lunes, 16 de junio de 2014

Autoridad, norma y corrección, 2: castellano/español natural frente a castellano/español cultivado

[Viene de: «Autoridad, norma y corrección, 1: autoridad académica y autoridades lingüísticas».]

Español (o castellano, pues ambas palabras se comportan a menudo como sinónimas) es un concepto abstracto que, en lingüística,1 sirve para designar un conjunto evolutivo (diasistema), variable en el espacio y también en el tiempo, de múltiples formas de habla —clasificadas, como veremos, en variantes geográficas, sociales y funcionales—, cada una de las cuales es considerada por la ciencia del lenguaje como un sistema de signos que se combinan siguiendo reglas propias.

Pero ¿en cuántas variantes exactamente se concreta el español? En la clasificación tipológica de las lenguas que propone Juan Carlos Moreno Cabrera (2003), vemos que el español queda categorizado como sigue: filo indoeuropeo > familia romance (subfamilia occidental) > grupo galo-íbero-romance (subgrupo íbero-romance). Dentro de esta categoría, Moreno Cabrera (2003: 188-189) precisa que el español comprende 60 geolectos, además del estándar como variedad artificial: 1 variedad extinta (el mozárabe, hablado hasta el siglo xi en la España musulmana), y 59 variedades geográficas vivas repartidas entre Europa (de las que se mencionan 31 sólo en España), América (de las que se mencionan 24, casi todas variedades nacionales), Asia (español filipino y chabacano, en Filipinas, y judeo-español, vivo en Turquía e Israel) y África (español guineano). Teniendo en cuenta que la variación del español en América no cuenta con los trabajos de descripción que tiene el castellano en España, cabe concluir que este cómputo de geolectos del español es forzosamente incompleto y que la variedad geográfica es en realidad mucho mayor. 




 


Por tanto, cuando se dice que el español (u otra lengua cualquiera) tiene x número de hablantes —y suponiendo que en el cómputo sólo se cuenten los hablantes de español como primera lengua, lo que no siempre ocurre— lo que se está diciendo es que la suma de hablantes nativos de las diversas formas convencionalmente agrupadas bajo la etiqueta de español da ese resultado, pero no que haya x número de hablantes que se expresan de la misma manera.
 
 
Para diferenciar lo que son variedades de habla clasificables dentro de un mismo grupo de lo que son variedades pertenecientes a otras lenguas, los especialistas utilizan criterios no coincidentes con aquellos tópicos que un grupo de hablantes suele emplear intuitivamente para diferenciarse de otros grupos. El principal de estos lugares comunes es el criterio de intercomprensión, es decir, la creencia de que, si dos personas utilizan variedades mutuamente inteligibles pese a las diferencias, puede afirmarse que esas dos variedades forman parte de una misma lengua. 

Los propios hechos evidencian que este criterio no es siempre válido: existen variedades lingüísticas tipológicamente consideradas parte de una misma lengua entre las que hay dificultades de intercomprensión, e incluso el caso contrario: lenguas independientes cuyos hablantes se entienden sin gran dificultad. Así, por ejemplo, las distancias interlingüísticas en el bloque de los dialectos italianos o en el de los dialectos alemanes son en ciertos casos mayores que las que se dan en el conjunto de las lenguas escandinavas (noruegos, suecos y daneses). Así pues, la diferenciación que establecen las clasificaciones tipológicas de la lingüística no coincide habitualmente con aquello que un hablante común considera una lengua distinta de la suya. 
 
