viernes, 19 de noviembre de 2021

La RAE rectifica y admite tildar el adverbio «solo» y los pronombres demostrativos

 


Muchos profesionales de la lengua castellana aún no han reparado en que la Real Academia Española revirtió y modificó diversos aspectos de su norma ortográfica en la 23.ª edición de su diccionario general normativo (el DRAE, ahora DLE). Este es el caso, por ejemplo, de la tilde del adverbio solo y de los pronombres demostrativos.

Como se recordará, la Ortografía de la Lengua Española (OLE2010, § 3.4.3.3, «Tilde dacrítica», p. 269) permite prescindir de la tilde en el adverbio solo y en los pronombres demostrativos incluso en caso de ambigüedad.

 

Sin embargo, las correspondientes entradas del DLE2014 dicen lo siguiente, regresando a la norma que establecía la Ortografía de 1999 (pp. 28 y 29), quizá por la presión de los medios y de algunos académicos, que se declararon en rebeldía con respecto a la supresión radical de esta tilde diacrítica:

«solo2. [...] Cuando hay riesgo de ambigüedad con el adj. solo1 , puede escribirse sólo.» [DLE2014, s.v. solo.]

«este 2, ta. [...] En aceps. 6-10 las formas este y esta, y sus plurales respectivos, pueden escribirse con acento (éste, ésta, etc.) cuando existe riesgo de ambigüedad.» [DLE2014, s.v. este.]

«ese2, sa. [...] En aceps. 4-7, las formas ese y esa, y sus plurales respectivos, pueden escribirse con acento (ése, ésa, ) cuando existe riesgo de ambigüedad[DLE2014, s.v. ese.]

«aquel, lla. [...] En aceps. 4-6, las formas aquel y aquella, y sus plurales respectivos, pueden escribirse con acento (aquél, aquélla, ) cuando existe riesgo de ambigüedad.» [DLE2014, s.v. aquel.]

 

¿Qué implica esta discordancia interna entre obras académicas para el profesional de la lengua (e incluso para el usuario común)? 

Ante todo, implica que puede volver a eliminar, con una simple tilde, casos de ambigüedad como el que se muestra en este titular. Y esto es así porque, en principio, salvo gazapo evidente o deducible, lo que diga toda nueva obra normativa prevalece sobre las obras anteriores cuando hay contradicción entre ellas. Por tanto, siendo la edición del 2014 del Diccionario de la lengua española la más reciente de los tres principales códigos normativos del español (Ortografïa, Gramática y Diccionario general académicos), el profesional seguirá este criterio:

1. Si la última obra normativa (el DLE2014 en este caso) obvia información que sí aparece en las obras precedentes, esa información sigue siendo evidentemente válida; de modo que, en este caso, la información léxica, ortográfica o gramatical que buscamos tendrá que ir a buscarse en las obras normativas académicas precedentes a la última.

2. Pero si hay discrepancias manifiestas entre los diversos códigos normativos, como es el caso, en principio se da por bueno lo que dice el más reciente, aunque éste sea el diccionario general, porque esta obra no sólo contiene novedad léxico-semánticva, sino también novedad normativa ortográfica, morfológica y morfosintáctica (ésta, en la fraseología). Así pues, es perfectamente posible que la RAE deseche normas y propuestas anteriores en su diccionario general, como ha ido haciendo a lo largo de toda su historia. Es decir, el DLE (antes, DRAE) puede cambiar norma ortográfica y gramatical, dejando obsoletas las hasta ese momento normas vigentes.

 

Tomen nota.

 

Silvia Senz 

martes, 16 de noviembre de 2021

Qué carencias formativas degradan la profesión de corrector de textos


Va un breve apunte sobre qué resta profesionalidad y eficiencia a un corrector de textos y lo acerca a la operatividad de un corrector automático avanzado:


1⃣ Que un corrector no sepa qué es la normalización (lingüística y no lingüística), qué es una norma, cómo y por qué se crean normas y estándares, ni cuándo una norma es completamente arbitraria, deficiente o inadecuada para un determinado medio de comunicación, anula el juicio crítico y el discernimiento que lo distinguen de un corrector de textos automático.

2⃣ Que un corrector no conozca la variedad idiomática y textual (geolectos, sociolectos, registros y géneros), ni comprenda las particularidades de la oralidad y del escrito, lo incapacita para analizar de manera certera qué usos son legítimos y adecuados para un discurso y contexto comunicativos concretos, y cuáles no, y para abordar un texto con la prudencia y respeto debidos.

3⃣ Que un corrector no sepa un mínimo de lingüística del corpus y todo lo posible de lexicografía para indagar sobre la validez y vigencia de un uso, discernir qué obras de consulta son rigurosas y fiables, y leer diccionarios con aprovechamiento, lo incapacitan para dilucidar dudas (¡e incluso para plantearse las dudas pertinentes!).



4⃣ Que un corrector no tenga nociones de diseño gráfico, no sepa qué es la tipografía ni en qué principios se basa, ni la distinga de la ortotipografía, lo incapacita tanto para preparar originales, como para leer textos compuestos (sean digitales o materiales) y detectar los aspectos formales que chirrían.

Además de las que señalo, el corrector ha de tener otras más capacitaciones (uso de tecnología, técnicas de documentación, rudimentos de toponimia y sistemas de escritura, metodologías de trabajo, técnicas de señalización del texto...) y habilidades.  Pero las cuatro deficiencias que acabo de señalar son muy recurrentes y lo acaban degradando a un simple ejecutor de reglas académicas y aplicador de correctores automáticos avanzados.

