Hay generaciones que no han conocido otra cosa, pero el término
ortotipografía es bastante reciente en castellano. Aparece en
el uso en 1987, cuando José Martínez de Sousa lo incluye en su
influyente Diccionario de ortografía técnica (Pirámide, p.
15) como parte de esta disciplina. En su primera obra, Diccionario
de tipografía y del libro, la
voz ortotipografía no tiene entrada, pero sí
se registra —error de lexicógrafo bisoño— el derivado
ortotipográfico (p. 207), que define como «Dícese de los
signos o reglas que se refieren a la ortografía aplicada a la tipografía» (aunque la dirección de aplicación sería más bien la inversa).

Más adelante, en 1995, el término entra en el catalán con otra
obra también de gran impacto entre los profesionales de la letra: la Ortotipografia de Josep M. Pujol y Joan Solà. En su prefacio,
los autores mencionan que su código tipográfico —que es lo que es
en realidad, y de tendencia anglicista en la segunda parte desarrollada por
Pujol— recibe este título en homenaje a la Orthotypographia
del alemán Hyeronimus Hornschuch (1608), única ocasión en que este
término había sido usado en una obra destinada al buen uso de la
tipografía entre tipógrafos y correctores, como nos relata Oriol
Nadal en su Manuales
tipográficos para compositores, correctores e impresores
(p. 12).

La palabra, sin embargo, ni siquiera hizo fortuna en
alemán, lengua en la que, al igual que en inglés y en italiano, la
escritura tipográfica se designa muy acertadamente como
microtipografía (al. Mikrotypografie,
in. microtypography,
it. microtipografia),
ya que forma parte de los refinamientos de composición tipográfica
de los signos, los espacios, la línea y el párrafo que, con el
tiempo, se han diversificado de un ámbito geográfico-cultural a
otro. El diseñador gráfico suizo Jost Hochuli recogió
magníficamente los conceptos de ‘cuidado’
y ‘sofisticación’ que incorpora la microtipografía (también en el diseño de tipos) en su
Das
Detail in der Typografie : Buchstabe, Buchstabenabstand, Wort,
Wortabstand, Zeile, Zeilenabstand, Kolumne [El detalle en
la tipografía]. En la
tradición francesa, por su parte, el término usual se
relaciona con los cánones del uso tipográfico más que con la idea
de detalle y refinamiento: règles de
typographie
o règles
du bon usage
typographique
es
lo común.
Aunque
orthotypographie
(u
orthotypo)
también
existe,
su
uso se limita a la obra del
corrector, tipógrafo y escritor Jean-Pierre
Lacroux, respetado
por otros especialistas como Jacques
André, que sin embargo mantienen
el término habitual.

La
palabra, pues,
más común en las lenguas con antigua tradición tipográfica y la
que indica, además,
el ámbito de pertenencia es microtipografía.
Ni
el alemán, ni el inglés, ni el italiano, ni el francés relacionan
las reglas o recomendaciones de escritura tipográfica con la
ortografía. ¿Por qué, entonces, Martínez de
Sousa y Solà y Pujol (todos ellos desde Barcelona y de manera sucesiva) adoptaron el
término ortotipografía? Porque, en su momento, cuando la
generalización de los ordenadores no había vulgarizado aún el uso
de la letra tipográfica y todo el mundo escribía sólo a mano o, a
lo sumo, con máquinas de escribir, tenía un sentido persuasivo
entroncar tipografía con ortografía para acercar las
reglas de composición tipográfica a los escritores y a los
profesionales de la lengua. Para ellos, la tipografía era
terra ignota, y hablarles de «microtipografía» o de «reglas
de escritura tipográfica» les sonaba a chino mandarín y les olía a taller
gráfico. Pero ponerle un «orto» delante a la tipografía —me
disculpen argentinos y uruguayos— les evocaba las reglas de
escritura manual correcta que habían aprendido en la escuela —a
golpe de regla literalmente, en muchos casos— y les sonaba a
«necesario y obligatorio»; aquello sí había que aprenderlo.
Gracias a lo que considero una estratagema de José Martínez de
Sousa, los escritores y traductores ochenteros y noventeros se
afanaban a simular con sus Olivetti
el marcaje de la cursiva subrayando los títulos o los
extranjerismos, o emulaban una raya (a la que en la época se llamaba
menos, aunque no lo fuera) escribiendo dos guiones seguidos.
Hacían así gala de un nuevo saber adquirido que iba mucho más allá
de la limitada, manual y general ortografía académica y que, sobre todo,
los distinguía como profesionales de las letras.Así, aunque la llamada «ortotipografía» ni siquiera se basa en
los principios de la ortografía, sino en los de la tipografía,
y no tiene nada que ver con las lenguas naturales sino con la
funcionalidad tipográfica, en castellano y en catalán es el término
que ha acabado imponiéndose. Si el cuasi-neologismo sólo hubiera
supuesto que la escritura tipográfica saliera del taller de cajas y
se convirtiera en sello de los oficios de la letra, no habría nada
que objetar. Pero el problema es que, quizá debido a la
desprofesionalización
del sector editorial, la voz ortotipografía se ha
comportado como una especie invasora, que lleva años desplazando y
sustituyendo tipografía, con la alteración e incluso
reducción del conocimiento y la praxis
profesional que ello conlleva. No
ayudó en nada que la Real Academia Española integrara la
ortotipografía, desmadejadamente y en un batiburrillo, en su última
ortografía (2010), tomando esta materia en muy buena medida de
la Ortografía y ortotipografía del español actual de
Martínez de Sousa, donde una cosa y otra sí se distinguían
netamente.

No sé si es tarde ya, pero abogo desde
aquí por recuperar tipografía y tipográfico para todo lo
que suponga creación de tipos y composición y compaginación de
publicaciones con letra de imprenta, y microtipografía semántica o
escritura tipográfica para lo que hoy se denomina
ortotipografía. El
ecosistema tipográfico
quedará protegido, la ortografía quedará en su lugar, y los
profesionales de la(s) letra(s) tendremos
los conceptos mucho más claros, y los campos de acción, mucho más
acotados.Silvia Senz