con los que puedan desarrollarse y funcionar los modelos que sirven para entrenar las IA. Sin ellos, no pueden entender la inmensidad de textos en español, aprender a discriminar y reconocer en estos patrones de lengua distintos y a deducir con finura qué uso es el apropiado para un determinado contexto.

Como explicamos diversos autores de El dardo en la Academia —entre otros especialistas que han incidido en este problema—, el español/castellano es una lengua deficientemente descrita y equipada. De hecho, en favor del modelo estándar de «lengua común» (ese ideal político del panhispanismo tan reñido con el avance del conocimiento lingüístico), se ha estado relegando e incluso bloqueando el estudio de los diversos registros técnicos y de la dinámica variedad lingüística social y geográfica de la lengua. Para ilustrar con un solo ejemplo el deficiente equipamiento del castellano, a un nivel lexicológico y lexicográfico es clamorosa la falta de diccionarios descriptivos integrales de las diversas variedades nacionales de lengua (sólo hay tres: el de España, el de Argentina y el de México).

Incluso limitándonos al modelo estándar de lengua correcta (el académico), no diré nada nuevo al afirmar que contiene numerosas contradicciones, inconsistencias, errores y asistematicidades metodológicas, y que presenta múltiples huecos. Dado, además, el aún insuficiente conocimiento de la llamada norma culta del español, el estándar panhispánico es incapaz de definir qué es aceptable o no en la variedad culta (escrita o hablada) de un país en un momento dado, con lo que su aportación a la nutrición de las IA para que redacten, localicen o corrijan es también muy limitada. La escasa utilidad de estas herramientas para la corrección —⁠que se reduce a la detección y enmienda de ciertos aspectos normativos de algunas variedades— es algo que puede comprobarse simplemente intentando que ChatGPT4 mejore la redacción y corrija, adecuándolo a un lector de perfil geolectal variado, un texto extenso en una de esas variedades nacionales mal descritas y con pocos equipamientos (por ejemplo, el chileno santiagueño). Aun cuando se le informe de qué variedad y tipo de texto es y de qué resultado se quiere obtener, ChatGPT4 no da pie con bola o se inventa soluciones disparatadas o fuera de lugar. Eso sí, pide reiteradas disculpas por no haber sido útil.

En este punto, hago un breve apunte sobre el papel de las academias de la lengua en el desarrollo de la IA en y para el castellano. Estas instituciones (la RAE, particularmente) sí pueden proveer corpus y otros materiales útiles para este fin, pero su celo por controlar su obra y sus derechos de explotación es bien conocido. El material que pueden ofrecer no se emplearía tal cual es, sino que pasaría procesos de revisión, modificación y refinamiento que escaparían al control de las academias y a sus fines, por lo que personalmente dudo de que vayan a ceder nada fácilmente. De hecho, el único proyecto de las academias relacionado con la IA es el proyecto Leia, patrocinado por Telefónica y en colaboración con Google, Amazon, Microsoft, Twitter y Facebook (patrocinio y colaboraciones nada altruistas) y con una dotación de 5 millones de euros por parte del Gobierno español, cuyas líneas principales son «velar por el buen uso de la lengua española en las máquinas» y «crear herramientas que fomenten el uso correcto del español [o sea, el modelo estándar escrito] en los seres humanos». A ver qué pasa si las máquinas pensantes empiezan no sólo a usar el estándar académico, sino a detectar sus fallos...

En consecuencia y recapitulando: si no se hace el trabajo lingüístico pendiente, ni se ponen los datos existentes a disposición de los proyectos públicos en marcha, ni estos se centran también en la lengua y se coordinan internacionalmente, las IAs en y para el español no evolucionarán bien —y que lo hicieran tampoco sería ni fácil ni rápido—, con lo que será imposible que resulten útiles para el trabajo con la lengua en todos sus niveles y en todos los territorios de uso del castellano.

