miércoles, 9 de septiembre de 2026

La RAE y el Ministerio de Defensa español: prietas las filas

Cuando, como servidora, has dedicado muchos (y sacrificados) años al estudio crítico de los maridajes entre el organismo central de la política lingüística española (la Real Academia Española) y otras instituciones y entidades de la política y de la acción exterior de España, y conoces su imbricación histórica con el nacionalismo español (imperial y postimperial), es difícil que te sorprenda nada. Pues aún así, se me han puesto los pelos de punta al enterarme de la publicación de esta obra creada al alimón por la Real Academia Española (RAE) y el Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional (IEEE): Geopolítica del español (prólogo de Felipe VI). Madrid: Espasa, 2026.


Sin adquirir la obra no se puede acceder al índice. Pero en la presentación que el IEEE hace en la página del Ministerio de Defensa de España sí se advierte que esta convergencia se produce «con extraordinario rendimiento, pues todas [ambas instituciones] sirven a España y la comunidad panhispánica». Decir que el Ministerio de Defensa de España sirve a la «comunidad panhispánica» como muy poco debería desencadenar protestas de las embajadas de todos los países latinoamericanos del ámbito hispanohablante.
Esta simple afirmación indica hasta qué punto se considera a la Real Academia Española un poder blando movilizable en todo lo que interesa a la política nacional e internacional española, como ya se ha visto desde principios de la década de 1990. Las palabras de uno de sus más destacados directores, Víctor García de la Concha (continuador del programa de renovación y reimpulso de la institución iniciado por Fernando Lázaro Carreter), son una buena muestra de este creciente papel de la Academia española:

Ya desde la etapa del gobierno socialista [1982-1993], los gobiernos han entendido que la Academia está en el nivel de Estado. En esto la figura clave es el Rey, que por mandato constitucional es patrono de la RAE. [...] Esto lo entendió el Gobierno socialista, que duplicó el paupérrimo presupuesto de la Academia, y lo ha entendido el PP, que ha duplicado de nuevo el presupuesto. [Para renovar la Academia] vino el Rey en nuestra ayuda con la creación de la Fundación Pro Real Academia. [Nuestro presupuesto en el año 2001 es de] mil millones de pesetas. Ahora, si necesito revisar los americanismos y eso supone subvencionar a las academias americanas, acudo a Endesa, que sé que tiene intereses en Hispanoamérica. O vamos a Telefónica para que subvencione el Diccionario Panamericano. [N. Azancot: «Víctor García de la Concha», El Cultural, 18/07/2001: en línea.]

En fin... Para mí, lo sorprendente es que haya aún gente que no sepa cuál es el verdadero desempeño de esta institución y el enorme obstáculo que ha supuesto y supone para el desarrollo de los equipamientos lingüísticos del español/castellano, que en realidad es lo que menos importa a la inmensa mayoría de sus miembros y a sus mandamases.

lunes, 1 de junio de 2026

Accesibilidad y legibilidad en el diseño gráfico: algunos recursos

La asunción social e institucional del principio de accesibilidad universal ha conllevado la creación de directivas y estándares que afectan a las decisiones que se toman en el diseño gráfico de publicaciones impresas y, sobre todo, digitales. 

Sobre la base del estándar alemán de legibilidad DIN 1450:2024-11, la Deutschen Blinden- und Sehbehindertenverband (Federación Alemana de Ciegos y Discapacitados Visuales) ha creado diversos recursos en línea que sirven de guía para el grafista y al mismo tiempo ponen a prueba sus elecciones.

1. Un calculador del tamaño del tipo de letra adecuado para diversos soportes de lectura, en función de ciertas características de la fuente, de la agudeza visual del lector y de las condiciones de lectura (iluminación y distancia ojo-soporte). Al mismo tiempo, pone a prueba el propio tipo como fuente inclusiva:

Deutschen Blinden- und Sehbehindertenverband (2024): «Schrift­größen­rechner / Font size calculator» [en línea]. Portal Leserlich / Legibility. [Consultado el 25/05/2026.] Disponible en: <https://leserlich.info/schriftgroessenrechner> o <https://legibility.info/font-size-calculator>.

 

2. Un calculador de contraste de color según parámetros de accesibilidad:

Deutschen Blinden- und Sehbehindertenverband (2024): «Kontrast­rechner: Zur Berechnung und Überprüfung barrierefreier Farbkombinationen  /  Contrast calculator: Calculating and testing easily accessible colour combinations» [en línea]. Portal Leserlich / Legibility. [Consultado el 25/05/2026.] Disponible en: <https://leserlich.info/kontrastrechner> o <https://legibility.info/contrast-calculator>.

 

 

Silvia Senz

 

domingo, 29 de marzo de 2026

¿Por qué la llaman «ortotipografía» cuando quieren decir «microtipografía»? (O por qué el castellano y el catalán son la excepción terminológica)

Hay generaciones que no han conocido otra cosa, pero el término ortotipografía es bastante reciente en castellano. Aparece en el uso en 1987, cuando José Martínez de Sousa lo incluye en su influyente Diccionario de ortografía técnica (Pirámide, p. 15) como parte de esta disciplina. En su primera obra, Diccionario de tipografía y del libro, la voz ortotipografía no tiene entrada, pero sí se registra —⁠error de lexicógrafo bisoño— el derivado ortotipográfico (p. 207), que define como «Dícese de los signos o reglas que se refieren a la ortografía aplicada a la tipografía» (aunque la dirección de aplicación sería más bien la inversa). En el Diccionario general de la RAE (DRAE, hoy DLE), ortotipografía no tiene entrada hasta la edición del 2001; sencillamente porque era prácticamente un neologismo en español.