Así que, correctores: si quieren hacerse valer como un profesional necesario, que aporta realmente valor a la tarea de corrección, aprendan todo lo que un programa no va a poder hacer por ustedes y no se limiten al seguimiento de cuatro obras académicas, un libro de estilo y un par de diccionarios de dudas.

 

Silvia Senz


viernes, 5 de noviembre de 2021

Falacias y mitos sobre la lengua (española) estándar y la diversidad lingüística

Desde hace siglos, e incluso hoy, el discurso normativo sobre el lenguaje, transmitido al hablante común por los medios difusores que constituyen la institución educativa y los mass media, abunda en tópicos, falacias y mitos lingüísticos completamente obsoletos, pero tan poco rectificados por la divulgación científica que urge no perder ocasión para iluminar ese oscurantismo con la relativa claridad que el actual conocimiento del lenguaje nos permite. En los párrafos que siguen mostraremos bajo esta luz las dicotomías con las que tradicionalmente suelen clasificarse la lengua natural y la lengua estándar.


 

1. Particularismo / universalidad

Lo único verdaderamente común y universal a todos los seres humanos es que comparten una misma facultad humana (el lenguaje verbal) asociada a procesos evolutivos de la especie Homo sapiens sapiens (especie humana a la que pertenecemos todos los habitantes de la Tierra), que se transmite genéticamente. A este respecto señala Jesús Tusón (2003: 84):

La tarea prodigiosa que las lenguas han realizado (o que nosotros mismos hemos acometido con el lenguaje) no es la que ha culminado con las obras maestras de la literatura y del pensamiento filosófico, sino otra mucho más esplendorosa: lo que ha hecho posible el despliegue de la humanidad. Las lenguas, así pues, han sido el factor decisivo para la emergencia de la capacidad simbólica que nos constituye como seres pensantes capaces de una grado altísimo de cooperación y organización social. El lenguaje, entre otros factores de los que podrían hablarnos los biólogos y los paleontólogos, nos ha proporcionado unos elementos de desarrollo desconocidos en otras especies del mundo natural y nos ha permitido que hoy podamos considerarnos Homo sapiens sapiens y no Austrolopithecus robustus.

Pese al deseo de internacionalidad que guía la planificación de ciertas lenguas, como el castellano, ningún estándar puede alcanzar la categoría efectiva de lengua única mundial, entre otras razones porque la variedad es consustancial a las lenguas humanas, y siempre habrá muchas lenguas.

El hecho de que todas las lenguas del mundo correspondan a un mismo estadio evolutivo de la facultad humana para el lenguaje se evidencia también en la presencia de una serie de rasgos comunes a todas las lenguas, o universales lingüísticos, citados de este modo por Moreno Cabrera (2000: 42-45):

1. Un inventario limitado de sonidos vocálicos y consonánticos y unas reglas restringidas de combinación de los mismos para obtener unidades mayores denominadas sílabas; evidentemente el catálogo de sonidos y el tipo de reglas varían de una lengua a otra, pero todas ellas disponen de un material fónico y de construcción morfológica finito.

2. Un elenco de elementos mínimos con significado, denominados palabras, que se forman con una o más sílabas y que se cuentan por miles en todas las lenguas, compuesto por términos más generales y términos más específicos. El vocabulario básico de una lengua se sitúa sobre las 5000 palabras y es el que permite al hablante desenvolverse en su entorno natural y cultural.

3. Mecanismos para obtener palabras nuevas a partir de otras ya existentes por algún medio como la composición, derivación, parasíntesis, aglutinación o la incorporación.

4. Reglas de combinación sintáctica mediante las cuales se unen las palabras para obtener sintagmas y oraciones.

Además, todas las lenguas humanas disponen de material y recursos suficientes para desempeñar las siguientes funciones comunicativas y expresivas, aunque cada una lo haga de manera distinta:

  • transmitir información, hacer preguntas y dar órdenes;
  • describir y narrar acontecimientos;
  • señalar las relaciones de los hablantes con su entorno;
  • expresar razonamientos;
  • expresar lo imaginado, lo soñado o lo visionado, aunque no coincida con la realidad (esto es: fabular e incluso mentir);
  • expresarse con elocuencia;
  • jugar con el lenguaje;
  • desarrollar procedimientos retóricos;
  • cultivo estético (según conceptos de lo estético variables en cada cultura);
  • connotar.

Y todas las lenguas naturales (todas las hablas humanas) pueden ser objeto de codificación escrita, elaboración y cultivo.

Por otra parte, por potente que sea el discurso aplicado a la naturalización, en la conciencia del hablante, de un estándar como lengua común, universal, desprovista de particularismos, lo cierto es que los estándares lingüísticos se crean y se actualizan a partir de la selección de formas lingüísticas peculiares de ciertos grupos de hablantes. En el caso del español, la base histórica del modelo estándar de lengua (el llamado «español correcto») ha sido muy restringida, claramente localizada y extremadamente elitista: el habla centronorteña de España del grupo sociolectal culto y su producción escrita. Aunque la nueva norma panhispánica amplíe relativamente la referencia geográfica, la social se mantiene intacta, y el estándar actual es igualmente escasamente representativo y, por tanto, difícilmente común y general. Pero incluso cuando se utiliza una lengua mixta como lengua auxiliar (de intercomunicación) entre grupos de lenguas nativas diversas (caso del criollo neomelanesio de Papúa Nueva Guinea) o se elabora un estándar lingüístico tan desprovisto como sea posible de marcas étnicas, mediante un proceso planificado de nivelación lingüística (caso del estándar aragonés unificado o del euskera batua), la lengua resultante —si acaso las presiones del entorno llegan a hacerla aceptable y a garantizar su difusión generalizada— no mantiene nunca las características anónimas y uniformes que le confieren su valor universal, de lengua de todos; al contrario: al mezclarse con las lenguas o variantes nativas de los hablantes que la reciben, como toda lengua en uso muta, se diversifica y se convierte en marca de identidad de un grupo.


