jueves, 11 de octubre de 2012

De la hispanidad a la Hispanofonía. La internacionalización del nacionalismo español







2. DE LA LENGUA ÚNICA A LA LENGUA COMÚN: LA CONSTRUCCIÓN DE LA UNIDAD HISPÁNICA

2.1. España, América y el nacionalismo postimperial

Desde que, a partir de 1808, las colonias ultramarinas fueron alcanzando su independencia de la metrópoli, España, lejos de asumir plenamente su emancipación, mantuvo siempre una conciencia clara de que su peso en el orden político y económico mundial dependía de su capacidad para mantener vivo y operativo el ascendiente sobre sus antiguos dominios:

[...] para poder aspirar a presentarse como un país que se hallaba a la altura de los Estados Unidos y de las potencias europeas (los cuales establecían y representaban el carácter expansionista de la nación moderna), España tenía que demostrar alguna suerte de preeminencia sobre sus antiguas colonias, especialmente ante las políticas cada vez más intervencionistas de Estados Unidos en esas tierras. [J. del Valle y L. Gabriel-Stheeman, 2004a: 24.]

Movidas por esta certeza, a lo largo del segundo tercio del siglo XIX las élites políticas españolas impulsaron dos estrategias americanistas diferenciadas:
Por un lado, las fuerzas socioeconómicas y políticas vinculadas al Antiguo Régimen respaldaron una estrategia de rechazo al nuevo orden surgido de las sucesivas emancipaciones coloniales, apoyaron fútiles acciones de reconquista por medio de las armas —como es obvio infructuosas— y mostraron pretensiones de lograr algún tipo de compensación, indemnización o trato de favor de las nuevas repúblicas, lo que obtuvo el efecto de potenciar en ellas el rechazo y la desconfianza hacia España. Sólo cuando España renunció definitivamente a sus deseos de reconquista, alrededor de 1866, empezaron a darse las condiciones necesarias para el inicio del acercamiento, aunque «la agitación nacional y los conflictos cubanos dificultaron mucho el olvido de los agravios españoles» entre los americanos (Sepúlveda, 2005: 62).
Por otro, siendo evidente que la hegemonía militar sobre las colonias resultaba irrecuperable, la burguesía comercial y las fuerzas del liberalismo avanzado dedicaron sus energías a alentar una estrategia de aproximación a la nueva realidad americana que permitiera restablecer el predominio español por cauces más viables.
En una primera fase, los esfuerzos de las Juntas de Comercio españolas se encaminaron a crear un estado de ánimo en la opinión pública favorable al reconocimiento de las nuevas repúblicas americanas, a sabiendas de que de dicho reconocimiento dependía la propia viabilidad de las relaciones entre la antigua metrópoli y los nuevos Estados soberanos. Así, si bien hasta mediados de siglo sólo se habían reconocido a dos Estados (México, 1836, y Ecuador, 1840), el empuje de los intereses comerciales españoles en América dio como resultado que entre 1844 y 1865 España reconociera y entablara relaciones diplomáticas con diez Estados más: Chile (1844), Venezuela (1845), Bolivia (1847), Costa Rica y Nicaragua (1850), República Dominicana (1855), Guatemala y Argentina (1863), y Perú y El Salvador (1865). Y en los treinta y cinco años restantes del siglo, ya en la antesala de la debacle de 1898 y la pérdida de los últimos territorios coloniales, se reconoció también a otras cuatro nuevas repúblicas americanas: Uruguay (1870), Paraguay (1880), Colombia (1881) y Honduras (1894).
En una segunda fase, en la década de 1850, la burguesía comercial, beneficiaria de la coyuntura económica poscolonial, que le permitió incrementar notablemente el comercio con América en esos años, inició una ofensiva americanista en toda regla, que perseguía entre otros fines la recuperación de las posiciones perdidas en el mercado americano durante la primera mitad del siglo XIX. Para preparar un terreno propicio al establecimiento de vínculos comerciales y políticos duraderos era fundamental el desarrollo previo de una estrategia diplomática y de una ideología que facilitaran el acercamiento. Siendo escasos los apoyos con que la burguesía comercial contaba para entablar y fortalecer los vínculos trasatlánticos, dadas las posiciones hostiles en ambos lados, hubo de fundar por sus propios medios publicaciones periódicas que divulgaran sus planteamientos y proyectos y que sirvieran a la vez de puente entre la opinión pública, la intelectualidad y los círculos gubernamentales de ambas orillas. Así vieron sucesivamente la luz Revista Española de Ambos Mundos (1853-1855); La América, Crónica Hispano-americana (1857-1874, 1879-1886); El Museo Universal (1857-1869); Revista hispano-americana (1864-1867); La Ilustración Española y Americana (1868-1921); El Correo de España (1870-1872); Revista Hispano-americana (1881-1882); La Unión Iberoamericana (1886-1926) y El Centenario (1892-1894) (López-Ocón Cabrera, 1982: 137). En el desarrollo de estas plataformas de fomento y difusión de la conciencia hispanoamericana contaron con la asistencia de intelectuales y diplomáticos, que emprendieron una verdadera «cruzada cultural» —como la denomina López-Ocón Cabrera (1982: 161)— que se proponía alcanzar los siguientes objetivos:
En primer lugar, restablecer el diálogo con las Américas y crear un clima de acercamiento entre España y sus antiguas colonias. En segundo lugar, elaborar una doctrina pannacionalista que delimitara los contornos de una comunidad hispánica trasatlántica, de matriz española. En tercero, mediante la adscripción de la élites criollas a la identidad común, promover una corriente de opinión favorable al establecimiento de alianzas entre España y las nuevas naciones americanas. En cuarto lugar, como parte de la utilización política del proyecto hispanoamericanista, exhibir de puertas afuera, ante las potencias europeas y ante los Estados Unidos, la nueva unión transoceánica como la muestra de una renovada preeminencia de España sobre Latinoamérica; y, de puertas adentro, proporcionar la narrativa que el nacionalismo español precisaba para fortalecer su identidad interior (v. § 1.6.2). Finalmente, asentar los fundamentos de la Unión Iberoamericana, una entidad asociativa de carácter oficialista y patronal-gremial instituida finalmente en Madrid en 1884, que, financiada en última instancia por el Gobierno de Madrid y contando también con el apoyo de algunos gobiernos americanos, permaneció activa hasta la guerra civil. Bajo la idea —hoy tan viva— de que «Iberoamérica era el “mercado natural” de España» (Martín Montalvo, Martín de Vega y Solano Sobrado, 1985: 163), la Unión Iberoamericana se propuso desde sus inicios «estrechar relaciones sociales, económicas, científicas, literarias y artísticas de España, Portugal y las naciones americanas donde se habla el español y el portugués, y preparar la más estrecha unión comercial en el porvenir» (art. 1.º, cit. en Calle Velasco, 2004: 154, n. 8). Fusionada en 1890 con otra sociedad también semipública, la Unión Hispanoamericana, desarrolló un intenso programa hispanoamericanista y una paralela labor propagandística por medio de su cabecera homónima. Además de ser la promotora de algunos de los —no muy abundantes— logros prácticos del hispanoamericanismo, a su iniciativa se debe principalmente la convocatoria en 1900 del Congreso Social y Económico Iberoamericano, el primer gran programa que trataba de fortalecer el estatus internacional del castellano y cuyas directrices marcarían la pauta de la política hispanoamericanista en décadas sucesivas.
La progresiva ideologización de la conciencia americanista llevada a cabo por estos instrumentos de propaganda se forjó sobre tres estrategias fundamentales:

1. La identificación de un enemigo compartido: Estados Unidos, cuyas políticas cada vez más intervencionistas en tierras americanas podían hallar en la comunidad cultural —y en sus proyectadas materializaciones— un frente de rechazo común.
2. La elaboración de una contrapropaganda capaz de contrarrestar la leyenda negra de la presencia de España en América pergeñada por los nuevos Estados, que envenenaba las relaciones y distorsionaba la imagen de la antigua metrópoli.
3. La conformación del factor que diera entidad a la idea de comunidad: la identidad hispanoamericana.
4. El desarrollo de una serie de programas culturales americanistas.

Para revestir la identidad de la comunidad transaltlántica con atributos que resultaran naturalmente entrañables para sus miembros, reconocibles para los extraños e inexpugnables para los críticos debían seleccionarse rasgos que pudieran representarla inequívocamente. Así,

El ejercicio de autorrepresentación de la comunidad cultural hispanoamericana se basaba fundamentalmente en cuatro elementos conformadores e identificadores: la raza, como valor de integración social y síntesis de la cultura; el idioma, como arca telúrica comunitaria; la historia, como memoria de un pasado común, y la religión, como factor de vertebración de la comunidad de valores. Este ejercicio de representación se complementaba con la negación de los elementos alternativos de otras comunidades. [Sepúlveda, 2005: 184; la negrita es nuestra.]

La defensa y promoción de los elementos constitutivos de la identidad hispanoamericana fueron señalados como la «misión» que americanos y españoles debían llevar a cabo. La forma de interpretarlos no fue, sin embargo, uniforme; las divergencias en su lectura dieron lugar a dos orientaciones nítidamente diferenciadas de la ideología hispanoamericanista: el hispanoamericanismo progresista y el panhispanismo, de signo conservador. No obstante, hubo un elemento en cuyo tratamiento no llegaron a apreciarse diferencias claras entre hispanoamericanistas progresistas y conservadores, incluso de uno u otro lado del Atlántico: el idioma.

[...] para todos ellos la utilización de un idioma común contaba con tres valores fundamentales. = El primero de ellos era la constatación de valores psicológicos que la lengua tenía [...]. La lengua era el gran archivo psicológico donde los pueblos conservan sus valores comunes; por lo que creaba por sí misma una comunidad intelectual que, en cuanto tal, no podía ser penetrada por quien desconocía la lengua. [...] = Un segundo punto de análisis mostraba el valor integrador de la lengua. Los hispanoamericanistas veían en ella el principal medio del que se había servido la España colonizadora para forjar, de una variedad dispersa de civilizaciones y sociedades, una única comunidad integrada. [...] La capacidad de influencia que España pudiera mantener en América dependía del mantenimiento del castellano [...]; e incluso se hacía depender la continuidad de la identidad de las naciones americanas del mantenimiento del castellano como lengua materna [...]. Trascendencia no menor tenía el sostenimiento de la lengua como elemento identificador de esa comunidad, lo que no era otra cosa que el seguimiento de una de las bases estructurales del nacionalismo esencialista. [Sepúlveda, 2005, 214-217; la negrita es nuestra.]

En la América de la primera mitad del XIX, el impulso emancipador de las nuevas naciones de ultramar había alcanzado también a la lengua de las élites criollas: el castellano. Si América había dejado de ser española, el idioma no tenía por qué ser tampoco privativo de España. A su vez, el proyecto soñado por los libertadores, con Bolívar al frente, de una unión latinoamericana formada por una mancomunidad de naciones hispanohablantes que hiciera frente tanto a España como a Estados Unidos plantearía la necesidad de configurar una identidad americana común, en la que la herencia cultural del pensamiento ilustrado y la lengua común debían actuar como fuerzas cohesivas. En opinión de María López García (2009), el prólogo de la gramática de Bello da buena muestra de este espíritu:

No tengo la pretensión de escribir para los castellanos. Mis lecciones se dirigen a mis hermanos, los habitantes de Hispano-América. Juzgo importante la conservación de la lengua de nuestros padres en su posible pureza, como un medio providencial de comunicación y un vínculo de fraternidad entre las varias naciones de origen español derramadas sobre los dos continentes. Pero no es un purismo supersticioso lo que me atrevo a recomendarles. El adelantamiento prodigioso de todas las ciencias y las artes, la difusión de la cultura intelectual y las revoluciones políticas, piden cada día nuevos signos para expresar ideas nuevas, y la introducción de vocablos flamantes, tomados de las lenguas antiguas y extranjeras, ha dejado ya de ofendernos, cuando no es manifiestamente innecesaria, o cuando no descubre la afectación y mal gusto de los que piensan engalanar así lo que escriben. [A. Bello, 1843 [2002]: 12.]