Silvia Senz

lunes, 7 de octubre de 2024

El uso del artículo ante los años. (Píldoras de estilo editorial, 4)


 

El asunto del empleo u omisión del artículo ante los años es una cuestión que las academias han embrollado hasta lo indecible desde que se fue acercando el año 2000 y a alguien se le ocurrió formularles una duda sobre este particular en el sitio de internet de la RAE. Según comenta José Martínez de Sousa en su Ortografía y ortotipografía del español actual (OOTEA3, 2014, p. 278), como respuesta nada reflexionada a esta duda, la Academia española recomendó el uso sin el artículo para los años posteriores al 1999. Pero ante el empecinado empleo del artículo por parte del hablante y las críticas recibidas, se vio obligada a rectificar. Como particularmente la RAE no lleva bien reconocer los errores, lo que ocurrió es que rectificó a medias, y así es como se inició un camino errático sobre este asunto en la obra académica. Sigámoslo paso a paso para intentar llegar a buen puerto. 

En la primera edición del Diccionario panhispánico de dudas (DPD2005, s. v. «Fecha», § 4c), las academias decían:

a) Del año 1 al 1100 es más frecuente el empleo del artículo, al menos en la lengua hablada: Los árabes invadieron la Península en el 711. Pero no faltan abundantes testimonios sin artículo en la lengua escrita: «Ya en 206 a. de J. C. tiene lugar la fundación de Itálica»(Lapesa Lengua [Esp. 1942]). b) Del año 1101 a 1999 es claramente mayoritario el uso sin artículo:Los Reyes Católicos conquistaron Granada en 1492, si bien no dejan de encontrarse ejemplos con artículo: «Nací en el 1964» (RdgzJuliá Cruce [P. Rico 1989]). Si se menciona abreviadamente el año, suprimiendo los dos primeros dígitos, es obligatorio el empleo del artículo: En el 92 se celebraron las Olimpiadas de Barcelona. c) A partir del año 2000, la novedad que supuso el cambio de millar explica la tendencia mayoritaria inicial al uso del artículo: Fui al Caribe en el verano del 2000 o La autovía estará terminada en el 2010. Sin embargo, en la datación de cartas y documentos no son tan marcadas las fluctuaciones antes señaladas y se prefiere, desde la Edad Media, el uso sin artículo: 14 de marzo de 1420. Por ello, se recomienda mantener este uso en la datación de cartas y documentos del año 2000 y sucesivos: 4 de marzo de 2000. Esta recomendación no implica que se considere incorrecto, en estos casos, el uso del artículo: 4 de marzo del 2000. Naturalmente, si se menciona expresamente la palabra año, resulta obligado anteponer el artículo: 5 de mayo del año 2000.
 

En su OOTEA3 ( 2014, pp. 278-279), Martínez de Sousa expuso diáfanamente las evidentes objeciones que suscitan estos párrafos a cualquier mente racional (las negritas son mías):

1. «No se entiende por qué la Academia asegura que la tendencia al uso del artículo se debe a la novedad que supuso el cambio de millar. La razón no es esa, sino la mayor comodidad de los usuarios de la lengua para expresarse con el artículo que sin él. Tampoco se entiende que si la tendencia mayoritaria era el uso del artículo, la Academia colocase una nota en su sitio de Internet para recomendar el uso sin el artículo.» De hecho, como el mismo Martínez de Sousa anota, si se dice en el 3000 antes de Cristo y no en 3000 antes de Cristo, la simple analogía lleva a decir espontáneamente en el 2002 después de Cristo y no en 2002 después de Cristo.

2. «No hay ninguna razón gramatical clara por la cual esto [el uso del artículo ante el año] deba ser de una manera o de otra; solo podemos basarnos en el uso y la tradición, mayoritariamente favorables al artículo en fechas anteriores a Cristo hasta el 1100 después de Cristo y desde el 2000 en adelante».  