2. Lengua de la calle (vulgar y corrupta) / lengua de instrucción (culta y perfecta)

Desde su misma cuna, la Real Academia Española ha contribuido a la conformación y consolidación de un prejuicio lingüístico en torno al lenguaje popular, de un lado, y al lenguaje literario y el de las clases instruidas, de otro, que aún pervive en sus obras más recientes y que se perpetúa por medio de la enseñanza escolar. Nos referimos a la idea de que la lengua popular actúa como una fuerza corruptora del «buen castellano», ese lenguaje sublime encarnado por la lengua literaria y el habla culta y depurado en el modelo académico de lengua.

La tradición académica de estigmatización de la lengua popular se amplía en el pensamiento lingüístico del hablante común con la asignación a la lengua oral de la etiqueta social de lengua de la calle, vulgar y exenta de méritos, y a la lengua escrita, de lengua sublime. Esta categorización nace de la evidencia de que el habla se adquiere durante la infancia de forma natural, por inmersión social (se mama desde la cuna), aparentemente sin esfuerzo y sin tener que seguir instrucción específica alguna, mientras que la lengua escrita estandarizada requiere a todas las edades un esfuerzo consciente y exige instrucción específica, así como un continuo refresco, perfeccionamiento y ejercitación a lo largo de toda la vida; un aprendizaje y un cultivo, por cierto, a los que no todo el mundo tiene acceso y que contribuye a distinguir socialmente a las clases cultivadas como clases socioeconómicamente favorecidas, y a conferir a sus producciones verbales el codiciado valor del prestigio social.

Tanto la idea de que la lengua popular es una forma decadente del lenguaje como la intuición según la cual la adquisición de la oralidad en la infancia está exenta de dificultad y no constituye mérito intelectual alguno son falsas. La lengua oral es la forma natural del lenguaje que adquirimos desde la primera infancia y que se halla en constante evolución (y no degradación), un proceso de variación más dinámico y visible entre los hablantes que no modelan su lenguaje según el canon social y estético que conforma la norma académica, que entre aquellos que intentan en todo momento sujetarse a él. Pero su adquisición no es en absoluto un proceso sencillo, al contrario; simplemente no somos conscientes de su enorme complejidad.

En contrapartida, el modelo estándar académico (como todo estándar) es demasiado restrictivo, restringido y artificioso para cubrir las necesidades expresivas del hablante. Si quiere ampliar sus competencias lingüísticas y adecuarse a cada circunstancia de comunicación en la que tenga que desenvolverse, un hablante no podrá contentarse nunca con el modelo de lengua académico, por mucho que se lo adornen con calificativos como correcto, esmerado, elevado o prestigioso. Para ver satisfechas sus necesidades de desenvolverse en sociedad de forma lingüísticamente competente, necesitará echar mano, por un lado, de estandarizaciones complementarias (ortografías especializadas, terminologías, estructuras propias de diversas tipologías discursivas...) que adquirirá igualmente mediante el estudio, y, por otro, del conocimiento de la lengua oral espontánea adquirido a lo largo de su vida por contacto con grupos lingüísticos heterogéneos, un saber que seguirá alimentando por el mismo mecanismo de adquisición natural e inconsciente. Por mucho que el ser humano cree estándares y se instruya en su manejo, nunca llegará a adquirirlo del modo espontáneo y natural en que adquiere la lengua oral. La razón la expresa Juan Carlos Moreno Cabrera (2011) de manera gráfica con este símil:

Exactamente igual que por mucho tiempo que haya pasado desde que los caballos en cautividad llevan silla de montar, no nacen caballos en cautividad con la silla de montar ya incorporada, hay que hacerla y ponérsela, se da que por mucho tiempo que lleve existiendo una lengua estándar escrita, las lenguas naturales no se aprenden de forma espontánea en esas formas estándares, sino que hay que añadir la silla de montar posteriormente, en el colegio. Nunca surgirán espontáneamente lenguas naturales con las propiedades de las lenguas escritas.


3. Oralidad (= simplicidad, pobreza, agramaticalidad) / escrituralidad (= complejidad, riqueza, gramaticalidad)

En la misma línea de los prejuicios sobre la lengua popular y la lengua literaria culta que acabamos de describir, existe una sostenida creencia que considera que lo oral es sinónimo de pobreza, simplicidad y asistematicidad, mientras que lo escrito se caracteriza por su riqueza, complejidad y regularidad. De esta idea se deriva la de que no se adquiere plenamente una lengua hasta que no se domina su código escrito. Nada más erróneo. El lenguaje humano, insistimos, es eminentemente oral, espontáneo e interactivo, y surge a lo largo de la evolución del ser humano como forma de intercomunicación, como sistema complejo de representación cognitiva del mundo (es decir, como medio para clasificar y manipular la información del entorno) y como instrumento de organización de grupos humanos, sin que en ello medie la voluntad humana (ni, que se sepa, la divina). De haber sido un sistema deficiente, está claro que la raza humana no habría podido servirse de él para alcanzar su actual estadio evolutivo como especie. El lenguaje oral es, de hecho, un sistema complejo que integra diversos planos: un plano verbal o lingüístico, un plano paralingüístico, un plano no verbal (gestual y proxémico) y un plano semiótico-cultural. Que escribir y leer resulte más difícil que hablar y escuchar no se debe a que la lengua escrita sea más compleja que la oral, sino a que no estamos predispuestos genéticamente para la primera, pero sí para la segunda.

