miércoles, 9 de septiembre de 2026

La RAE y el Ministerio de Defensa español: prietas las filas

Cuando, como servidora, has dedicado muchos (y sacrificados) años al estudio crítico de los maridajes entre el organismo central de la política lingüística española (la Real Academia Española) y otras instituciones y entidades de la política y de la acción exterior de España, y conoces su imbricación histórica con el nacionalismo español (imperial y postimperial), es difícil que te sorprenda nada. Pues aún así, se me han puesto los pelos de punta al enterarme de la publicación de esta obra creada al alimón por la Real Academia Española (RAE) y el Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional (IEEE): Geopolítica del español (prólogo de Felipe VI). Madrid: Espasa, 2026.


Sin adquirir la obra no se puede acceder al índice. Pero en la presentación que el IEEE hace en la página del Ministerio de Defensa de España sí se advierte que esta convergencia se produce «con extraordinario rendimiento, pues todas [ambas instituciones] sirven a España y la comunidad panhispánica». Decir que el Ministerio de Defensa de España sirve a la «comunidad panhispánica» como muy poco debería desencadenar protestas de las embajadas de todos los países latinoamericanos del ámbito hispanohablante.
Esta simple afirmación indica hasta qué punto se considera a la Real Academia Española un poder blando movilizable en todo lo que interesa a la política nacional e internacional española, como ya se ha visto desde principios de la década de 1990. Las palabras de uno de sus más destacados directores, Víctor García de la Concha (continuador del programa de renovación y reimpulso de la institución iniciado por Fernando Lázaro Carreter), son una buena muestra de este creciente papel de la Academia española:

Ya desde la etapa del gobierno socialista [1982-1993], los gobiernos han entendido que la Academia está en el nivel de Estado. En esto la figura clave es el Rey, que por mandato constitucional es patrono de la RAE. [...] Esto lo entendió el Gobierno socialista, que duplicó el paupérrimo presupuesto de la Academia, y lo ha entendido el PP, que ha duplicado de nuevo el presupuesto. [Para renovar la Academia] vino el Rey en nuestra ayuda con la creación de la Fundación Pro Real Academia. [Nuestro presupuesto en el año 2001 es de] mil millones de pesetas. Ahora, si necesito revisar los americanismos y eso supone subvencionar a las academias americanas, acudo a Endesa, que sé que tiene intereses en Hispanoamérica. O vamos a Telefónica para que subvencione el Diccionario Panamericano. [N. Azancot: «Víctor García de la Concha», El Cultural, 18/07/2001: en línea.]

En fin... Para mí, lo sorprendente es que haya aún gente que no sepa cuál es el verdadero desempeño de esta institución y el enorme obstáculo que ha supuesto y supone para el desarrollo de los equipamientos lingüísticos del español/castellano, que en realidad es lo que menos importa a la inmensa mayoría de sus miembros y a sus mandamases.

lunes, 1 de junio de 2026

Accesibilidad y legibilidad en el diseño gráfico: algunos recursos

La asunción social e institucional del principio de accesibilidad universal ha conllevado la creación de directivas y estándares que afectan a las decisiones que se toman en el diseño gráfico de publicaciones impresas y, sobre todo, digitales. 

Sobre la base del estándar alemán de legibilidad DIN 1450:2024-11, la Deutschen Blinden- und Sehbehindertenverband (Federación Alemana de Ciegos y Discapacitados Visuales) ha creado diversos recursos en línea que sirven de guía para el grafista y al mismo tiempo ponen a prueba sus elecciones.

1. Un calculador del tamaño del tipo de letra adecuado para diversos soportes de lectura, en función de ciertas características de la fuente, de la agudeza visual del lector y de las condiciones de lectura (iluminación y distancia ojo-soporte). Al mismo tiempo, pone a prueba el propio tipo como fuente inclusiva:

Deutschen Blinden- und Sehbehindertenverband (2024): «Schrift­größen­rechner / Font size calculator» [en línea]. Portal Leserlich / Legibility. [Consultado el 25/05/2026.] Disponible en: <https://leserlich.info/schriftgroessenrechner> o <https://legibility.info/font-size-calculator>.