3. «Sorprende que la Academia hable del uso sin artículo en cartas y documentos cuando a) las cartas son también documentos; b) no se adivina cómo ha llegado a la conclusión de que, cuando se cambió de siglo y de milenio, en la datación de cartas y documentos la tendencia a la escritura con artículo fluctuó, puesto que la Academia no tuvo ni siquiera tiempo de analizar el uso. Sorprende también que diga que desde la Edad Media se prefiere el uso sin artículo, “consolidando en la práctica —dice⁠— una fórmula establecida” […] ¿Qué fórmula? ¿Quién la había establecido? ¿Qué práctica invoca la Academia y a quién la atribuye?» Y añade este eminente ortógrafo: «Hay que recordar que en la Edad Media difícilmente se dedicaba nadie a vaticinar cómo se escribirían las fechas en el cambio del siglo xx al xxi.».  

4. «Con esta última norma [“Esta recomendación no implica que se considere incorrecto, en estos casos, el uso del artículo”] habría suficiente y se habría ahorrado el marasmo creado artificial e injustificadamente en la escritura de las fechas. En cualquier caso, la fuerza de la recomendación académica (tomada como norma en forma absoluta) solo afecta a las fechas completas, no a las referencias a un determinado año en que ha sucedido o sucederá algo: La carretera se construirá en el 2008; El puente no estará terminado hasta el 2005; En el 2050 España tendrá menos habitantes que en el 2002.»

 

Dándose un poco de tiempo, las academias habrían podido confirmar que la tendencia espontánea entre los hablantes era al uso del artículo —algo perfectamente rastreable y verificable en los primeros años del nuevo milenio⁠— e incorporarlo a su obra, ya que tanto alardean de que la norma simplemente recoge el uso. Pues no sólo no lo hicieron, sino que su improvisación e incoherencia condujo a que, incluso entre profesionales de la lengua (particularmente periodistas, traductores y hasta correctores), empezara a cundir la idea (y la práctica) de que había que omitir sistemáticamente el artículo ante los años posteriores al 2000.  

Por fortuna, una de las pocas obras académicas que tienen detrás un trabajo concienzudo de estudio y análisis del uso, la Nueva gramática de la lengua española (NGLE2009), intentó poner un poco de orden y racionalidad en el asunto. Así, la NGLE14.8p) observa la falta de naturalidad en la elisión del artículo en los siguientes casos (la negrita también es mía):


14.8p La estructura del numeral que designa el año es también pertinente para la elección del artículo. Se ha observado que la presencia de artículo es más frecuente cuando se trata del año 2000 o los posteriores a él, exceptuadas las oraciones copulativas a las que se hizo referencia en el § 14.8ñ. Resultaría, en efecto, forzada la omisión del artículo que se subraya en estas oraciones:


Hablar del 2000 era hablar de un año tan remoto que el mundo tal vez estaría de cabeza para entonces (Tiempo [Col.] 7/4/1997); El2000 supuso una ruptura en la evolución creciente del nuevo empleo (Norte Castilla 6/2/2001),


o en pares como los siguientes: {1974 ~ El 2000} transcurrió sin demasiados contratiempos; Dejemos {1930 ~ el 2002} a un lado; Agradezco {a 1930 ~ al 2002} todo lo que me dejó. La variante con artículo es mucho más frecuente si el año está comprendido entre el 1 y el 1100, pero se percibe mayor alternancia en estos contextos: Algunos autores lo dan como inaugurado en el año 692 a. de C., otros en el 980, y aun en 1050 (Tagarano, San Bernardo). Cuando la referencia al año se hace por sus dos últimas cifras, se emplea siempre con artículo: Stroessner cayó en el 89.



Un año después, la también académica Ortografía de la lengua española (OLE2010) no hizo ninguna alusión a este asunto, aunque siguió omitiendo el artículo en los ejemplos de las fechas. Para rematar la confusión, la revisión en curso del DPD (s. v. «Años» § 3) obvia lo expuesto en la NGLE2009 y vuelve a sus trece:


A partir del año 2000, la novedad que supuso el cambio de millar explica la tendencia mayoritaria inicial al uso del artículo: Fui al Caribe en el verano del 2000 o La autovía se terminó en el 2010, pero hoy la mención de estos años ya se ha asimilado a la del resto y es más habitual omitir el artículo [sic]: En 2023 se espera una fuerte bajada de la inflación.