Entre las razones por las cuales el lenguaje humano se ha desarrollado como forma oral y no fundamentalmente gestual, Moreno Cabrera apunta la siguiente (2000: 105):

El lenguaje humano se ha desarrollado en forma primariamente oral entre otras razones por la ventaja que supone para la comunicación en la oscuridad. Durante la mayor parte de la existencia del ser humano, éste ha tenido que conformarse con los períodos de luz natural. [...] No es creíble, pues, que las lenguas humanas sean ineficaces en la comunicación no visual.

Contrariamente al lenguaje oral, el lenguaje escrito es un artificio humano (no natural) elaborado deliberadamente en ciertas sociedades —no en todas, por lo que no es un rasgo común de la especie humana—, con diversos fines y aplicaciones, y enmarcado en una situación de comunicación verbal con características peculiares y diferenciadas de la comunicación oral, cuyas diversas formas (sistemas de escritura, tipologías textuales y estilos) responden a peculiaridades de cada lengua y a distintas tradiciones y contextos de uso de la lengua escrita.

El lenguaje escrito cuenta, en relación con el oral conversacional, con muchas más desventajas que ventajas: tiene a su favor una capacidad de almacenaje, preservación y transmisión duradera del conocimiento y de la creación cultural verbal muy superior al de la memoria humana y la transmisión intergeneracional; y en su contra tiene el hecho de ser un código comunicativo deficitario, que presenta un potencial muy inferior de eficacia: no cuenta con las ventajas de la presencia y reconocimiento del receptor; del feedback comunicativo y de la posibilidad de detección y reparación inmediata de desajustes e interferencias; del refuerzo proxémico, paralingüístico y no verbal; de la comunicación multicanal... Para suplir estas importantísimas carencias y optimizar sus ventajas, los artífices del código escrito (escritores, retóricos, gramáticos, ortógrafos...) desarrollan paulatina y convencionalmente todo un aparato de complejas reglas de construcción y de recursos paratextuales y expresivos, en parte tomados del habla natural, en parte elaborados.

La formalización de las artificiosas reglas del código escrito requiere un análisis y descripción del lenguaje natural en el que se apoya, así como de los fenómenos de representación y construcción exclusivos del código escrito. Esta descripción (materializada en ortografías, gramáticas, manuales de retórica y estilística...) requerirá a su vez el desarrollo de un metalenguaje, es decir, de un lenguaje que permita conceptualizar el sistema descrito, y estará determinada por las teorías lingüísticas y los modelos de análisis que prevalgan en una época determinada. A medida que el código escrito evolucione y también lo hagan las teorías lingüísticas y los modelos de análisis, los términos de la descripción variarán (o deberían variar).

Además de ser útil para los teóricos del lenguaje, la descripción de una lengua se emplea en la enseñanza de las reglas de escritura. Así, por ejemplo, haber definido el número gramatical y distinguido los morfemas de singular y plural, y haber establecido categorías y subcategorías gramaticales como artículo y sustantivo, e indefinido y definido permite:

  • clasificar una como forma femenina singular del artículo indefinido un, y radio como sustantivo femenino singular,
  • enseñarle al niño que el artículo y el sustantivo, en castellano, se escriben de manera segmentada.

El problema surge cuando esta clasificación topa con la evidencia de que la mayoría de formas sustantivas acabadas en -o en español no son femeninas, sino masculinas. Cuando en la escuela se le enseña a un niño lo contrario no se le están transmitiendo simples descripciones de una lengua, útiles para aprender a escribirla, sino un modelo de lengua establecido en un estándar (el estándar académico del castellano) en el que se priman las realizaciones de las élites cultas y del registro escrito, de tal modo que a menudo se fijan como normativas ciertas formas lingüísticas que no se ajustan a los patrones de la lengua natural. Este es el caso del ejemplo que hemos expuesto: el estándar español consagra la grafía una radio y, con ello, el género femenino de este sustantivo, a contracorriente de la tendencia histórica del castellano a acomodar las palabras extrañas (cultismos o extranjerismos) a sus propias reglas; en este caso, a masculinizar los sustantivos acabados en -o (R. Menéndez Pidal, 1987: 11 y 213), de la que se derivan la pronunciación y flexión populares un arradio, el arradio, etc., consistentes con los rasgos endógenos del idioma.