 

2. Un calculador de contraste de color según parámetros de accesibilidad:

Deutschen Blinden- und Sehbehindertenverband (2024): «Kontrast­rechner: Zur Berechnung und Überprüfung barrierefreier Farbkombinationen  /  Contrast calculator: Calculating and testing easily accessible colour combinations» [en línea]. Portal Leserlich / Legibility. [Consultado el 25/05/2026.] Disponible en: <https://leserlich.info/kontrastrechner> o <https://legibility.info/contrast-calculator>.

 

 

Silvia Senz

 

domingo, 29 de marzo de 2026

¿Por qué la llaman «ortotipografía» cuando quieren decir «microtipografía»? (O por qué el castellano y el catalán son la excepción terminológica)

Hay generaciones que no han conocido otra cosa, pero el término ortotipografía es bastante reciente en castellano. Aparece en el uso en 1987, cuando José Martínez de Sousa lo incluye en su influyente Diccionario de ortografía técnica (Pirámide, p. 15) como parte de esta disciplina. En su primera obra, Diccionario de tipografía y del libro, la voz ortotipografía no tiene entrada, pero sí se registra —⁠error de lexicógrafo bisoño— el derivado ortotipográfico (p. 207), que define como «Dícese de los signos o reglas que se refieren a la ortografía aplicada a la tipografía» (aunque la dirección de aplicación sería más bien la inversa). En el Diccionario general de la RAE (DRAE, hoy DLE), ortotipografía no tiene entrada hasta la edición del 2001; sencillamente porque era prácticamente un neologismo en español.

Más adelante, en 1995, el término entra en el catalán con otra obra también de gran impacto entre los profesionales de la letra: la Ortotipografia de Josep M. Pujol y Joan Solà. En su prefacio, los autores mencionan que su código tipográfico —que es lo que es en realidad, y de tendencia anglicista en la segunda parte desarrollada por Pujol— recibe este título en homenaje a la Orthotypographia del alemán Hyeronimus Hornschuch (1608), única ocasión en que este término había sido usado en una obra destinada al buen uso de la tipografía entre tipógrafos y correctores, como nos relata Oriol Nadal en su Manuales tipográficos para compositores, correctores e impresores (p. 12). 


La palabra, sin embargo, ni siquiera hizo fortuna en alemán, lengua en la que, al igual que en inglés y en italiano, la escritura tipográfica se designa muy acertadamente como microtipografía (al. Mikrotypografie, in. microtypography, it. microtipografia), ya que forma parte de los refinamientos de composición tipográfica de los signos, los espacios, la línea y el párrafo que, con el tiempo, se han diversificado de un ámbito geográfico-cultural a otro. El diseñador gráfico suizo Jost Hochuli recogió magníficamente los conceptos de ‘cuidado’ y ‘sofisticación’ que incorpora la microtipografía (también en el diseño de tipos) en su Das Detail in der Typografie : Buchstabe, Buchstabenabstand, Wort, Wortabstand, Zeile, Zeilenabstand, Kolumne [El detalle en la tipografía]. En la tradición francesa, por su parte, el término usual se relaciona con los cánones del uso tipográfico más que con la idea de detalle y refinamiento: règles de typographie o règles du bon usage typographique es lo común. Aunque orthotypographie (u orthotypo) también existe, su uso se limita a la obra del corrector, tipógrafo y escritor Jean-Pierre Lacroux, respetado por otros especialistas como Jacques André, que sin embargo mantienen el término habitual. 

La palabra, pues, más común en las lenguas con antigua tradición tipográfica y la que indica, además, el ámbito de pertenencia es microtipografía. Ni el alemán, ni el inglés, ni el italiano, ni el francés relacionan las reglas o recomendaciones de escritura tipográfica con la ortografía. ¿Por qué, entonces, Martínez de Sousa y Solà y Pujol (todos ellos desde Barcelona y de manera sucesiva) adoptaron el término ortotipografía? Porque, en su momento, cuando la generalización de los ordenadores no había vulgarizado aún el uso de la letra tipográfica y todo el mundo escribía sólo a mano o, a lo sumo, con máquinas de escribir, tenía un sentido persuasivo entroncar tipografía con ortografía para acercar las reglas de composición tipográfica a los escritores y a los profesionales de la lengua. Para ellos, la tipografía era terra ignota, y hablarles de «microtipografía» o de «reglas de escritura tipográfica» les sonaba a chino mandarín y les olía a taller gráfico. Pero ponerle un «orto» delante a la tipografía —me disculpen argentinos y uruguayos— les evocaba las reglas de escritura manual correcta que habían aprendido en la escuela —a golpe de regla literalmente, en muchos casos— y les sonaba a «necesario y obligatorio»; aquello sí había que aprenderlo. Gracias a lo que considero una estratagema de José Martínez de Sousa, los escritores y traductores ochenteros y noventeros se afanaban a simular con sus Olivetti el marcaje de la cursiva subrayando los títulos o los extranjerismos, o emulaban una raya (a la que en la época se llamaba menos, aunque no lo fuera) escribiendo dos guiones seguidos. Hacían así gala de un nuevo saber adquirido que iba mucho más allá de la limitada, manual y general ortografía académica y que, sobre todo, los distinguía como profesionales de las letras.