A pesar de ello, todo hablante tiene conciencia de la existencia de lenguas distintas, cuyos nombres conoce, y es capaz incluso de situar toscamente algunas de ellas en un mapamundi. Pero si observáramos esas delimitaciones fruto de una idea aproximada de la distribución de las lenguas en el mundo, veríamos, en primer lugar, que las lenguas que los hablantes suelen situar en el mapa mundial son las lenguas con un mayor número de hablantes y mayor extensión territorial, por efecto de una historia expansiva; en segundo lugar, que no se suelen situar lenguas distintas en un mismo territorio político; en tercer lugar, que no se representa tampoco la intravariedad de una misma lengua en el territorio en el que se la sitúa; en cuarto lugar, que las lenguas de transición o fronterizas —aquellas que no han sido eliminadas por procesos de homogeneización— brillan por su ausencia; y en quinto lugar, que se identifican como lenguas distintas, con territorios distintos, aquellas variedades geográficas de una misma lengua denominadas con nombres diferentes.

En definitiva, y por poner un ejemplo claro: el mapa del español que dibujaría un hablante europeo se parecería al atlas político-histórico del nacimiento y expansión de esta lengua en el mundo y tendría muy poco que ver con el atlas que para esta misma lengua trazaría un especialista en dialectología, cuyas representaciones gráficas de las fluctuaciones e interconexiones entre diversos rasgos de las hablas del castellano/español más bien guardaría parecido con un mapa meteorológico.


 
Distribución del voseo:
  hablado + escrito
  principalmente hablado
  hablado, en alternancia con el tuteo
  ausente


áreas fuertemente lleístas
áreas con presencia de lleísmo y yeísmo
áreas casi totalmente yeístas


Este simple ejercicio de observación de la percepción que el hablante común tiene de las fronteras lingüísticas pone en evidencia que lo que se identifica y sitúa habitualmente como lengua no es ciertamente una lengua real, sino un artefacto funcional, ideológico y político, con fines homogeneizadores, al que conocemos como lengua estándar (o normativizada), construido artificialmente —en buena medida sobre la subjetividad— a partir de una o más lenguas (variedades) naturales, a las cuales se superpone, sin llegar a reemplazarlas, y posteriormente difundido como consecuencia de 1) la acción conjunta de determinadas condiciones históricas, ideológicas y socioeconómicas; 2) de las políticas aplicadas sobre los grupos lingüísticos y culturales humanos —en las que tienen participación principal las academias de la lengua—; 3) de ciertos instrumentos de difusión, y 4) de determinados mecanismos psicosociales.
Así pues, es posible afirmar que nadie habla propiamente una lengua, sino modalidades diversas.


Al igual que el concepto técnico y convencional de lengua es una abstracción creada para el estudio filogenético y ontogenético de las hablas humanas en el tiempo y en el espacio geográfico y social, para la clasificación de la variedad verbal también se han establecido categorizaciones.  

En una primera instancia, se distingue entre dos tipos principales de variedades del lenguaje verbal:

– las asociadas a los usuarios (hablantes), derivadas de las características de los individuos y los grupos humanos;
– las asociadas al uso verbal, o funcionales, derivadas de las diversas formas de aplicación del lenguaje verbal y de su función en la sociedad y en el mundo cultural.

Estas variedades principales se subdividen y manifiestan a su vez en otras más:

1. Variedades asociadas a los usuarios:
a) variedades individuales, o idiolectos, que responden a características personales de la forma de expresión de un hablante;
b) variedades diacrónicas, o cronolectos, observables a lo largo de la historia de una lengua;
c) variedades diastráticas, o sociolectos, relacionadas con la pertenencia a un determinado grupo o clase social;
d) variedades diatópicas, o geolectos (tradicionalmente llamados también dialectos, término ambiguo en desuso), que caracterizan las formas de expresión de los hablantes de una zona geográfica delimitada.

2. Variedades asociadas al contexto de uso de una lengua (también llamadas registros, variedades diatípicas o variedades diafásicas): uso general/específico, formal/informal, general/local, objetivo/subjetivo, preparado/espontáneo, científico, literario, etc., que presentan a su vez gradaciones y subdivisiones estilísticas. 