En la datación de cartas y documentos se prefiere el uso sin artículo: 14 de marzo de 1420, 5 de noviembre de 2021. Naturalmente, si se menciona expresamente la palabra año, resulta obligado anteponerlo: 5 de mayo del año 2000.


Es mucho decir que «hoy la mención de estos años ya se ha asimilado a la del resto y es más habitual omitir el artículo». Pero, desde luego, los casos en que esto se da son consecuencia del empeño académico en no rectificar sus errores. Es este, por cierto, un mecanismo de creación de nueva norma panhispánica demasiado común. Como decía un querido colaborador de este blog:

Lo malo es que mucha gente toma en serio, con total buena fe, lo primero que la RAE publica. Luego,la RAE cantará victoria diciendo: «Está en el uso». Y así se construye lo que llaman burocráticamente norma panhispánica pluricéntrica.

Ante este panorama, no sólo Martínez de Sousa sino no pocos autores, profesionales y redactores de libros de estilo optamos por la tendencia realmente más común en la lengua: utilizar el artículo el ante los años anteriores al 1101 y posteriores a 1999 (incluso en la datación no abreviada). Así:


De/en + año

el/del/en el + año

Entre 1101 y 1999:

América fue descubierta en 1492.

(Con las excepciones mencionadas por la NGLE2009 en el párrafo 14.8p, anteriormente citado.)

En fechas anteriores a Jesucristo (a. C.):

Esto sucedió en el 3000 a. C.

Entre el año 1 y el 1100:

Los árabes llegaron a España en el 711.

Desde el 2000 en adelante:

Esta ley no entrará en vigor hasta el 2002.

A 27 de noviembre del 2024.

lunes, 3 de junio de 2024

Por qué la RAE no tiene razón al situar el punto siempre fuera de las comillas. (Píldoras de estilo editorial, 2)

A pesar de que en la última edición de la ortografía académica (2010) se indique (§ 3.4.8.3) que el punto final se coloque siempre fuera de las comillas de cierre, esta indicación parte de un error conceptual sobre la naturaleza ortográfica y semántica de las comillas.

En realidad, existe una razón de peso para poner el punto dentro de las comillas de cierre cuando lo entrecomillado es una frase independiente, es decir, no inserta dentro de otra de la que dependa, como en:

«Tenemos —dijo el director— que resolver estos problemas lo más pronto posible.»
La independencia de esta cláusula entrecomillada se ve mucho más clara cuando ella misma incluye otra cita:
Jorge me citó en el monumento de la Plaza Mayor a la cinco de la tarde. «No llegues tarde, que dicen que a las seis lloverá —me advirtió—. Ya sabes lo que dice el refrán: “En abril, aguas mil”.»
La necesidad de cerrar la oración entrecomillada poniendo el punto dentro se debe al hecho de que las comillas no son signos de puntuación, como los considera la Real Academia Española, sino signos auxiliares de la puntuación (así los clasifica Martínez de Sousa, en su OOTEA3, 2011, p. 300) con valor metalingüístico, que no forman sintácticamente parte de la oración. Es decir, las comillas acotan una oración completa (punto dentro) o parte de una oración (punto fuera) para marcarla metalingüísticamente como cita (voz distinta a la que enuncia el texto principal), algo que se traslada al lenguaje de marcado, como el html, con las etiquetas demarcativas <q> y /<q>. Pero, a efectos sintácticos, es como si no existieran; de hecho, las comillas de cita principal desaparecen si la cita es larga y se dispone en párrafo aparte y en cuerpo menor, sangrada incluso en bloque por la izquierda. En este caso, en html se demarcan como <blockquote> y /<blockquote>.

Por tanto, en coincidencia con las comillas:

❶ El punto se pone dentro de las comillas de cierre cuando lo entrecomillado es una frase independiente, es decir, no inserta dentro de otra de la que dependa:

«Tenemos —dijo el director— que resolver estos problemas lo más pronto posible.»
❷ El punto se pone fuera de las comillas si lo entrecomillado depende de una oración que empieza antes del entrecomillado, caso en el cual las comillas de apertura suelen ir precedidas de dos puntos, coma u otro signo que no ejerza las funciones de punto:
El director dijo: «Tenemos que resolver estos problemas lo más pronto posible».