Así, aunque la llamada «ortotipografía» ni siquiera se basa en los principios de la ortografía, sino en los de la tipografía, y no tiene nada que ver con las lenguas naturales sino con la funcionalidad tipográfica, en castellano y en catalán es el término que ha acabado imponiéndose. Si el cuasi-neologismo sólo hubiera supuesto que la escritura tipográfica saliera del taller de cajas y se convirtiera en sello de los oficios de la letra, no habría nada que objetar. Pero el problema es que, quizá debido a la desprofesionalización del sector editorial, la voz ortotipografía se ha comportado como una especie invasora, que lleva años desplazando y sustituyendo tipografía, con la alteración e incluso reducción del conocimiento y la praxis profesional que ello conlleva. No ayudó en nada que la Real Academia Española integrara la ortotipografía, desmadejadamente y en un batiburrillo, en su última ortografía (2010), tomando esta materia en muy buena medida de la Ortografía y ortotipografía del español actual de Martínez de Sousa, donde una cosa y otra sí se distinguían netamente.


No sé si es tarde ya, pero abogo desde aquí por recuperar tipografía y tipográfico para todo lo que suponga creación de tipos y composición y compaginación de publicaciones con letra de imprenta, y microtipografía semántica o escritura tipográfica para lo que hoy se denomina ortotipografía. El ecosistema tipográfico quedará protegido, la ortografía quedará en su lugar, y los profesionales de la(s) letra(s) tendremos los conceptos mucho más claros, y los campos de acción, mucho más acotados.

Silvia Senz


 

martes, 21 de octubre de 2025

De inteligencia artificial, y edición y corrección de textos

 [Este texto es un muy breve extracto de mi curso en AulaSic «Edición y corrección de textos generalistas».] 

 

Ya comenté en este blog que el desarrollo de la inteligencia artificial en lo relativo a la edición y la corrección de textos en castellano está mucho más que en mantillas. Pero ¿cómo afecta a estos ámbitos profesionales esta limitación de las herramientas de IA de uso más común? Pues de diversas maneras. Combinada con la concentración geográfica de la edición en castellano, la escasa utilidad de las IA está teniendo dos efectos: o (aún) peores publicaciones, o una revaloración del trabajo humano y la descentralización de la labor editorial. Me explico. Como es sabido, España —y concretamente Barcelona— es el centro de publicación mundial en esta lengua, y no sólo en la variedad peninsular central. Autores de todo origen, de ficción y no ficción, publican en Barcelona o en Madrid, pero los editores y correctores locales no tienen recursos para tratar sus textos adecuadamente, y las IA tampoco les son de ayuda. El resultado es o un tratamiento improvisado y chapucero de estas obras o, si se quieren hacer bien las cosas, el recurso a un colaborador nativo de la variante del texto que se edita, con lo que el trabajo editorial en España se externaliza a otros países.

En cualquier caso, las deficiencias que presentan las IA para el castellano conducen, de momento, a la continuidad de una labor exclusivamente humana en este campo, siempre y cuando el profesional que desarrolla la labor textual esté altamente capacitado y siempre y cuando su superior o cliente busque, por su parte, calidad, autenticidad, seguridad y fiabilidad en el producto en el que el corrector o el editor textos/de mesa intervienen. Un corrector o un editor de textos bien formados, de alto perfil, todavía son, a día de hoy —y seguramente lo seguirán siendo—, más ágiles, versátiles, originales y eficaces que la máquina pensante por el simple hecho de ser ya no sólo profesionales de perfil muy específico, sino humanos:

1) El corrector y el editor de textos son personas reales, con emociones, empatía, bagaje experiencial y cultural, y sentido ético. Además, están conectadas con el mundo y con la sociedad del momento, y en comunicación directa con sus superiores o sus clientes y también con los creadores en muchos casos.