Cuando ciertas gramáticas supuestamente descriptivas clasifican de agramaticales estas y otras formas, a sabiendas de que no hay forma de lenguaje natural sin reglas o con reglas deficientes —porque de ser así la comunicación entre sus hablantes sería imposible—, podemos decir que se está incurriendo en una manipulación deliberada e irresponsable de las ideas que los hablantes albergan sobre sus variantes, con el fin de promover la adhesión a aquellas formas que sirven de base al estándar y, con ello, la uniformación de los usos. Y decimos «irresponsable» porque los efectos de esa manipulación en el hablante cuya variante es tildada de incorrecta son siempre la marginación, la inseguridad lingüística o el autoodio. Cuando, por otra parte, la norma estándar tilda de incorrecto un uso generalizado en una determinada variedad natural creyéndolo verdaderamente un desajuste del sistema lingüístico al que pertenece, muy a menudo se da el caso de que tal uso es deficientemente comprendido, o no comprendido en absoluto, por el gramático o la institución prescriptivista que lo reprueba, bien debido a sus propias limitaciones analíticas, bien debido a que la información disponible sobre el fenómeno (descripción) es insuficiente para analizarlo debidamente. Para colmo, este tipo de excepciones artificiosas a una regla natural dificultan el aprendizaje de la lengua escrita: cuando, en los puntos de contacto entre lo oral y lo escrito, mayor sea la distancia que abre el estándar, tanto más habrá que estudiar sus reglas, y más fallos habrá en su empleo.

Formas intermedias entre lo oral y lo escrito son los registros orales formales o protocolarios: disertaciones en forma de monólogo o conversaciones ritualizadas, previamente planificadas según patrones elaborados, sistemáticos y más o menos fijados.

Todavía lejos del dominio académico se desarrollan espontáneamente otras formas de intersección de lo oral y lo escrito a que ha dado pie la extensión de sistemas de teleconversación escritos (correo electrónico, chats en línea y mensajes cortos [sms]). Resultado de ello son nuevas tipologías textuales muy cercanas a la lengua coloquial, que incorporan recursos de representación de la información no verbal y paraverbal propios, ajenos a los cánones establecidos por los gramáticos prescriptivistas y las academias, para enorme irritación de estos. Tales formas de oralidad escrita prueban de nuevo los límites comunicativos de lo escrito y, al mismo tiempo, muestran que pueden desarrollarse y probarse nuevos códigos de comunicación interpersonal de manera consensuada, capaces de evolucionar con la propia deriva tecnológica y las nuevas condiciones de interacción, sin necesidad de contar con la supervisión y aprobación de ningún organismo de estandarización.


4. Lengua inculta / lengua de cultura

Existe la idea que considera que sólo las lenguas codificadas y con una tradición de cultivo escrito son lenguas de cultura. Lo cierto es que hay y sigue habiendo numerosas comunidades humanas con una tradición exclusivamente oral, cuyo grado de civilización y sofisticación cultural no se ha visto comprometido por no haber elaborado estándares para sus lenguas e incluso por ser ágrafas. El prejuicio que escatima la condición de lengua de cultura a las lenguas no codificadas se debe a un entendimiento muy estrecho del concepto de cultura. Todas las lenguas son por igual formas de organización social y creación cultural de los grupos humanos y todas las lenguas permiten la creación estética. Que una lengua no tenga una tradición literaria escrita no significa que no tenga tradición literaria oral.


5. Mutabilidad y variabilidad / fijeza y homogeneidad

Las lenguas naturales son intrínsicamente variadas y dinámicas. Trasmitidas en el tiempo intergeneracionalmente y en el espacio por desplazamiento de su comunidad de hablantes, cambian y se diversifican de manera constante. Como señala Moreno Cabrera (2008b: 522): 

Las lenguas no son entidades unitarias conformadas por sistemas homogéneos, sino complejos poblacionales de competencias lingüísticas que están continuamente en interacción y que se adaptan mutuamente de manera constante.

Así pues, la idea de que es posible generalizar en el uso oral de la población de un determinado territorio una forma de lenguaje verbal artificialmente elaborada según un ideal de regularidad, mínima variabilidad y fijeza (la mítica lengua perfecta) carece de fundamento. Tal artificio, una vez se intente aplicar al habla, se verá irremisiblemente sometido al cambio y la variación.

La irregularidad no sólo es inevitable, sino que resulta una útil herramienta que favorece el aprendizaje natural de una lengua. En las adversas condiciones cotidianas de comunicación,


[...] la irregularidad sirve para marcar aquellos aspectos de la gramática y el léxico sobre los que quienes aprenden la lengua deben estar especialmente atentos. Normalmente, los verbos irregulares son los más usados y los verbos menos usados son regulares. [...] Es muy difícil encontrar un verbo irregular que signifique ‘descorchar’ o ‘desencuadernar’, pero es fácil encontrar verbos irregulares entre los que designan las actividades más frecuentes o útiles de una comunidad lingüística. Si hacemos regulares todos los nombres y verbos de una lengua nos encontraremos con un léxico uniforme donde ningún elemento sobresale sobre los demás, donde nada nos indica qué elementos son más útiles o frecuentes y qué elementos son más accesorios. [...] Los seres humanos somos poco eficientes para aprender listas monótonas de elementos homogéneos; estamos más capacitados para aprender adquirir, asimilar y utilizar aquellos sistemas que, dentro de de ciertas regularidades, presentan saltos, discontinuidades y variaciones que llaman la atención y que nos orientan. = ¿Cómo se puede llamar la atención del niño que adquiere naturalmente una lengua sobre el hecho de que en ésta existen generalizaciones y regularidades que es necesario asimilar? [...] La mejor manera [...] es presentando algún elemento que rompa breve o momentáneamente dicho continuidad. [Moreno Cabrera, 2000: 143-145.]