(Todo esto y muchíiisimo más en mi curso para AulaSIC ᴏʀᴛᴏ(ᴛɪᴘᴏ)ɢʀᴀꜰɪ́ᴀ ᴅᴇʟ ᴇꜱᴘᴀɴ̃ᴏʟ ʏ ᴄᴏᴍᴘᴀʀᴀᴅᴀ: <https://www.aulasic.com/courses/ortotipografia-comparada>.)

viernes, 1 de octubre de 2021

Qué es la norma mediática y editorial y por qué diverge de la norma académica

Crear una norma propia y obras de uso interno que la recojan es una de las maneras de guiar al autor, al redactor, al traductor y a muchos otros profesionales de los medios de comunicación e impresos por el camino correcto para llegar al destino deseado: un medio o una publicación de calidad que cumpla, además, los códigos deontológicos profesionales. 

Veamos con detalle en qué se fundamentan, qué contienen y qué papel desempeñan los libros o guías de estilo y por qué a menudo divergen de la norma académica.

 


1. Por qué es necesaria una norma editorial

Al profano en edición y periodismo puede resultarle extraño que un medio editorial no se baste con las normas del lenguaje y los cánones tipográficos generales para desarrollar su labor. Pero lo cierto es que no solo no bastan, sino que en más de una ocasión resultan un engorro. No hay un entorno donde podamos hallar mayor casuística y campo abierto para los usos combinados del lenguaje, la imagen y la tipografía, ni en cuyo manejo intervengan tantas manos, que el de las publicaciones. Y es sobre todo a las exigencias de esa gran variedad y complejidad a lo que el editor debe atender y a lo que se da respuesta mediante la confección de un prontuario (repertorio normativo) interno, de fácil consulta: las guías de estilo editorial.

 

2. Criterios de la norma editorial

Solo en lo relativo al texto, el material que se incluye en las guías de estilo de cualquier tipo de negocio editorial (prensa, revistas y libros) se selecciona sobre la base de una serie de criterios específicos del lenguaje, la comunicación y el negocio editorial y periodístico, que, en cuestiones de lengua, no siempre convergen con los de la norma de la academia o institución que establece el estándar general de una idioma y que desarrolla sus tres principales códigos (léxico general, gramática y ortografía). Estos son los criterios que rigen las normas que establecen las editoriales para su uso exclusivo:

1. Los criterios de actualidad informativa (propio de las publicaciones diarias) y de eficacia (propio de todo tipo de empresa editorial), que exigen:

dar rápida respuesta a cuestiones de lenguaje que no están bien fijadas y sobre las que aún no existe referencia suficiente o adecuada;

agilizar y optimizar, con ello, el trabajo de los redactores, los editores de texto y los correctores.

Un ejemplo de aplicación del criterio de actualidad informativa es el uso preferente en los medios de topónimos oficiales en lugar de sus exónimos. Si bien la norma académica prescribe el uso de exónimos tradicionales, cuando, por razones políticas o históricas, se oficializa un topónimo, los medios pasan a utilizar el topónimo oficial, colocando entre paréntesis el exónimo hasta que el lector se habitúe. Sería este el caso de Sri Lanka (Ceilán) y Myanmar (Birmarnia), y de los nuevos gentilicios que espontáneamente originan en castellano(esrilanqués y myanmeno, myanmarense o myanmareño).

Hoy en día, los medios periodísticos y las editoriales especializadas cuentan con la asistencia de entidades y organismos que son de ayuda a la hora de decidir cómo tratar un término relacionado con la actualidad o aún no establecido en un idioma; por ejemplo, para la prensa, pretende cumplir esta función la FundéuRAE (anteriormente Fundéu BBVA). No obstante, la Fundéu suele mantener un equilibrio precario entre el seguimiento de la norma académica y el servicio a los medios, como podemos ver en su recomendación de mantener el exónimo tradicional Birmania en lugar de Myanmar, ya habitual en los medios y en entornos diplomáticos:«Birmania y Rangún, mejor que Myanmar y Yangón».