2) Tienen un rasgo privativo de los humanos: son hablantes reales y nativos de una lengua (o más de una), con una capacitación biológica innata para la creación y producción verbal, que se comunican oralmente y por escrito a diario con otros humanos y que saben, pues, lo que es la lengua viva y un acto de comunicación complejo.

3) Por su capacitación profesional específica, conocen su idioma a un nivel muy extenso y avanzado (al menos, dominan diversas variedades y registros de este).

4) Por todas estas particularidades humanas y por su capacitación profesional específica, son capaces de hacer cosas que la IA aún no puede conseguir (si es que llega a hacerlo)

  • Analizar las características de un texto y de su contenido, contextualizándolo, y detectar y evaluar sus inadecuaciones para el lector al que se dirige, a diversos niveles (generacionales, culturales, gramaticales, léxico-semánticos, ortográficos, ortotipográficos, tipográficos, estructurales, estilísticos...).
  • Percibir la elasticidad de la voluntad expresiva del autor y sus sutilezas.
  • Y, en función de todo ello, mejorar la lecturabilidad y legibilidad de un texto o de una publicación, con el respeto debido a las decisiones legítimas de su creador.

En múltiples casos, el trabajo de corrección en concreto va, de hecho, mucho más allá de la aplicación de una serie de reglas ortográficas y morfosintáticas fijas: es más analítico que generativo y más de optimización y adecuación al lector que de normalización. Cuando a un buen corrector se le da el margen necesario para trabajar sin agobios y cuando su remuneración no depende de una irrisoria tarifa por pulsaciones, trabaja con agilidad, eficiencia y fluidez, hace brillar un texto y lo hace mucho más comprensible y disfrutable para el lector. Más aún puede decirse del trabajo de un buen editor de textos, o editor de mesa.

Y en cuanto al editor sénior (el publisher), un profesional serio siempre conocerá mejor que una entidad digital —⁠que ni siquiera vive en la sociedad humana— a los receptores (lectores) potenciales de cada obra y a sus autores y, por supuesto, preferirá seguir sus propios objetivos, criterios e intuiciones en cuanto al peculiar producto editorial que quiere obtener.

Pero tampoco hay que engañarse, porque todos sabemos que, a un nivel empresarial, echar o no mano de IA en la creación y producción de textos es una cuestión de ética y filosofía de empresa. Si la IA generativa se ha desarrollado gracias al pirateo de innumerables creaciones humanas sujetas a copyright debido al vacío legal en este terreno y a la ignorancia de algunos jueces sobre el potencial de la IA (cf. <https://www.cedro.org/sala-de-prensa/noticias/noticia/2025/09/12/una-regulaci%C3%B3n-insuficiente-sobre-la-iag-pone-en-riesgo-la-creatividad-y-al-sector-editorial-en-su-conjunto>, <https://www.pagina12.com.ar/858533-pirateria-por-parte-de-una-ia-generativa> y <https://www.theverge.com/news/674366/nick-clegg-uk-ai-artists-policy-letter>, por ejemplo), esta tecnología ya viene marcada de origen por la ausencia de ética y por la apropiación masiva del esfuerzo ajeno (apropiación trazable, de hecho). De modo que, cuando los propietarios de una empresa de servicios lingüísticos, de servicios editoriales o incluso de publicaciones privilegian el beneficio rápido sobre la calidad, la seguridad, la originalidad y la fiabilidad de sus productos o de los resultados que ofrecen a su cliente último, no hay buen profesional humano que valga: echan mano de la IA (y además de la más barata y seguramente sin supervisión). Si además el cliente o el lector sólo se fijan en el precio de lo que compran y esperan el más bajo posible, o simplemente no se quejan por las condiciones que presenta el producto que adquieren, ahí sí tenemos un terreno abonado para cualquier desarrollo de IA aplicable al lenguaje, seguramente con nefastas consecuencias en múltiples tipologías de texto (lo estamos viendo ya en la traducción médica y farmacéutica, donde la mala calidad y la baja precisión de lo que se traduce con IA juega con algo tan esencial como es nuestra vida).