En estas circunstancias, visto el papel central que desempeñaba el castellano en la configuración de identidades y en la unificación nacional e internacional de los nuevos países americanos, no es de extrañar que los propulsores del hispanoamericanismo tomaran la comunidad idiomática como el argumento que permitiera neutralizar las tendencias segregacionistas. De hecho, «el hispanoamericanismo llevó a cabo la más importante ideologización y la mayor utilización de la plataforma idiomática como base conformadora de comunidad, alcanzando en último fin un intento de utilización política» (Sepúlveda, 2005: 212).

2.2. La conceptualización de la hispanidad

Durante la II República española, el movimiento hispanoamericanista liberal entró en crisis. En el contexto de la aparición, en diversos países occidentales, de una derecha radical, antiliberal y antipositivista, antecedente intelectual del fascismo, el rasgo más singular de la proyección trasatlántica de España en este periodo fue la radicalización de la línea más conservadora del hispanoamericanismo (el panhispanismo), y la conceptualización de la idea de hispanidad, representación simbólica que alcanzó su máximo grado de definición en 1934, en la obra La defensa de la Hispanidad de Ramiro de Maeztu, como la comunidad espiritual —de clara penetración católica— de todos los pueblos hispanos. En un momento de efervescencia social mundial y de debilidad europea e internacional de España, desde posiciones conservadoras se reprochaba al liberalismo político su incapacidad para reaccionar con energía ante la amenaza a la oligarquía capitalista que suponía la aparición del movimiento obrero; su ineptitud para acomodar instituciones tradicionales como la Iglesia y el Ejército en las nuevas corrientes secularizadoras y civilistas; sus políticas de desarrollo económico y modernización, y su incapacidad para poner coto a las demandas de los nacionalismos periféricos y a los avances de los nuevos imperialismos. En este clima, la noción primigeniamente espiritual de hispanidad se politizó al constituirse en la plataforma ideológica de un movimiento reaccionario, que pretendía «retrotraer el papel de España a una etapa donde existía una situación privilegiada y de dominio; políticamente con respecto a América, socialmente por una división entre directores de esa comunidad y el resto de ella» (Sepúlveda, 2005: 162). En la elaboración fascista de la Falange española, América se reducía, como anota Sepúlveda (2005: 169) «a un mero campo de influencia, especialmente con base en la comunidad cultural; pero sobre todo, América era para España un título con el que presentarse ante las potencias europeas, un valor añadido en el peso de la política exterior española. Idea que, por otra parte, ya había sido utilizada durante la dictadura primorriverista ante el Consejo permanente de la Sociedad de Naciones». Tomada la hispanidad como una de las bases del franquismo e institucionalizada como filosofía de Estado en el Consejo de la Hispanidad y el Instituto de Cultura Hispánica,

[...] acabó siendo el portaestandarte de la visión providencialista de la historia de España, elemento legitimador del régimen, plataforma de proyección exterior (especialmente válida en los tiempos de máximo aislamiento diplomático) y valor añadido en las negociaciones con las ponencias internacionales (evidente en las mantenidas con Estados Unidos en los años cincuenta y la Comunidad Económica Europea en los sesenta). [Sepúlveda, 1994: 321.]

Un valor añadido que se puso especialmente en juego durante la década de los sesenta, al reforzarse la antigua idea hispanoamericanista del papel de puente de España entre América y Europa, ante la que aquella se presentaba como representante de la gran Comunidad Hispánica de Naciones, un ente —por cierto, sólo reconocido por España— «elevado en el discurso de la época a la categoría de bloque internacional sólo comparable a la Commonwealth británica. La primera petición de ingreso en el Mercado Común ya utilizaba esta idea» (Sepúlveda, 2005: 175).
No obstante, hasta el establecimiento en España de un sistema democrático, la ideología hispanoamericanista contará con un reducido trasfondo social que no le permitirá alcanzar una dimensión política:

Que el panhispanismo se basara más en dimensiones culturales que en materiales (desde el mero territorio al establecimiento de mercados) produce una abstracción que imposibilita su seguimiento por amplios sectores sociales, quedando reducida su formulación y ejecución a reducidos círculos intelectuales y políticos. [Sepúlveda, 1994: 323.]

Como expondremos más adelante (§ 3.3 y 3.4), la necesaria base material llegará a principios de la década de 1990, con la internacionalización de las empresas españolas y su desembarco en América, un hito que permitirá al hispanoamericanismo —en su versión iberoamericanista— dar el salto de la retórica a la concreción política con el desarrollo de un proyecto trasatlántico, la Comunidad Iberoamericana de Naciones (cin), hecho efectivo en las Cumbres Iberoamericanas que empezaron a celebrarse en 1991, al filo del quinto centenario del «Descubrimiento». Una renovada proyección hacia América particularmente beneficiosa para la geoestrategia internacional española y la expansión de sus mercados, que, junto con las sostenidas peticiones de reconocimiento de las particularidades lingüísticas americanas y las reclamaciones de equidad en las relaciones trasatlánticas —a las que nos referiremos en los próximos apartados—, proporciona la clave que permite comprender el giro panhispánico de la actual norma académica:

Desde el punto de vista del comercio, la lengua común se erige [...] en una variable determinante [...] dentro de los flujos actuales de mercancías. [...] En el caso del español [...], la comunidad de lengua —y de lazos interpersonales, históricos y culturales que ésta procura— ha sido un factor decisivo, sin el cual es imposible explicar el enorme montante de flujos de inversión orientados hacia América Latina desde el decenio de 1990. Los países de habla hispana han sido, además, el gran «banco de pruebas» de la internacionalización empresarial de España en pocos años. [...] Los dos ejes de cohesión hoy más activos en el mundo iberoamericano son la internacionalización empresarial y la política lingüística panhispánica de la Asociación de Academias de la Lengua Española. [...] Hacer buena empresa a escala internacional equivale, hoy por hoy, no sólo a generar beneficios, sino sobre todo a ensanchar lazos y fronteras del idioma, puesto que constituye un ingrediente cultural y social que va más allá incluso de cualquier consideración económica: una política lingüística común y fuerte es un factor vertebrador y un garante de pautas culturales compartidas y de valores socialmente duraderos y prevalecientes entre Europa y América. [César Alierta (presidente ejecutivo de Telefónica, S. A.), 2010: 6 y 11; en línea.]