Respecto a la neología y la terminología, una de las cuestiones acuciantes a la que tienen que atender los medios especializados, tanto en castellano, como en catalán, como en otros idiomas, son de ayuda el Termcat, el Observatori de Neologia de la Universitat Pompeu Fabra, Obneo, los Recursos de Traducción yRedacción de la Dirección General de Traducción de la ComisiónEuropea y los servicios de Lengua y Terminología de la Unión Europea.

2. Los criterios de especialización (en editoriales y medios especializados), que requieren dar respuesta a usos terminológicos específicos y recurrentes en los productos de una editorial.

Por ejemplo, una editorial especializada en catálogos de museos y obras sobre pintura, se vería en la necesidad de consignar en su libro de estilo cuestiones que no siempre se encuentran normativizadas en obras normativas generales; por ejemplo:

Los criterios de traducción, transcripción o transliteración, de escritura ortográfica y ortotipográfica y de alfabetización que se aplican a:

los cargos, títulos y tratamientos,

y todos los tipos de nombres propios de persona y de lugar citados en sus obras.

El criterio (traducción o transcripción) que se aplica a la mención o cita del título de una obra pictórica; p. ej., ¿dejamos Het Lam Gods, lo traducimos por La Adoración del Cordero Místico o damos primero la traducción canónica y, entre paréntesis, el título original? ¿Dejamos Installation for Bilbao o, como obra pensada como instalación permanente del Museo Guggenheim Bilbao, lo traducimos por Instalación para Bilbao/Bilborako instalazioa?

El criterio (traducción o transcripción) que se aplica al nombre propio citado de las entidades, los edificios y las partes comunes y no comunes de los edificios; p. ej., ¿dejamos The Fitzwilliam Museum o lo traducimos por Museo FitzWilliam?

La grafía (ortográfica y ortotipográfica) que se aplica al nombre propio citado de las entidades, los edificios y las partes comunes y no comunes de los edificios; p. ej.:

La Capilla de San Fernando, la iglesia de Santa Mónica, el palacio de Mariemont; la Galería de los Espejos, el salón de los pasos perdidos...

El criterio (traducción o transcripción) que se aplica al nombre propio citado de las ferias, exposiciones, galerías y otros acontecimientos artísticos; p. ej., ¿dejamos «Chicano Visions: American Painters on the Verge», lo traducimos por «Visiones chicanas: pintores Estadounidenses al Borde», o dejamos el título original de la exposición y ponemos su traducción entre paréntesis?

La grafía (ortográfica y ortotipográfica) de los títulos de pinturas concretas y de series pictóricas de un mismo autor; p. ej.:

La tentación, El juicio de París; Los Sentidos, Los Triunfos...

La grafía (ortográfica y ortotipográfica) de los géneros y temas pictóricos; p. ej.:

paisajes, cabezas, floreros, cacerías...

La grafía (ortográfica y ortotipográfica) de los soportes y formatos pictóricos; p. ej.:

retablo, lienzo, tabla, tríptico, (de) gabinete, (de) taller, (de) escuela, bodegón, paisaje, retrato, marina...

La grafía (ortográfica y ortotipográfica) de las personificaciones alegóricas y de las alegorías; p. ej.:

el Amor, la Tierra; pero «la alegoría de la tierra se representa en una joven...».

La grafía (ortográfica y ortotipográfica) de los tecnicismos que se expresan usualmente en una lengua extranjera (xenismos); p. ej.:

pendant, putti, vanitas...

La grafía (ortográfica y ortotipográfica) de las escuelas, movimientos y tendencias pictóricos.

(Etc.)

3. Los criterios estilísticos y deontológicos de:

1) Claridad del discurso (rasgo derivado del principio elocutivo de la retórica clásica denominado perspicuitas), que:

en prensa y revistas, supone una escritura tendente a la concisión;

en todo medio escrito, exige evitar toda grafía o construcción que pueda resultar ambigua o difícilmente inteligible para el público al que el medio se dirige.