La irrupción de la IA en cualquier campo creativo y de producción de textos (entre otros) apenas empieza a regularse, pero se intuye por dónde discurrirá y lo que implicará para creadores y profesionales:

1) Como ya se ha anunciado, en la Unión Europea será obligatorio por ley identificar los productos cuya forma y contenido hayan sido desarrollados mediante IA siempre que la falta de identificación pueda inducir a errores sobre la autenticidad del producto. Como probablemente el uso de la IA cause muchos estragos en las industrias culturales y como la imposibilidad de discernir lo real o lo fiable de un texto o de una imagen generados con IA tendrá consecuencias nefastas a un nivel inimaginable, la legislación se acabará recrudeciendo, con lo que finalmente se crearán gamas y etiquetas de producto del tipo humano/no humano/semihumano, entre las que el consumidor podrá elegir. Entonces, lo humano se asociará a cualidades superiores o ausentes en la IA.

2) Esta distinción obligará al profesional humano justamente a distinguirse por encima de la IA, con atributos de excelencia, genuinidad, autenticidad, seguridad, ética y fiabilidad. El hecho de ser artífice de productos de gama alta o de productos de desarrollo limitadamente asistido con IA implicará también que el profesional tendrá que capacitarse a un nivel excelente y optimizar su metodología y ética de trabajo; al mismo tiempo, supondrá que podrá exigir mejor remuneración y trato laboral.

En todo caso, lo que parece claro es que, por el camino, los profesionales poco versátiles y de bajo perfil irán siendo reemplazados por «máquinas pensantes», sencillamente porque, a resultado parecido, por lógica se preferirá lo más barato.

Silvia Senz 


jueves, 10 de octubre de 2024

De inteligencia artificial para trabajar con el castellano y academias de la lengua española

Después de diversas lecturas sobre los avances de la IA generativa en lo relativo a la lengua española/castellana y el camino por recorrer, y teniendo ya mi propia experiencia en el uso de ChatGPT4 en el trabajo textual editorial, me topé en LinkedIn con esta charla de Javier Muñoz-Basols sobre los sesgos lingüísticos digitales en el desarrollo de las IA.

 


Al hilo de lo que se comenta e ilustra en la charla, me atrevo a hacer algunas constataciones y reflexiones sobre el desarrollo de las herramientas de IA para trabajar con el castellano, concretamente para las labores de corrección y edición de textos. No hay mucho que decir al respecto, aparte de que está en mantillas y se le augura un avance lento y complicado.

Este retraso con respecto a otras lenguas internacionales con gran número de hablantes tiene diversas causas estructurales, financieras y técnicas (como la ausencia de una estrategia común de desarrollo entre los países donde el castellano es hegemónico, la insuficiente inversión en IA en y para el castellano, y la inexistencia de una metodología de evaluación comparativa de los modelos de lenguaje de propósito general [usos generales] y específico [usos especializados], entre otros aspectos). Pero sobre todo es la herencia de una carencia que el español viene arrastrando: la insuficiencia de datos (diccionarios, corpus, catálogos de entidades nombradas, terminologías especializadas, anotaciones, gramáticas, etc.) con los que puedan desarrollarse y funcionar los modelos que sirven para entrenar las IA. Sin ellos, no pueden entender la inmensidad de textos en español, aprender a discriminar y reconocer en estos patrones de lengua distintos y a deducir con finura qué uso es el apropiado para un determinado contexto.

Como explicamos diversos autores de El dardo en la Academia —entre otros especialistas que han incidido en este problema—, el español/castellano es una lengua deficientemente descrita y equipada. De hecho, en favor del modelo estándar de «lengua común» (ese ideal político del panhispanismo tan reñido con el avance del conocimiento lingüístico), se ha estado relegando e incluso bloqueando el estudio de los diversos registros técnicos y de la dinámica variedad lingüística social y geográfica de la lengua. Para ilustrar con un solo ejemplo el deficiente equipamiento del castellano, a un nivel lexicológico y lexicográfico es clamorosa la falta de diccionarios descriptivos integrales de las diversas variedades nacionales de lengua (sólo hay tres: el de España, el de Argentina y el de México).