2.3. Unitarismo lingüístico y sucursalismo académico

En la segunda mitad del XIX, la rivalidad creciente entre las nuevas naciones mostró la inviabilidad del sueño unionista bolivariano. Desde el último tercio del XIX y a lo largo de las primeras décadas del siglo siguiente, los acontecimientos que fueron marcando el devenir de cada país de la América independiente abrieron paso a visiones políticas de distinto signo. Así, los enfrentamientos civiles entre facciones político-ideológicas e intereses económicos divergentes; las reacciones defensivas suscitadas por el intervencionismo estadounidense; la avalancha inmigratoria europea (particularmente en Argentina) y el subsiguiente desarrollo de políticas de asimilación; los procesos de modernización; las luchas de clases que amenazaban el orden social establecido, y la constitución de nuevos centros de poder político y de producción cultural abrieron paso a concepciones alternativas sobre la idiosincrasia de la nación, que a su vez implicaron representaciones distintas de lo que debían ser la lengua nacional y sus organismos rectores. La corriente segregacionista del periodo posterior a las independencias adquirió nuevos y diversos matices y, en el extremo opuesto, miembros de la élite hispanocriolla abrazaron una actitud frente a la lengua de índole purista, casticista e hispanófila como salvaguarda de lo que consideraban una bárbara descomposición del idioma en tierras americanas.1 Al propio tiempo, los renovados intercambios con España —reforzados por los programas hispanoamericanistas, por los flujos migratorios y los exilios de españoles a tierras americanas, y por el auge del intercambio comercial durante la Gran Guerra— hicieron ganar peso a una corriente intermedia, favorable al unitarismo hispanoamericanista (v. § 3.5), que no renunciaba por ello a la propia identidad. Según argumenta Sepúlveda (2005: 68), en la defensa y prevalencia de este ideal de unidad en América una de las campañas que más incidencia tuvo fue la emprendida en 1861 por la Real Academia Española.
Es sabido que todo personaje político proclive a manifestarse en público con más asiduidad de lo que la prudencia recomienda acaba ofreciendo a los usuarios de hemerotecas perlas verdaderamente memorables. En este sentido, el aún director de la RAE2 es un caso paradigmático de creativa locuacidad. Ejemplo muy pertinente de esta tendencia suya es la respuesta que, en el número 15 de la revista de la Fundéu-BBVA Donde dice..., da don Víctor García de la Concha a la pregunta «Pero, ¿cuándo surgió y por qué el concepto panhispánico de la lengua?»:

[...] Cuando hice la primera visita al Rey, que es patrono de la Real Academia Española por mandato constitucional, curiosamente me dijo lo mismo que Fernando Lázaro: «Yo te pido una sola cosa: dedícate a América». Efectivamente, me dediqué a América con ese doble mandato, el del Rey y el de la propia Academia. Fui el primer director que visitó todas las Academias. De ahí surgió ese contacto más estrecho, no solamente por impulso o estímulo de la Real Academia Española, sino también de las Academias americanas. Hubo un énfasis de voluntad para reforzar el encuentro y trabajar juntos. Fue entonces cuando creamos el término ‘panhispánico’, que fue creación mía, pero muy consensuado con todas las Academias, y dijimos: «La cosa es muy sencilla: todas las obras que en adelante se hagan, diccionarios, gramáticas, etc., serán panhispánicas». Es decir, la autoría no será de la Academia Española sino de la Academia Española y de las demás Academias. [F. Muñoz y A. Lopera, 2009: 7; la negrita es nuestra.]

Aunque pudiera parecer que don Víctor se atribuye, ufanamente, logros inmerecidos, hay que reconocer un punto de verdad en lo que dice: si alguna institución es acreedora del mérito de haber favorecido un corriente hispanófila en América y de haber establecido y sostenido una de las estructuras más sólidas de la unidad hispánica, esa es sin duda la Real Academia Española.
A mediados del siglo XIX, con la aprobación de la reforma ortográfica de Bello, el peligro de segregación normativa era ya un hecho. No obstante, si la revuelta ortográfica y el desafío a la autoridad académica, como hemos visto (§ 1.7), habían podido sofocarse al menos en España, en América no podía darse todo por perdido. Para revertir la actitud de rechazo de los intelectuales y literatos criollos y responder a sus reproches de anquilosamiento, atavismo, purismo, casticismo y endogamia, la Academia Española resolvió asegurarse la fidelidad de la intelectualidad americana hacia la causa del idioma común «con el nombramiento como académicos honorarios de personajes tan relevantes como Andrés Bello [1851] y, sobre todo, con la creación de Academias correspondientes [desde 1870] en los distintos países» (Martínez Alcalde, 2001: 335).
Con la designación de Bello —tan trascendente en las relaciones de España con las repúblicas americanas como en el interior de la misma España, pues el estrechamiento de lazos con los próceres e intelectuales americanos incidía directamente en la base cultural del nacionalismo español (v. § 1.6.2)— la RAE trataba de zanjar sus diferencias con el gramático venezolano y de restablecer los puentes que este nunca quiso ver destruidos. Por si tal reconocimiento de la figura de Bello no bastara, en el prólogo de las gramáticas académicas de 1854 y de 1858 se incluyó por primera vez a dos autores modernos como fuentes: Salvá y el propio Bello, y en el texto proemial de la GRAE de 1854 se proclamó que de ambos procedía buena parte de las mejoras y diferencias entre la GRAE de 1771 y la de 1854, citándolos «como asideros seguros, como garantía de bien hacer y de inserción en la modernidad, como aval de autoridad reconocida» (Gómez Asencio, 2002: 200) sin dejar al mismo tiempo de subrayar que la deuda con ellos estaba saldada de antemano, pues «[...] los citados escritores y otros se han servido de la Gramática, Ortografía y Diccionario de la Academia» (GRAE1854, p. V; cit. en Gómez Asencio, 2002: 200). No obstante, los trabajos de cotejo de Gema Belén Garrido (2001 y 2002) demuestran la falsedad de este aparente reconocimiento, pues permiten concluir que en los planos teórico-doctrinal y terminológico la influencia de Bello y de Salvá en la Gramática de la RAE de 1854 estuvo lejos de producirse; y no sólo eso: incluso se dio la torpe circunstancia de que la Academia Española, ahora sin mencionar el nombre, acabó censurando en ella posiciones teóricas ideadas y defendidas por el propio Bello en 1847:

Establecer las reglas con la posible claridad y sencillez [...] ha sido el principal objeto de la Academia, desentendiéndose de las sutilezas metafísicas a que algunos [...] se han entregado para probar [...] que el artículo y el pronombre personal son una misma cosa. [GRAE 1854, p. viii; cit. en Gómez Asencio, 2009: 3.]

Como indica el propio Gómez Asencio, el venezolano se sintió aludido y dolido por la crítica velada y le dio esta réplica en la «Nota V. Artículo definido» de la 4.ª ed. de su gramática (1857: VIII):

Parece imputárseme haberme entregado a sutilezas metafísicas para probar [...] que el artículo y el pronombre personal son una misma cosa, y otras teorías semejantes. = Si es así, hay en esto un pequeño artificio oratorio; se desfiguran mis aserciones para hacerlas parecer absurdas. Por lo demás, eso de sutilezas metafísicas y de teorías, que en el lenguaje de la rutina equivale a quimeras y sueños, es un modo muy cómodo de ahorrarse el trabajo de la impugnación [...]. Yo no he dicho en ninguna parte que el artículo y el pronombre personal sean una misma cosa. Si se me imputase haber sostenido que el artículo era un pronombre demostrativo, o que cierto pronombre que se llama comúnmente personal era un artículo, se habría dicho la pura verdad, pero no se habría logrado dar el aspecto de absurda a una aserción que ni aun nueva es.

Pese a errores tácticos tan clamorosos, la estrategia diplomática de los nombramientos siguió adelante. Su objetivo era preparar el terreno para un proyecto hispanoamericanista de gran calado trazado en la sede académica de Madrid. En 1870, el director de la Real Academia Española, Mariano Roca de Togores (1812-1889), Marqués de Molins, nombró un comité especial que, a lo largo de los siguientes años, se ocuparía de construir una red de academias destinada a proteger el idioma y fortalecer la autoridad de la corporación española en las antiguas colonias. En junta académica del 24 de noviembre de 1870, la academia acordó autorizar la creación de academias correspondientes. Como indica el informe redactado por el académico Fermín de la Puente Apezechea en las Memorias de la Academia Española (1873, vol. 4: 274-289), fue el temor a la disgregación del idioma y la voluntad de mantener la unidad de aquello que restaba del antiguo imperio (el idioma común) lo que animó tal paso:

Solo en virtud de circunstancias, sobrado notorias y dolorosas para que sea necesario precisarlas, en las más de las repúblicas hispano americanas es más frecuente el comercio y trato con estrangeros que con españoles: no vacilamos en afirmar que si pronto, muy pronto, no se acude al reparo y defensa del idioma castellano en aquellas apartadas regiones, llegará la lengua, en ellas tan patria como en la nuestra, á bastardearse de manera que no se dé para tan grave daño remedio alguno. [...] Si la Academia Española, corporación oficial, y durante más de siglo y medio en posesión del monopolio de la enseñanza pública, en cuanto al idioma, no ha logrado nunca, á pesar de sus constantes y loables esfuerzos, de su indisputable saber y de su nunca desmentido celo, imponer silencio á temerarias teorías y precaver extranjeras invasiones en el idioma, ¿qué podría prometerse de Correspondientes aislados, sin más autoridad que la de su personal nombradía y la que el lejano reflejo de nuestra Academia puede prestarles? Hoy, pues, que la Academia nada monopoliza, y acaso nada más que su literaria tradición representa, con estos únicos pero valederos títulos, llamando á todos y oyendo á todos, debe y puede pugnar porque en el suelo americano el idioma español recobre y conserve, hasta donde cabe, su nativa pureza y grandilocuente acento. Para ello [...] acordó la creación de Academias de la lengua castellana ó española, como correspondientes suyas, y á su semejanza organizadas. Va la academia á reanudar los violentamente rotos vínculos de la fraternidad entre americanos y españoles; va á restablecer la mancomunidad de gloria y de intereses literarios, que nunca hubiera debido dejar de existir entre nosotros, y va, por fin á poner un dique, más poderoso tal vez que las bayonetas mismas, al espíritu invasor de la raza anglo sajona en el mundo por Colón descubierto. Ninguna nacionalidad desaparece por completo mientras conserva su propio y peculiar idioma; ningún conquistador inteligente ha dejado nunca de hacer tanta ó más cruda guerra á la lengua, que á las instituciones políticas de los conquistados.
La Academia asentó el establecimiento de dichas sucursales correspondientes en las repúblicas independientes de América en los siguientes términos (Zamora Vicente, 1999: 363, n. 10):