Un ejemplo de aplicación de este criterio es el mantenimiento de la tilde diacrítica en algunos libros de estilo, en los casos en que la Ortografía académica del 2010 prescribe eliminarla arguyendo que la falta de tilde no causa ambigüedad, porque las posibles ambigüedades pueden resolverse casi siempre por el propio contexto comunicativo. Lo que no sabe la RAE es que, en las publicaciones, muy a menudo las palabras aparecen aisladas, sin contexto que ayude a deshacer la ambigüedad. Por ejemplo:

2) Expresividad, que implica el uso de lenguaje figurado y de recursos de captación de la atención del receptor.

3) Rigor, que exige la aplicación de criterios de escritura unificados y constantes. Por ejemplo, si en palabras que pueden escribirse juntas o separadas se decide escribirlas juntas, se hará con todas ellas y de manera sistemática. En los medios de comunicación se añade a este criterio el de veracidad, que exige ser fidedigno a hechos y declaraciones, razón por la cual, por ejemplo, puede mantenerse en una cita la literalidad y la manera idiosincrásica de expresarse del citado/entrevistado aunque contravenga la norma idiomática.

4) Identidad corporativa, que requiere el establecimiento de opciones de grafía propios, que confieran a la editorial un sello distintivo.

4. Los criterios de proximidad (propio de los medios con un mercado localizado), de adecuación y de sincronía, que conllevan:

la adecuación del lenguaje empleado al lector;

la adecuación del lenguaje empleado al momento, es decir, al uso idiomático contemporáneo;

la adecuación del lenguaje empleado a la obra (a su estilo predominante, género, temática y uso).

En cuanto a la adecuación al lector, tenemos un buen ejemplo en las discrepancias entre lo que dice por su parte el Diccionario panhispánico de dudas (DPD) de la RAE en lo tocante a los extranjerismos (generalmente galicismos) acabados en vocal + t , y lo que establece al respecto el diario La Vanguardia en la versión actualizada de su Libro de redacción (versión electrónica no venal, solo para uso interno), pese a haberse comprometido a adaptar sus normas de redacción a lo establecido en el DPD.

El Diccionario panhispánico de dudas (DPD) adapta estas voces —aunque solo en ocasiones y de manera arbitraria—, eliminando la terminación consonántica y tildando la última vocal; p. ej., ballet > balé (pl. balés).

En cambio, la versión en línea del Libro de redacción del diario La Vanguardia dice lo siguiente:

extranjerismos.

[...]

Tres grados de aceptación de los extranjerismos: 

1. Se emplean en redonda y grafía original cuando están muy arraigados, no existe un equivalente aceptable en castellano o la hispanización no difiere fonéticamente del original: ballet, crack, cricket, jogging, striptease. [...]

Y en el diccionario de dudas del Libro de redacción de La Vanguardia se mantiene la forma original francesa, pero en redonda, de todo este paradigma de galicismos que la RAE adapta:

DPD de la RAE

LdR de La Vanguardia

ballet > balé (pl. balés).

ballet > balet (pl. balets)

bidet > bidé (pl. bidés)

bidet > bidets (pl. bidets)

carnet > carné (pl. carnés):

carnet > carnet (pl. carnets):

chalet > chalé (pl. chalés)

chalet > chalet (pl. chalets)

El motivo para resistirse a admitir estas adaptaciones no es otro que el principio de proximidad. La Vanguardia es un medio en castellano que —aunque tiene mayor difusión— se edita y publica en una zona catalanohablante; las terminaciones en -t son propias del catalán, y las voces mencionadas suelen ser pronunciadas, incluso hablando en castellano, con la t final por cualquiera que tenga el catalán como primera o segunda lengua. Por esta razón se hace comprensible el rechazo de La Vanguardia a la norma académica de elisión de la -t en estos casos, que se interpreta como una norma ortológica inadmisible.