Incluso limitándonos al modelo estándar de lengua correcta (el académico), no diré nada nuevo al afirmar que contiene numerosas contradicciones, inconsistencias, errores y asistematicidades metodológicas, y que presenta múltiples huecos. Dado, además, el aún insuficiente conocimiento de la llamada norma culta del español, el estándar panhispánico es incapaz de definir qué es aceptable o no en la variedad culta (escrita o hablada) de un país en un momento dado, con lo que su aportación a la nutrición de las IA para que redacten, localicen o corrijan es también muy limitada. La escasa utilidad de estas herramientas para la corrección —⁠que se reduce a la detección y enmienda de ciertos aspectos normativos de algunas variedades— es algo que puede comprobarse simplemente intentando que ChatGPT4 mejore la redacción y corrija, adecuándolo a un lector de perfil geolectal variado, un texto extenso en una de esas variedades nacionales mal descritas y con pocos equipamientos (por ejemplo, el chileno santiagueño). Aun cuando se le informe de qué variedad y tipo de texto es y de qué resultado se quiere obtener, ChatGPT4 no da pie con bola o se inventa soluciones disparatadas o fuera de lugar. Eso sí, pide reiteradas disculpas por no haber sido útil.

En este punto, hago un breve apunte sobre el papel de las academias de la lengua en el desarrollo de la IA en y para el castellano. Estas instituciones (la RAE, particularmente) sí pueden proveer corpus y otros materiales útiles para este fin, pero su celo por controlar su obra y sus derechos de explotación es bien conocido. El material que pueden ofrecer no se emplearía tal cual es, sino que pasaría procesos de revisión, modificación y refinamiento que escaparían al control de las academias y a sus fines, por lo que personalmente dudo de que vayan a ceder nada fácilmente. De hecho, el único proyecto de las academias relacionado con la IA es el proyecto Leia, patrocinado por Telefónica y en colaboración con Google, Amazon, Microsoft, Twitter y Facebook (patrocinio y colaboraciones nada altruistas) y con una dotación de 5 millones de euros por parte del Gobierno español, cuyas líneas principales son «velar por el buen uso de la lengua española en las máquinas» y «crear herramientas que fomenten el uso correcto del español [o sea, el modelo estándar escrito] en los seres humanos». A ver qué pasa si las máquinas pensantes empiezan no sólo a usar el estándar académico, sino a detectar sus fallos...

En consecuencia y recapitulando: si no se hace el trabajo lingüístico pendiente, ni se ponen los datos existentes a disposición de los proyectos públicos en marcha, ni estos se centran también en la lengua y se coordinan internacionalmente, las IAs en y para el español no evolucionarán bien —y que lo hicieran tampoco sería ni fácil ni rápido—, con lo que será imposible que resulten útiles para el trabajo con la lengua en todos sus niveles y en todos los territorios de uso del castellano.

Silvia Senz

lunes, 7 de octubre de 2024

El uso del artículo ante los años. (Píldoras de estilo editorial, 4)


 

El asunto del empleo u omisión del artículo ante los años es una cuestión que las academias han embrollado hasta lo indecible desde que se fue acercando el año 2000 y a alguien se le ocurrió formularles una duda sobre este particular en el sitio de internet de la RAE. Según comenta José Martínez de Sousa en su Ortografía y ortotipografía del español actual (OOTEA3, 2014, p. 278), como respuesta nada reflexionada a esta duda, la Academia española recomendó el uso sin el artículo para los años posteriores al 1999. Pero ante el empecinado empleo del artículo por parte del hablante y las críticas recibidas, se vio obligada a rectificar. Como particularmente la RAE no lleva bien reconocer los errores, lo que ocurrió es que rectificó a medias, y así es como se inició un camino errático sobre este asunto en la obra académica. Sigámoslo paso a paso para intentar llegar a buen puerto. 