Así actúan los mecanismos naturales de transmisión del lenguaje humano: permitiendo formas asistemáticas, irregularidades del sistema, para llamar la atención sobre las reglas de funcionamiento del propio sistema. Esas irregularidades, que nunca sobrepasan las regularidades de una lengua, como, por ejemplo, ciertas formas de participio (hecho), en contraste con formas regulares (bebido, comido, dormido, conocido, etc.), permiten al niño percibir la regularidad del sistema y producir formas análogas como decido, que manifiestan que ha percibido y asimilado esa regularidad; luego, que la ha aprendido; luego, que está adquiriendo adecuadamente su sistema lingüístico, y no al contrario.

Asimismo, y como se desprende de lo dicho sobre el papel de la variación y el cambio en el funcionamiento del lenguaje, la diversidad lingüística es un material valiosísimo para el estudio de la facultad humana innata para el lenguaje:

[...] el estudio de la diversidad estructural de las lenguas es una vía de acceso privilegiada para desentrañar los componentes, factores y propiedades que integran esa facultad humana. = El modelo presentado sería compatible con el escenario evolutivo planteado por Piatelli-Palmarini y Uriagereka (2004), quienes relacionan la propia diversidad lingüística no sólo con el surgimiento evolutivo de la morfología (flexiva), sino con el propio surgimiento de la sintaxis humana moderna. De ser correcto su especulativo planteamiento, la diversidad de las lenguas no sólo sería, como hemos concluido, una puerta de acceso privilegiada a la fl [facultad del lenguaje] humana, sino también la clave de su propia evolución en la especie. [Mendívil Giró, 2008: 72-73.]


6. Alienación / identificación

No es preciso contar con un estándar para identificar a una comunidad lingüística. Como expresiones culturales, las lenguas —es decir, todas y cada una de sus variantes— son medios de identificación y de caracterización de la idiosincrasia no sólo del individuo, sino de todo colectivo humano social y culturalmente cohesionado. Al poner en evidencia ciertos rasgos comunes a todos ellos, un estándar escrito puede servir para promover la identificación a gran escala de hablantes de geolectos y sociolectos distintos de una misma lengua. Y ciertas ideas asociadas al estándar (nación, prestigio, progreso, dominio...) y un apoyo legislativo que garantice su difusión pueden potenciar su aceptación y su capacidad identificadora. Como ya hemos señalado al tratar las dinámicas normativas, esta identificación general que favorece un estándar se ve limitada por numerosos factores:

  • el cambio lingüístico y la diversificación de las hablas;
  • el carácter ilimitado e imprevisible de las situaciones de contacto interlectal e interlingüístico (ergo, intercultural), mayores cuanto más variada sea y más expandida esté una lengua;
  • el carácter impredecible de las condiciones contextuales que las configuran;
  • la mutabilidad de los juicios de valor asociados a la conducta lingüística;
  • el valor identitario de las variantes particulares.

Con respecto al español actual, Rainer Enrique Hamel (31/03/2005: en línea; la negrita es nuestra) define así estas limitaciones de la capacidad identificadora y unificadora del estándar:

Cuando se evoca la ideología lingüística de la grandeza, homogeneidad y unidad de la lengua española, lo que hoy en día constituye un proyecto impulsado por el gobierno de España, apoyado por consorcios españoles transnacionales, se olvida que la lengua en abstracto, tan lejana en su norma «culta» para la mayor parte de la población, no constituye ni de lejos el único referente de identidad para ellos. Existen otras lealtades con las regiones culturales y dialectales, relaciones de clase, parentesco y etnia; existen rivalidades, odios, guerras, explotación. Más complicada aún se antoja la relación que guardan con el español los sujetos bi- o multilingües: indígenas de todos los confines, hispanos y chicanos, caribeños hispanos cuya capital es Miami, inmigrantes y herederos de otras tradiciones, clase alta criolla y gerentes empresariales que van de shopping a L. A. y buscan sus valores en cualquier parte menos en su propio país. Las identidades nacionales se fragmentan cada vez más con el debilitamiento de los estados nacionales. Resurge un fenómeno que se creía superado: la revitalización de dialectos regionales y sociales históricamente desprestigiados, como también de lenguas indígenas, justamente porque ofrecen un referente identitario y un eficaz medio de comunicación que las distantes lenguas nacionales, con sus normas «cultas», no les pueden brindar a esta población tan diversa.



7. Fragmentación / unidad

Ya hemos visto que el lenguaje humano es un entramado de hablas, que, incluso cuando sufre desgarrones por causas extralingüísticas (genocidio, glotofagia, muerte accidental de un grupo de hablantes...), es capaz de reestructurar su red de conexiones por medio de nuevos contactos lingüísticos entre poblaciones. Ello equivale a decir que ese hilo entretejido que forman las hablas humanas sólo podría fragmentarse (dividirse en varias tramas aisladas) si se dividiera a la humanidad en partes, se las dispersara por el universo y se imposibilitara el contacto entre ellas. Por tanto, más allá de la ciencia ficción, no hay base alguna para afirmar que pueda darse una fragmentación duradera del continuo formado por las hablas humanas.