En cuanto a la adecuación a la obra y al lector, un buen ejemplo es el tratamiento de los topónimos (nombres de lugar de cualquier tipo) y de nombres propios de edificaciones que se establecen en los libros de estilo de editoriales y revistas especializadas en guías de viaje. A diferencia de lo que establecen las normas académicas sobre toponimia —otro campo, por cierto, donde se entromete la RAE aún no siéndole propio—, que dictan que, siempre que haya exónimo castellano (traducción tradicional) de un nombre de lugar, se use el exónimo en lugar del topónimo original, en una guía de viaje debe primar el objetivo de ubicar y guiar al lector/viajero por el sitio que visita. Teniendo en cuenta que allí encontrará los rótulos e indicaciones en el idioma y escritura locales, en los libros de estilo de este tipo de obras se suele establecer el siguiente tratamiento de los topónimos y nombre propios mencionados:

primero, si hay exónimo tradicional, se menciona el exónimo del lugar en cuestión;

a continuación, entre paréntesis, se da el topónimo o nombre propio de lugar original; si es en una lengua con alfabeto latino, se transcribe sin dejarse ningún diacrítico; si es una lengua en otro alfabeto o sistema de escritura, se transcribe en dicho alfabeto y sistema de escritura y se añade seguidamente su romanización (transcripción al castellano o transliteración normalizada a la escritura latina), que le servirá al lector de cierta orientación sobre su pronunciación.

Por ejemplo:

«Al sur de la plaza de Tiananmén (天安門廣場, Tiān'ānmén Guǎngchǎng) se encuentra el Mausoleo de Mao Ze Dong (毛主席 纪念堂, Máo Zhǔxí Jiniantang), una edificación cubicular en donde reposa el cuerpo embalsamado del fundador de la República Popular China.»

5. El criterio de corrección política, que incorpora al tratamiento textual una actitud no discriminatoria.

La ausencia de seguimiento de este criterio puede acarrear graves problemas, como muestra el acatamiento ciego que el diario El País hizo de la siguiente recomendación del organismo paraacadémico FundéuRAE (ant. Fundéu-BBVA):

«indio»e «indígena»

20/12/2005

Se advierte de la utilización errónea de la palabra indígena como sinónimo de indio.

La Fundéu recuerda que indígena no es sinónimo de indio, por lo que recomienda que no se hable de indígena cuando se quiera hacer referencia al origen indio del recién elegido presidente de Bolivia, Evo Morales.

Indígena es la persona originaria de un país, por lo que este término es aplicable tanto a Evo Morales como a su rival, el conservador Jorge Quiroga, pese a que éste no es de origen indio. Sin embargo, los dos son originarios de Bolivia.

Posiblemente, por razones políticas o eufemísticas, se llama indígenas a los indios de los países hispanoamericanos, hasta el punto de que a la doctrina que propugna reivindicaciones políticas y sociales para los indios y mestizos en las repúblicas iberoamericanas se le da el nombre de indigenismo.

Pese a ello, se reitera que lo correcto, en este contexto, es hablar de indios y no de indígenas y de «comunidad india» y no de «comunidad indígena».

Debido al sentido peyorativo que muy mayoritariamente tiene el término indio en América Latina, el defensor del lector de El País tuvo que salir al paso de la avalancha de quejas de los lectores, que se pueden leer aquí.

6. El criterio de inclusión social, propio de las obras adaptadas a personas con desventaja, como las correspondientes al sello Lectura Fácil.

Cabe añadir a todo ello que todas las discrepancias que puedan darse entre norma académica y norma editorial no solo están justificadas por estos criterios, sino que pueden darse libremente por simple voluntad del editor, por el simple hecho de que las normas académicas no son de obligatorio cumplimiento per se.

 


[Fuentes: 

Silvia Senz, Jordi Minguell y Montserrat Alberte: «Las academias de la lengua española, organismos de planificación lingüística», en: Silvia Senz y Montserrat Alberte: El dardo en la Academia. Barcelona: Melusina, 2011, vol. 1, 371-550.

Silvia Senz, curso «Edición de textos y corrección de estilo», en Aula SIC.]