En la primera edición del Diccionario panhispánico de dudas (DPD2005, s. v. «Fecha», § 4c), las academias decían:

a) Del año 1 al 1100 es más frecuente el empleo del artículo, al menos en la lengua hablada: Los árabes invadieron la Península en el 711. Pero no faltan abundantes testimonios sin artículo en la lengua escrita: «Ya en 206 a. de J. C. tiene lugar la fundación de Itálica»(Lapesa Lengua [Esp. 1942]). b) Del año 1101 a 1999 es claramente mayoritario el uso sin artículo:Los Reyes Católicos conquistaron Granada en 1492, si bien no dejan de encontrarse ejemplos con artículo: «Nací en el 1964» (RdgzJuliá Cruce [P. Rico 1989]). Si se menciona abreviadamente el año, suprimiendo los dos primeros dígitos, es obligatorio el empleo del artículo: En el 92 se celebraron las Olimpiadas de Barcelona. c) A partir del año 2000, la novedad que supuso el cambio de millar explica la tendencia mayoritaria inicial al uso del artículo: Fui al Caribe en el verano del 2000 o La autovía estará terminada en el 2010. Sin embargo, en la datación de cartas y documentos no son tan marcadas las fluctuaciones antes señaladas y se prefiere, desde la Edad Media, el uso sin artículo: 14 de marzo de 1420. Por ello, se recomienda mantener este uso en la datación de cartas y documentos del año 2000 y sucesivos: 4 de marzo de 2000. Esta recomendación no implica que se considere incorrecto, en estos casos, el uso del artículo: 4 de marzo del 2000. Naturalmente, si se menciona expresamente la palabra año, resulta obligado anteponer el artículo: 5 de mayo del año 2000.
 

En su OOTEA3 ( 2014, pp. 278-279), Martínez de Sousa expuso diáfanamente las evidentes objeciones que suscitan estos párrafos a cualquier mente racional (las negritas son mías):

1. «No se entiende por qué la Academia asegura que la tendencia al uso del artículo se debe a la novedad que supuso el cambio de millar. La razón no es esa, sino la mayor comodidad de los usuarios de la lengua para expresarse con el artículo que sin él. Tampoco se entiende que si la tendencia mayoritaria era el uso del artículo, la Academia colocase una nota en su sitio de Internet para recomendar el uso sin el artículo.» De hecho, como el mismo Martínez de Sousa anota, si se dice en el 3000 antes de Cristo y no en 3000 antes de Cristo, la simple analogía lleva a decir espontáneamente en el 2002 después de Cristo y no en 2002 después de Cristo.

2. «No hay ninguna razón gramatical clara por la cual esto [el uso del artículo ante el año] deba ser de una manera o de otra; solo podemos basarnos en el uso y la tradición, mayoritariamente favorables al artículo en fechas anteriores a Cristo hasta el 1100 después de Cristo y desde el 2000 en adelante».  

3. «Sorprende que la Academia hable del uso sin artículo en cartas y documentos cuando a) las cartas son también documentos; b) no se adivina cómo ha llegado a la conclusión de que, cuando se cambió de siglo y de milenio, en la datación de cartas y documentos la tendencia a la escritura con artículo fluctuó, puesto que la Academia no tuvo ni siquiera tiempo de analizar el uso. Sorprende también que diga que desde la Edad Media se prefiere el uso sin artículo, “consolidando en la práctica —dice⁠— una fórmula establecida” […] ¿Qué fórmula? ¿Quién la había establecido? ¿Qué práctica invoca la Academia y a quién la atribuye?» Y añade este eminente ortógrafo: «Hay que recordar que en la Edad Media difícilmente se dedicaba nadie a vaticinar cómo se escribirían las fechas en el cambio del siglo xx al xxi.».  

4. «Con esta última norma [“Esta recomendación no implica que se considere incorrecto, en estos casos, el uso del artículo”] habría suficiente y se habría ahorrado el marasmo creado artificial e injustificadamente en la escritura de las fechas. En cualquier caso, la fuerza de la recomendación académica (tomada como norma en forma absoluta) solo afecta a las fechas completas, no a las referencias a un determinado año en que ha sucedido o sucederá algo: La carretera se construirá en el 2008; El puente no estará terminado hasta el 2005; En el 2050 España tendrá menos habitantes que en el 2002.»

 

Dándose un poco de tiempo, las academias habrían podido confirmar que la tendencia espontánea entre los hablantes era al uso del artículo —algo perfectamente rastreable y verificable en los primeros años del nuevo milenio⁠— e incorporarlo a su obra, ya que tanto alardean de que la norma simplemente recoge el uso. Pues no sólo no lo hicieron, sino que su improvisación e incoherencia condujo a que, incluso entre profesionales de la lengua (particularmente periodistas, traductores y hasta correctores), empezara a cundir la idea (y la práctica) de que había que omitir sistemáticamente el artículo ante los años posteriores al 2000.  