Hemos visto también que, sólo a efectos de estudio y clasificación de las diversas manifestaciones del lenguaje humano, la ciencia lingüística realiza secciones de hablas interconectadas, obteniendo de esa compartimentación unidades discretas a las que convencionalmente denomina lenguas. Pero esas secciones, esas unidades discretas, son, por así decirlo, abstracciones científicas. En consecuencia, no hay tampoco base para sostener que las lenguas existan de hecho como formas netamente delimitadas y claramente discernibles, ni mucho menos para afirmar que son un todo homogéneo puesto que están conformadas por hablas distintas en diversos aspectos. El concepto de unitariedad lingüística —como el de fragmentación—, es, de hecho


[...] político y cultural, no lingüístico. = Los lingüistas saben perfectamente que todas las lenguas que se hablan realmente [...] están constituidas por una serie de variedades lingüísticas (llámense dialectos o hablas, según su amplitud geográfica) que forman una cadena de solidaridad lingüística con eslabones contiguos o eslabones más separados. Esto pasa con el euskera, pero también con el español o el inglés que, al ser lenguas con mayor amplitud geográfica, tienen muchísimas más variantes lingüísticas que el euskera. [Moreno Cabrera, 2008a: 154; la negrita es nuestra.]

Es más, los seres humanos conceptualizan las hablas a las que están expuestos como un sistema autónomo y homogéneo sólo en las siguientes condiciones:

1) cuando estas se someten a un proceso de grafización que da como resultado una representación escrita única para todas ellas;

2) cuando, en la taxonomía lingüística, se simboliza su pertenencia a una unidad lingüística agrupándolas bajo un mismo nombre genérico;

3) cuando se oficializa la existencia de esa lengua concediéndole un determinado estatus legal, y también

4) cuando, sobre la evidencia de que una lengua compartida es fruto de un pasado común (de un contacto entre sus hablantes más o menos prolongado y sostenido, con o sin predominio de una parte de la población sobre la otra), se realizan y difunden tres elaboraciones ideológicas, con fines políticos unitaristas:6

  • la idea de que la lengua es la sublimación de una idiosincrasia consustancial a sus hablantes, que establece entre ellos una suerte de comunión espiritual (nacionalismo esencialista);
  • la idea de que la forma estándar común (la académica, en el caso del castellano), modelada a partir de ciertas variedades de esa lengua, es la lengua misma —lo que los académicos denominan «el sistema» del español, aunque el español no sea un sistema lingüístico, sino un diasistema—, una lengua con mayúsculas a la que todos deben amoldarse si se quiere evitar que la dispersión de usos la fragmente en un sinnúmero de formas distintas y desintegre con ello la cohesión espiritual de sus hablantes;
  • la idea de que a esa lengua, supuestamente representada por el estándar, sólo puede corresponderle una denominación (aunque en el uso exista más de una), sin la que resulta imposible agrupar a sus hablantes en un bloque cultural o político-cultural internamente compacto y externamente identificable.

Difundido todo ello entre el colectivo poblacional de hablas categorizables como una misma lengua, las ideas de unidad y de comunidad cultural homogénea pueden acabar integrándose en su conciencia lingüística como una creencia axiomática, aunque la realidad la contradiga.

No obstante, por mucho que se incida en la elaboración y difusión de un forma «común» de lengua; por mucho que se quiera convencer a la población de que la divergencia de ese modelo es algo parecido a una deficiencia mental, y la sumisión a él, un servicio a la nación; y por mucho que intenten adoptarlo aquellos hablantes que reúnen prestigio y actúan como modelo social, lo cierto es que ningún estándar, llevado al uso real, puede convertirse en la lengua natural de nadie ni aunque se tomara a una generación entera y se la educara de forma aislada y exclusiva en ese estándar. Y esto, insistimos, es por dos razones fundamentales: porque el estándar no cubre todas las necesidades de expresión del hablante y porque ninguna lengua en uso puede escapar de la propiedad inherentemente dinámica del lenguaje natural y de su acción remodeladora de las hablas. La comunidad que produce y recibe el estándar seguirá dando lugar a nuevas formas de habla, que mantendrán una conexión más o menos cercana en función del resultado de la interacción de diversas fuerzas de signo contrario (convergentes y divergentes). En cualquier caso, cuanto más se extienda lo que se clasifica como lengua, más se ampliará el hilo concatenado de hablas que la constituyen, más intrincadas serán sus conexiones, más polimórfica será en todos los niveles del lenguaje, y más difícil resultará, por ello, sublimar su «esencia común», en forma de un único estándar general que la represente y la identifique y que ofrezca a sus hablantes un espejismo de uniformidad.


Esta es la paradoja esencial de la política lingüística española: que sus dos fines fundamentales (unidad y expansión) no sólo resultan irreconciliables, sino que colisionan irremediablemente.


8. Confusión / comunicación

Todas las lenguas y variantes posibilitan la comunicación, y su carácter mutable, irregular y variado no sume al ser humano en el caos ni en la confusión. Al contrario: esta flexibilidad del lenguaje natural es precisamente el mecanismo que garantiza el entendimiento. Como señala Juan Carlos Moreno (2000: 141), la variación (en la pronunciación de los sonidos y en la construcción de las palabras, enunciados y significados) «hace que podamos entendernos aun cuando no pronunciemos con exactitud matemática todos los sonidos de una palabra o construyamos con total exactitud y perfección todos los componentes de una frase o discurso». Las situaciones más habituales de comunicación suelen estar repletas de interferencias de todo tipo; en ese contexto, además, los hablantes suelen pronunciar un discurso no preparado (elaborado con antelación, mentalmente o por escrito, y más o menos memorizado), que improvisan espontáneamente. En estas condiciones:


Si el menor titubeo sintáctico o semántico o la más mínima alteración fonética dieran al traste con el mensaje, la comunicación lingüística sería imposible. Por ello, hay que dejar un gran espacio para la variación, de modo que las unidades lingüísticas puedan reconocerse aunque no se realicen de una manera invariable. = Esta variación necesaria para que la lengua sea un instrumento utilizable hace que las leyes fónicas y gramaticales nunca puedan llevarse hasta sus últimas consecuencias, de modo que las lenguas presenten una regularidad completa que uniformice y sistematice hasta el más mínimo recoveco del idioma. [Moreno Cabrera, 2000: 142.]