Un estándar lingüístico suele estar asociado con los grados más alto de los registros formal, general y escrito, es decir, con variantes artificiales y cultivadas de una lengua, con características propias y muy alejadas del lenguaje natural (oral y conversacional).

En efecto, contrariamente al lenguaje oral, el lenguaje escrito es un artificio humano (no natural) elaborado deliberadamente en ciertas sociedades —no en todas, por lo que no es un rasgo común de la especie humana—, con diversos fines y aplicaciones, y enmarcado en una situación de comunicación verbal con características peculiares y diferenciadas de la comunicación oral, cuyas diversas formas (sistemas de escritura, tipologías textuales y estilos) responden a peculiaridades de cada lengua y a distintas tradiciones y contextos de uso de la lengua escrita. 
 
El lenguaje escrito cuenta, en relación con el oral conversacional, con muchas más desventajas que ventajas: tiene a su favor una capacidad de almacenaje, preservación y transmisión duradera del conocimiento y de la creación cultural verbal muy superior al de la memoria humana y la transmisión intergeneracional; y en su contra tiene el hecho de ser un código comunicativo deficitario, que presenta un potencial muy inferior de eficacia: no cuenta con las ventajas de la presencia y reconocimiento del receptor; del feedback comunicativo y de la posibilidad de detección y reparación inmediata de desajustes e interferencias; del refuerzo proxémico, paralingüístico y no verbal; de la comunicación multicanal... 

Para suplir estas importantísimas carencias y optimizar sus ventajas, los artífices del código escrito (escritores, retóricos, gramáticos, ortógrafos...) desarrollan paulatina y convencionalmente todo un aparato de complejas reglas de construcción y de recursos paratextuales y expresivos, en parte tomados del habla natural, en parte elaborados. La formalización de las artificiosas reglas del código escrito requiere un análisis y descripción del lenguaje natural en el que se apoya, así como de los fenómenos de representación y construcción exclusivos del código escrito. Esta descripción (materializada en ortografías, gramáticas, manuales de retórica y estilística...) requerirá a su vez del desarrollo de un metalenguaje, es decir, de un lenguaje que permita conceptualizar el sistema descrito, y estará determinada por las teorías lingüísticas y los modelos de análisis que prevalgan en una época determinada. A medida que el código escrito evolucione y también lo hagan las teorías lingüísticas y los modelos de análisis, los términos de la descripción variarán (o deberían variar).

Además de ser útil para los teóricos del lenguaje, la descripción de una lengua se emplea en la enseñanza de las reglas de escritura. Así, por ejemplo, haber definido el número gramatical y distinguido los morfemas de singular y plural, y haber establecido categorías y subcategorías gramaticales como artículo y sustantivo, e indefinido y definido permite:

– clasificar una como forma femenina singular del artículo indefinido un, y radio ( que entra como cultismo ya en el primer diccionario académico, de Autoridades) como sustantivo femenino singular,
– enseñarle al niño que el artículo y el sustantivo, en castellano, se escriben de manera segmentada.

El problema surge cuando esta clasificación topa con la evidencia de que la mayoría de formas sustantivas acabadas en -o en español no son femeninas, sino masculinas. Cuando en la escuela se le enseña a un niño lo contrario no se le están transmitiendo simples descripciones de una lengua, útiles para aprender a escribirla, sino un modelo de lengua establecido en un estándar (el estándar académico del castellano) en el que se priman las realizaciones de las élites cultas y del registro escrito, de tal modo que a menudo se fijan como normativas ciertas formas lingüísticas que no se ajustan a los patrones de la lengua natural. Este es el caso del ejemplo que hemos expuesto: el estándar español consagra la grafía una radio y, con ello, el género femenino de este sustantivo, a contracorriente de la tendencia histórica del castellano a acomodar las palabras extrañas (cultismos o extranjerismos) a sus propias reglas; en este caso, a masculinizar los sustantivos acabados en -o (R. Menéndez Pidal, 1987 [18.ª ed.]: 11 y 213), de la que se derivan la pronunciación y flexión populares un arradio, el arradio, etc., consistentes con los rasgos endógenos del idioma.