Por fortuna, una de las pocas obras académicas que tienen detrás un trabajo concienzudo de estudio y análisis del uso, la Nueva gramática de la lengua española (NGLE2009), intentó poner un poco de orden y racionalidad en el asunto. Así, la NGLE14.8p) observa la falta de naturalidad en la elisión del artículo en los siguientes casos (la negrita también es mía):


14.8p La estructura del numeral que designa el año es también pertinente para la elección del artículo. Se ha observado que la presencia de artículo es más frecuente cuando se trata del año 2000 o los posteriores a él, exceptuadas las oraciones copulativas a las que se hizo referencia en el § 14.8ñ. Resultaría, en efecto, forzada la omisión del artículo que se subraya en estas oraciones:


Hablar del 2000 era hablar de un año tan remoto que el mundo tal vez estaría de cabeza para entonces (Tiempo [Col.] 7/4/1997); El2000 supuso una ruptura en la evolución creciente del nuevo empleo (Norte Castilla 6/2/2001),


o en pares como los siguientes: {1974 ~ El 2000} transcurrió sin demasiados contratiempos; Dejemos {1930 ~ el 2002} a un lado; Agradezco {a 1930 ~ al 2002} todo lo que me dejó. La variante con artículo es mucho más frecuente si el año está comprendido entre el 1 y el 1100, pero se percibe mayor alternancia en estos contextos: Algunos autores lo dan como inaugurado en el año 692 a. de C., otros en el 980, y aun en 1050 (Tagarano, San Bernardo). Cuando la referencia al año se hace por sus dos últimas cifras, se emplea siempre con artículo: Stroessner cayó en el 89.



Un año después, la también académica Ortografía de la lengua española (OLE2010) no hizo ninguna alusión a este asunto, aunque siguió omitiendo el artículo en los ejemplos de las fechas. Para rematar la confusión, la revisión en curso del DPD (s. v. «Años» § 3) obvia lo expuesto en la NGLE2009 y vuelve a sus trece:


A partir del año 2000, la novedad que supuso el cambio de millar explica la tendencia mayoritaria inicial al uso del artículo: Fui al Caribe en el verano del 2000 o La autovía se terminó en el 2010, pero hoy la mención de estos años ya se ha asimilado a la del resto y es más habitual omitir el artículo [sic]: En 2023 se espera una fuerte bajada de la inflación.

En la datación de cartas y documentos se prefiere el uso sin artículo: 14 de marzo de 1420, 5 de noviembre de 2021. Naturalmente, si se menciona expresamente la palabra año, resulta obligado anteponerlo: 5 de mayo del año 2000.


Es mucho decir que «hoy la mención de estos años ya se ha asimilado a la del resto y es más habitual omitir el artículo». Pero, desde luego, los casos en que esto se da son consecuencia del empeño académico en no rectificar sus errores. Es este, por cierto, un mecanismo de creación de nueva norma panhispánica demasiado común. Como decía un querido colaborador de este blog:

Lo malo es que mucha gente toma en serio, con total buena fe, lo primero que la RAE publica. Luego,la RAE cantará victoria diciendo: «Está en el uso». Y así se construye lo que llaman burocráticamente norma panhispánica pluricéntrica.

Ante este panorama, no sólo Martínez de Sousa sino no pocos autores, profesionales y redactores de libros de estilo optamos por la tendencia realmente más común en la lengua: utilizar el artículo el ante los años anteriores al 1101 y posteriores a 1999 (incluso en la datación no abreviada). Así:


De/en + año

el/del/en el + año

Entre 1101 y 1999:

América fue descubierta en 1492.

(Con las excepciones mencionadas por la NGLE2009 en el párrafo 14.8p, anteriormente citado.)

En fechas anteriores a Jesucristo (a. C.):

Esto sucedió en el 3000 a. C.

Entre el año 1 y el 1100:

Los árabes llegaron a España en el 711.

Desde el 2000 en adelante:

Esta ley no entrará en vigor hasta el 2002.

A 27 de noviembre del 2024.