Más adelante, en 1995, el término entra en el catalán con otra obra también de gran impacto entre los profesionales de la letra: la Ortotipografia de Josep M. Pujol y Joan Solà. En su prefacio, los autores mencionan que su código tipográfico —que es lo que es en realidad, y de tendencia anglicista en la segunda parte desarrollada por Pujol— recibe este título en homenaje a la Orthotypographia del alemán Hyeronimus Hornschuch (1608), única ocasión en que este término había sido usado en una obra destinada al buen uso de la tipografía entre tipógrafos y correctores, como nos relata Oriol Nadal en su Manuales tipográficos para compositores, correctores e impresores (p. 12). 


La palabra, sin embargo, ni siquiera hizo fortuna en alemán, lengua en la que, al igual que en inglés y en italiano, la escritura tipográfica se designa muy acertadamente como microtipografía (al. Mikrotypografie, in. microtypography, it. microtipografia), ya que forma parte de los refinamientos de composición tipográfica de los signos, los espacios, la línea y el párrafo que, con el tiempo, se han diversificado de un ámbito geográfico-cultural a otro. El diseñador gráfico suizo Jost Hochuli recogió magníficamente los conceptos de ‘cuidado’ y ‘sofisticación’ que incorpora la microtipografía (también en el diseño de tipos) en su Das Detail in der Typografie : Buchstabe, Buchstabenabstand, Wort, Wortabstand, Zeile, Zeilenabstand, Kolumne [El detalle en la tipografía]. En la tradición francesa, por su parte, el término usual se relaciona con los cánones del uso tipográfico más que con la idea de detalle y refinamiento: règles de typographie o règles du bon usage typographique es lo común. Aunque orthotypographie (u orthotypo) también existe, su uso se limita a la obra del corrector, tipógrafo y escritor Jean-Pierre Lacroux, respetado por otros especialistas como Jacques André, que sin embargo mantienen el término habitual. 

La palabra, pues, más común en las lenguas con antigua tradición tipográfica y la que indica, además, el ámbito de pertenencia es microtipografía. Ni el alemán, ni el inglés, ni el italiano, ni el francés relacionan las reglas o recomendaciones de escritura tipográfica con la ortografía. ¿Por qué, entonces, Martínez de Sousa y Solà y Pujol (todos ellos desde Barcelona y de manera sucesiva) adoptaron el término ortotipografía? Porque, en su momento, cuando la generalización de los ordenadores no había vulgarizado aún el uso de la letra tipográfica y todo el mundo escribía sólo a mano o, a lo sumo, con máquinas de escribir, tenía un sentido persuasivo entroncar tipografía con ortografía para acercar las reglas de composición tipográfica a los escritores y a los profesionales de la lengua. Para ellos, la tipografía era terra ignota, y hablarles de «microtipografía» o de «reglas de escritura tipográfica» les sonaba a chino mandarín y les olía a taller gráfico. Pero ponerle un «orto» delante a la tipografía —me disculpen argentinos y uruguayos— les evocaba las reglas de escritura manual correcta que habían aprendido en la escuela —a golpe de regla literalmente, en muchos casos— y les sonaba a «necesario y obligatorio»; aquello sí había que aprenderlo. Gracias a lo que considero una estratagema de José Martínez de Sousa, los escritores y traductores ochenteros y noventeros se afanaban a simular con sus Olivetti el marcaje de la cursiva subrayando los títulos o los extranjerismos, o emulaban una raya (a la que en la época se llamaba menos, aunque no lo fuera) escribiendo dos guiones seguidos. Hacían así gala de un nuevo saber adquirido que iba mucho más allá de la limitada, manual y general ortografía académica y que, sobre todo, los distinguía como profesionales de las letras.

Así, aunque la llamada «ortotipografía» ni siquiera se basa en los principios de la ortografía, sino en los de la tipografía, y no tiene nada que ver con las lenguas naturales sino con la funcionalidad tipográfica, en castellano y en catalán es el término que ha acabado imponiéndose. Si el cuasi-neologismo sólo hubiera supuesto que la escritura tipográfica saliera del taller de cajas y se convirtiera en sello de los oficios de la letra, no habría nada que objetar. Pero el problema es que, quizá debido a la desprofesionalización del sector editorial, la voz ortotipografía se ha comportado como una especie invasora, que lleva años desplazando y sustituyendo tipografía, con la alteración e incluso reducción del conocimiento y la praxis profesional que ello conlleva. No ayudó en nada que la Real Academia Española integrara la ortotipografía, desmadejadamente y en un batiburrillo, en su última ortografía (2010), tomando esta materia en muy buena medida de la Ortografía y ortotipografía del español actual de Martínez de Sousa, donde una cosa y otra sí se distinguían netamente.


No sé si es tarde ya, pero abogo desde aquí por recuperar tipografía y tipográfico para todo lo que suponga creación de tipos y composición y compaginación de publicaciones con letra de imprenta, y microtipografía semántica o escritura tipográfica para lo que hoy se denomina ortotipografía. El ecosistema tipográfico quedará protegido, la ortografía quedará en su lugar, y los profesionales de la(s) letra(s) tendremos los conceptos mucho más claros, y los campos de acción, mucho más acotados.

Silvia Senz