  
Cuando ciertas gramáticas supuestamente descriptivas clasifican de agramaticales estas y otras formas, a sabiendas de que no hay forma de lenguaje natural sin reglas o con reglas deficientes —porque de ser así la comunicación entre sus hablantes sería imposible—, podemos decir que se está incurriendo en una manipulación deliberada e irresponsable de las ideas que los hablantes albergan sobre sus variantes, con el fin de promover la adhesión a aquellas formas que sirven de base al estándar y, con ello, la uniformación de los usos. Y decimos «irresponsable» porque los efectos de esa manipulación en el hablante cuya variante es tildada de incorrecta son siempre la marginación, la inseguridad lingüística o el autoodio.

Cuando, por otra parte, la norma estándar tilda de incorrecto un uso generalizado en una determinada variedad natural creyéndolo verdaderamente un desajuste del sistema lingüístico al que pertenece, muy a menudo se da el caso de que tal uso es deficientemente comprendido, o no comprendido en absoluto, por el gramático o la institución prescriptivista que lo reprueba, bien debido a sus propias limitaciones analíticas, bien debido a que la información disponible sobre el fenómeno (descripción) es insuficiente para analizarlo debidamente. Para colmo, este tipo de excepciones artificiosas a una regla natural dificultan el aprendizaje de la lengua escrita: cuando, en los puntos de contacto entre lo oral y lo escrito, mayor sea la distancia que abre el estándar, tanto más habrá que estudiar sus reglas, y más fallos habrá en su empleo. 
 
Formas intermedias entre lo oral y lo escrito son, además, los registros orales formales o protocolarios: disertaciones en forma de monólogo o conversaciones ritualizadas, previamente planificadas según patrones elaborados, sistemáticos y más o menos fijados. 
 
Todavía lejos del dominio académico se desarrollan espontáneamente otras formas de intersección de lo oral y lo escrito a que ha dado pie la extensión de sistemas de teleconversación escritos (correo electrónico, chats en línea, mensajes cortos [sms]...). Resultado de ello son nuevas tipologías textuales muy cercanas a la lengua coloquial, que incorporan recursos de representación de la información no verbal y paraverbal propios, ajenos a los cánones establecidos por los gramáticos prescriptivistas y las academias, para enorme irritación de estos.


Tales formas de oralidad escrita prueban de nuevo los límites comunicativos de lo escrito y, al mismo tiempo, muestran que pueden desarrollarse y probarse nuevos códigos de comunicación interpersonal de manera consensuada, capaces de evolucionar con la propia deriva tecnológica y las nuevas condiciones de interacción, sin necesidad de contar con la supervisión y aprobación de ningún organismo de estandarización.
Notas 
1 Decimos «en lingüística» para enfatizar que la palabra español tiene, en sus usos ideológico y político, una dimensión nacionalista, esto es, identitaria y unitarista.

Fuentes bibliográficas

Menéndez Pidal, Ramón (1987): Manual de gramática histórica española, 18. ª ed., Madrid: Espasa-Calpe. 
Moreno Cabrera, Juan Carlos (2003): El universo de las lenguas: clasificación, denominación, situación, tipología, historia y bibliografía de las lenguas, Madrid: Castalia. 
(2008b) «Gramáticas y academias. Para una sociología del conocimiento delas lenguas», Arbor, vol. clxxxiv, núm. 731 (mayo-junio 2008), pp. 519-528. 
Senz, Silvia, Jordi Minguell y Montserrat Alberte: «Las academias de la lengua española, organismos de planificación lingüística», en: Silvia Senz y Montserrat Alberte: El dardo en la Academia, Barcelona: Melusina, 2011, vol. 1, pp. 371-550.

 
 Silvia Senz
 

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