1. La RAE podría autorizar el establecimiento de una academia correspondiente de la española en el lugar donde tres o más académicos correspondientes lo propusieren expresamente y por escrito.
2. Las academias correspondientes se regirían en lo posible por los estatutos y reglamentos mismos de la española, modificados, si fuere necesario, de acuerdo con los proponentes.
El número de académicos de las correspondientes no sería inferior a siete ni superior a dieciocho.
Los primeros académicos serían nombrados por la española a propuesta de los que promovieran la creación de la academia; en lo sucesivo, por la misma correspondiente, a propuesta suya.
3. Siempre que cualquier academia correspondiente creyera necesario modificar en algo los estatutos, debería consultarlo con la española, y atenerse a su resolución.
4. Las academias correspondientes podrían modificar su reglamento según su parecer, pero siempre poniéndolo en conocimiento de la española.
5. Los académicos de la española lo serían natos de todas las correspondientes, pero no de número.
6. Una vez establecida una academia correspondiente en cualquier Estado, no podría establecerse otra sin oír previamente el parecer de la primera.
7. La Academia Española y sus correspondientes deberían mantener correspondencia constante, por medio de sus respectivos secretarios o del académico al efecto nombrado.
8. La Academia Española y sus correspondientes se deberían recíproco auxilio en todo lo referente a los fines de su instituto; siendo, por consiguiente, obligatorio para todas ellas representarse unas a otras en el país respectivo, siempre que intereses literarios lo requirieran.
9. Las academias correspondientes podrían, cuando lo juzgaran conveniente, renunciar a su asociación con la española, sin más requisito que declararlo así por escrito.
10. Recíprocamente, la Real Academia Española podría tanto no autorizar la creación de academias correspondientes, cuanto declarar fuera de la asociación a cualquiera de las existentes que dejara de cumplir con las obligaciones voluntariamente contraídas.
11. La asociación de las academias correspondientes con la española se limitaba al fin literario y se declaraba completamente ajena a todo objeto político, y en consecuencia, independiente en todos conceptos de la acción y relaciones de los respectivos gobiernos.

La iniciativa tuvo inmediata acogida en cuatro de las naciones americanas: en 1871 la Academia Colombiana de la Lengua fue correspondiente pionera, y la siguieron la Academia Ecuatoriana de la Lengua (1874), la Academia Mexicana de la Lengua (1875) y la Academia Salvadoreña de la Lengua (1876).
Entretanto, continuaron los nombramientos honoríficos, sin establecer cribas entre los que habían sido firmes opositores de la corporación madrileña. Erraron el cálculo en el caso del argentino Juan María Gutiérrez, uno de los integrantes centrales —junto a Domingo Faustino Sarmiento, Esteban Echevarría y Juan Bautista Alberdi— de la generación del 37, que había mantenido una firme actitud emancipadora de la tutela española en lo lingüístico y lo literario. El 11 de diciembre de 1872, la Real Academia Española nombró a Gutiérrez, entonces rector de la Universidad de Buenos Aires, miembro de la corporación en calidad de correspondiente extranjero. Tardaría aún un año en remitirle el diploma (30 de diciembre de 1873) y pasarían dos más (29 de diciembre de 1875) hasta que llegó a sus manos por medio del cónsul de España en Argentina, una demora que Gutiérrez atribuyó, con sorna, a la contumaz lentitud académica. El documento iba acompañado del reglamento de la institución y de sus estatutos, cuyo punto primero establecía que los miembros de la corporación debían bregar por cultivar y fijar la pureza y elegancia de la lengua castellana. Al día siguiente Gutiérrez respondió a la RAE con una carta de acuse de recibo —hecha pública en el diario La Libertad el 5 de enero de 1876— donde rechazaba el nombramiento con palabras no por comedidas menos elocuentes de la enorme distancia que separaba sus ideas y su espíritu de aquellos que manifestaban no sólo la Real Academia Española, sino también quienes en América habían dado ya pasos para fundar academias correspondientes por encargo de ella. Merece la pena transcribir sus pasajes más significativos:

[...] Según el artículo primero de sus estatutos, el instituto de la Academia es cultivar y fijar la pureza y elegancia de la lengua castellana. Este propósito pasa a ser un deber para cada una de las personas que aceptando el diploma de la Academia, gozan de las prerrogativas de miembros de ella y participan de sus tareas en cualesquiera de las categorías en que se subdividen según su reglamento. = En presencia de una obligación que espontáneamente se impone un hombre honrado, debe, ante todo, medir sus fuerzas, y hecho de mi parte este examen con escrupulosidad, debo declarar a V. S. que no me considero capaz de dar cumplimiento a cometido alguno de los que impone a sus miembros el citado artículo primero de los Estatutos Académicos, por las razones que someramente paso a indicar, suplicando a V. S. las reciba como expresión sincera y leal de quien no quisiera aparecer desagradecido a las distinciones y beneficios que se le hacen, mucho más cuando provienen de una corporación a la cual todo hombre culto que habla lengua castellana, tributa el respeto que se merece. = Aquí, en esta parte de América, poblada primitivamente por españoles, todos sus habitantes, nacionales, cultivamos la lengua heredada, pues en ella nos expresamos, y de ella nos valemos para comunicarnos nuestras ideas y sentimientos; pero no podemos aspirar a fijar su pureza y elegancia, por razones que nacen del estado social que nos ha deparado la emancipación política de la antigua metrópoli. = Desde principios de este siglo, la forma de gobierno que nos hemos dado, abrió de par en par las puertas del país a las influencias de la Europa entera, y desde entonces, las lenguas extranjeras, las ideas y costumbres que ellas representan y traen consigo, han tomado carta de ciudadanía entre nosotros. Las reacciones suelen ser injustas, y no sé si en Buenos Aires lo hemos sido, adoptando para el cultivo de las ciencias y para satisfacer el anhelo por ilustrarse que distingue a sus hijos, los libros y modelos ingleses y franceses, particularmente estos últimos. = El resultado de este comercio se presume fácilmente. Ha mezclado, puede decirse, las lenguas, como ha mezclado las razas. [...] Estas diferencias de constitución física, lejos de alterar la unidad del sentimiento patrio, parece que, por leyes generosas de la naturaleza que a las orillas del Plata se cumplen, estrechan más y más los vínculos de la fraternidad humana, y dan por resultado una raza privilegiada por la sangre y la inteligencia, según demuestra la experiencia a los observadores despreocupados. = Este fenómeno [...] se manifiesta igualmente, a su manera, con respecto a los idiomas. = En las calles de Buenos Aires resuenan los acentos de todos los dialectos italianos, a par del catalán que fue el habla de los trovadores, del gallego en que el Rey Sabio compuso sus cántigas, del francés del norte y mediodía, del galense, del inglés de todos los condados, etc., y estos diferentes sonidos y modos de expresión cosmopolitizan nuestro oído y nos inhabilitan para intentar siquiera la inamovilidad de la lengua nacional en que se escriben nuestros numerosos periódicos, se dictan y discuten nuestras leyes, y es vehículo para comunicamos unos con otros los porteños. = Esto, en cuanto al idioma usual, común, el de la generalidad. Por lo que respecta al hablado y escrito por las personas que cultivan con esmero la inteligencia y tratan de elaborar la expresión con mejores instrumentos que el vulgo, cuyo uso por otra parte es ley suprema del lenguaje, debo confesar que son cortas en número, y aunque de mucha influencia en esta sociedad, tampoco tienen títulos para purificar la lengua hablada en el siglo de oro de las letras peninsulares, de que la Academia es centinela desvelado. Los hombres que entre nosotros siguen carreras liberales, pertenezcan a la política o a las ciencias aplicadas, no pueden por su modo de ser, escalar los siglos en busca de modelos y de giros castizos en los escritores ascéticos y publicistas teólogos de una monarquía sin contrapeso. Hombres prácticos y de su tiempo, antes que nada, no leen sino libros que enseñan lo que actualmente se necesita saber, y no enseñan las páginas de la tierna Santa Teresa ni de su amoroso compañero San Juan de la Cruz, ni libro alguno de los autores que forman el concilio infalible en materia de lenguaje castizo. = Yo frecuento con intimidad a cuantos en esta mi ciudad natal escriben, piensan y estudian, y puedo asegurar a V. S. que sus bibliotecas rebosan en libros franceses, ingleses, italianos, alemanes, y es natural que adquiriendo ideas por el intermedio de idiomas que ninguno de ellos es el materno, por mucho cariño que a éste tengan, le ofendan con frecuencia, sin dejar por eso de ser entendidos y estimados, ya aleguen en el foro, profesen en las aulas o escriban para el público. Hablarles a estos hombres de pureza y elegancia de la lengua, les tomaría tan de nuevo, como les causaría sorpresa recibir una visita vestida con la capa y el sombrero perseguidos por el ministro Esquilache. = Por muy independiente que me crea, incapaz de ceder a otras opiniones que a las mías propias, confieso a V. S. que no estoy tan desprendido de la sociedad en que vivo, que me atreva, en vista de lo que acabo de exponer, a hacer ante ella el papel de vestal del fuego que arde emblemático bajo el crisol de la ilustre Academia. = El espíritu cosmopolita, universal, de que he hablado, no tiene excepciones entre nosotros. Son bien venidos al Río de la Plata los hombres y los libros de España, y está en nuestro inmediato interés ver alzarse el nivel intelectual y social en la patria de nuestros mayores; [...]. Es penoso el oficio de disipar diariamente esa especie de nube que oscurece la página que se lee escrita con frase extranjera, y a este oficio estamos condenados los americanos, so pena de fiarnos a las traducciones, no siempre fieles, que nos suministra la imprenta europea. = Podría decirme V. S. que todo cuanto con franqueza acabo de expresarle, prueba la urgencia que hay en levantar un dique a las invasiones extranjeras en los dominios de nuestra habla. Pero en ese caso yo replicaría a V. S. con algunas interrogaciones: —¿Estará en nuestro interés crear obstáculos a una avenida que pone tal vez en peligro la gramática, pero puede ser fecunda para el pensamiento libre? [...] ¿Qué interés verdaderamente serio podemos tener los americanos en fijar, en inmovilizar, al agente de nuestras ideas, al cooperador en nuestro discurso y raciocinio? ¿Qué puede llevarnos a hacer esfuerzos por que al lenguaje que se cultiva a las márgenes del Manzanares, se amolde y esclavice el que se transforma, como cosa humana que es, a las orillas de nuestro mar de aguas dulces? ¿Quién podrá constituirnos en guardianes celosos de una pureza que tiene por enemigos a los mismos peninsulares que se avecinan en esta Provincia? = Llegan aquí, con frecuencia, hijos de la España con intento de dedicarse a la enseñanza primaria, y con facilidad se acomodan como maestros de escuela [...]. Conozco a la mayor parte de ellos, y aseguro a V. S. con verdad, salvando honrosas excepciones, que cuando se han acercado a mí, como a director del ramo, he dudado al oírlos que fuesen realmente españoles, tal era de exótica su locución, tales los provincialismos en que incurrían y el dejo antiestético de la pronunciación, a pesar de la competencia que mostraban en prosodia y ortología teóricas. Con semejante cuesta que subir, sería tarea de Sísifo mantener en pureza la lengua española. = A mi ignorancia no aqueja el temor de que por el camino que llevamos, lleguemos a reducir esa lengua a una jerga indigna de países civilizados. El idioma tiene íntima relación con las ideas, y no puede abastardarse, en país alguno donde la inteligencia está en actividad y no halla rémoras el progreso. Se transformará, sí, y en esto no hará más que ceder a la corriente formada por la sucesión de los años, que son revolucionarios irresistibles. El pensamiento se abre por su propia fuerza el cauce por donde ha de correr, y esta fuerza es la salvaguardia verdadera y única de las lenguas, las cuales no se ductilizan y perfeccionan por obra de gramáticos, sino por obra de los pensadores que de ellas se sirven. La prueba la dan manifiesta aquellos idiomas desapacibles para oídos latinos, idiomas pobres y mendigos de voces ajenas, que sin embargo, sirven desde siglo atrás a las ciencias y a la literatura de modo a dar envidia a los mismos que se envanecen y deleitan con la atonía de algunas de las lenguas oriundas de la romana. [...] = Permítame V. S. darle honradamente, otras razones para justificar la devolución del valioso diploma. = Creo, señor, peligroso para un sudamericano la aceptación de un título dispensado por la Academia Española. Su aceptación liga y ata con el vínculo poderoso de la gratitud, e impone a la urbanidad, si no entero sometimiento a las opiniones reinantes en aquel cuerpo, que como compuesto de hombres profesa creencias religiosas y políticas que afectan a la comunidad, al menos un disimulo discreto y tolerante por esas opiniones; y yo no estoy seguro de poder amañar mis inclinaciones a las de la Academia, según puedo juzgar por antecedentes que me son conocidos y por algunos artículos de su Reglamento. = Descubro ya, un espíritu que no es el mío en los distinguidos sudamericanos, especialmente de la antigua Colombia, que han aceptado el encargo de fundar Academias correspondientes con la de Madrid. Algunos de ellos me honran e instruyen con su correspondencia, y a los más conozco por sus escritos impresos. Adviértoles a todos caminar en rumbo extraviado y retrospectivo, con respecto al que debieran seguir, en mi concepto, para que el mundo nuevo se salve, si es posible, de los males crónicos que aflijen al antiguo. = La mayor parte de esos americanos, se manifiestan afiliados, más o menos a sabiendas, a los partidos conservadores de la Europa, doblando la cabeza al despotismo de los flamantes dogmas de la Iglesia romana, y entumeciéndose con el frío cadavérico del pasado, incurriendo en un doble ultramontanismo, religioso y social. = No puedo convenir, por ejemplo, en que el lenguaje humano sea otra cosa que lo que la filología y la historia enseñan sobre su formación. No puedo estar de acuerdo a este respecto, con el autor de un «Diccionario de la lengua castellana... Enciclopedia de los conocimientos útiles», etc., que actualmente se publica en Madrid y en Buenos Aires, por entregas, bajo la dirección de D. Nicolás María Serrano. Según este caballero en la primera página de su obra, [...] Dios nos ha dotado de la facultad preciosa del lenguaje para que le bendigamos, glorifiquemos en la tierra a fin de obtener el bien absoluto después de nuestra peregrinación en este valle de lágrimas [...] = Reducirnos a orar a Dios con la palabra y no con el pensamiento tácito, por los labios y no con la conciencia, es dar pábulo a prácticas idolátricas y caer en el materialismo del rezo de los devotos; [...]. No creo que éste pueda ser el destino del hombre en esta vida. Si tal fuera, no le quedaría tiempo para estudiar la naturaleza y para encontrar en sus leyes el motivo de la adoración que la criatura racional pueda rendir al creador invisible y desconocido de tanta maravilla como la rodea. = Pongo en manos del señor cónsul de España, caballero D. Salvador Espina, el diploma de socio correspondiente que devuelvo respetuosamente suplicándole dé dirección segura a estos renglones. Al mismo tiempo tengo verdadera complacencia en manifestar mi más profundo agradecimiento a la Academia de que es V. S. intérprete, pidiéndole que con la tolerancia propia de un sabio se digne disimular los errores de que puedan adolecer los juicios que con franqueza me he atrevido a emitir.
De V. S. atento S. Servidor.