Dada la función adaptativa de las lenguas humanas como formas de organización social y de expresión cultural, el contacto entre grupos de hablantes de distintas variantes/lenguas no es obstáculo para la intercomunicación. A lo largo de su historia, ante situaciones de interacción prolongada entre grupos lingüísticos y culturales distintos, el ser humano —cuya capacidad innata para la adquisición de lenguas, especialmente plástica y porosa en la infancia, suele despreciarse— ha desarrollado dos estrategias espontáneas de adaptación para la intercomunicación que le han permitido entenderse con los otros (evidentemente, no de forma instantánea):

1) Plurilingüismo, o adquisición y empleo de más de una lengua, y plurilectalismo, o adquisición y uso de más de una variante lingüística (geográfica o social) de una misma lengua.

En situaciones de plurilingüismo/plurilectalismo, cabe decirlo, se establece una jerarquía (Junyent, 1998: 77) en el conocimiento y el uso de las diversas lenguas/variantes que un mismo hablante llega a adquirir, en función de:

a) El orden cronológico de aprendizaje de cada lengua/variante.

b) La identificación con una lengua/variante, que puede ser de dos órdenes:

  • interno: la lengua-cultura con la que el hablante se siente identificado o en la que se reconoce preferentemente, y que puede no ser su lengua/variante nativa o primera;
  • externo: la lengua/variante nativa (la del territorio o grupo de origen);

c) El grado de competencia, o conocimiento y destreza en el uso de cada lengua/variante, que puede ser más o menos completa. Según esta, puede hablarse de:

  • sesquilingüismo (bi o plurilingüismo/plurilectalismo pasivos), que permite comprender una o más lenguas/variantes distintas de la propia, sin hablarlas;
  • bilingüismo/bilectalismo activos, que supone un conocimiento, dominio y uso efectivo de dos lenguas/variantes, indistintamente, y
  • poliglotismo/polilectalismo, un grado de capacitación que permite hablar y comprender más de una lengua/variante con un nivel nativo o avanzado.

d) Las funciones para las que se usa cada una de las lenguas/variantes adquiridas.


El plurilingüismo es la situación más general entre las comunidades humanas, entre las que la cultura occidental, de matriz europea, con una antigua tradición de fomento de lenguas únicas expansivas, es la excepción. Como ejemplo de plurilingüismo, Moreno Cabrera (2000: 74-75) refiere el de los buangos, comunidad lingüística indígena que vive en siete poblados en el distrito Morobe de Nueva Guinea, y en la que, por razones históricas, sociales y políticas, se emplean tres lenguas diferentes —dos de ellas emparentadas, variantes de la lengua papú— en una convivencia más o menos equilibrada:

[...] la suya propia, el buango (lengua papú), el yabén (lengua papú), [...] utilizada para la evangelización luterana, y la lengua criolla de base inglesa neomelanesio, idioma común de Nueva Guinea Papúa. El buango se utiliza en todas las situaciones formales en las que se dirige la palabra a un buango. En ellas, para los temas religiosos se puede utilizar también el neomelanesio y el yabén; para los temas políticos y organizativos, el buango comparte con el neomelanesio el protagonismo; para los temas tradicionales, el buango es la lengua que se utiliza exclusivamente. = En situaciones informales se usa el yabén y el neomelanesio cuando el medio es el escrito y, en el medio oral, se utiliza normalmente el buango; el yabén y el neomelanesio pueden usarse en circunstancias especiales, como, por ejemplo, a la hora de contar chistes.

2) La acomodación mutua entre distintas comunidades de habla, de la que resultan dos formas de convergencia lingüística:

a) entre lenguas tipológicamente distintas (criollización);

b) entre variedades lingüísticas distintas de una misma lengua o entre lenguas genéticamente muy próximas (koineización).

Así pues, no es precisa la implantación y hegemonía de una lengua nacional estandarizada para garantizar la intercomunicación entre grupos de hablantes heterogéneos. En contextos territoriales multilingües —como los de la propia España y buena parte de América Latina—, el fomento de habilidades plurilingües en la población supone una forma de planificación en condiciones de mayor equidad, que permite igualmente la movilidad intra e internacional, fomenta la armonía intercultural, enriquece la identidades y reduce las actitudes de subordinación entre hablantes de distintas lenguas; además, su coste no es, ni mucho menos, tan elevado como a menudo se pretende.9

Un estándar lingüístico —y no necesariamente un único estándar— sólo se requiere para facilitar la intercomprensión en situaciones de comunicación diferida, técnica y de gran alcance (medios escritos o de comunicación masivos, comunicación especializada y comunicación internacional), y sólo la necesidad de desarrollar un sistema de escritura y promover la alfabetización exige la elaboración de un estándar escrito.

 

NOTAS

9 En la planificación lingüística de organismos públicos, que incide en los aspectos sociales, culturales y políticos relacionados con las lenguas, no cabe reducir la gestión de las lenguas al análisis coste-beneficios, pues, como señala Alarcón (2005: 97), «los análisis coste-beneficio deben ser usados sólo como información para la toma de decisiones más que para determinar las decisiones finales. Es más fácil identificar costes que prever los beneficios de la planificación lingüística, simplemente porque éstos tienden a ser intangibles».