Juan María Gutiérrez[3]

Ni que decir tiene que este cortés portazo fue muy mal recibido en España y ocasionó una agria controversia entre Gutiérrez y el articulista español Juan Martínez Villegas, Antón Perulero.
Al tiempo que el de Gutiérrez, se decidió en Madrid idéntico nombramiento para Juan Bautista Alberdi, quien, pese a compartir la concepción idiomática de Gutiérrez, aceptó la designación. Eso sí: lo hizo con cierta reserva. No en vano, al poco de conocer el documento de la RAE aprobando la constitución de correspondientes, había advertido de las reacciones de animadversión que podía desencadenar el carácter sucursalista de las academias que la corporación madrileña empezaba a establecer en América:

Estas Academias de la lengua castellana, según el plan de la Comisión, aunque instaladas en América y compuestas de americanos, no serían Academias Americanas, sinó [sic] meras dependencias de la Academia española, ramas accesorias de la institución de Madrid. [...] Si cada nación hace y cultiva su lengua, como hace sus leyes, desde que tiene condiciones para llevar vida independiente, ¿cómo podría la América independiente y republicana, dejar la legislación del idioma, que sirve de expresión a los actos de su vida pública, en manos de una monarquía extrangera [sic] relativamente menos poblada que ella?». [...] Esas relaciones deben establecerse en el mismo principio en que descansan sus relaciones políticas y comerciales, a saber: el de la más completa igualdad e independencia recíproca, en punto a autoridad. [...] Bastaría que la Academia española se arrogase la autoridad o el derecho soberano de legislar en el idioma que habla la América hoy soberana para que esta tomase antipatía a una tradición y manera de practicar el idioma castellano, que le venían trazados despóticamente del país trasatlántico, que había sido su Metrópoli. No puede un país soberano dejar en manos del extrangero [sic] el magisterio de su lengua. Sería, lo repito, entregarle la interpretación y suerte de sus leyes fundamentales, de sus códigos, de sus tratados, escritos en su lengua nacional, tal como él la entiende y maneja, sea bien o mal entendida y manejada. [J. M. Alberdi: «De los destinos de la lengua castellana en la América antes española», Londres, marzo de 1871;4 cit. en J. L. Moure, 2004: en línea.]

La postura del argentino no era excepcional; de hecho, en 1889 acabaría abortando «una academia argentina correspondiente de la española, auspiciada por el poeta Rafael Obligado, que reclamaba reconocer “la autoridad de España en la lengua castellana” y aducía que “salvar la lengua es obra de patriotismo argentino”» (Moure, 2004: en línea). Sin embargo, para ese entonces, con el estímulo de la española, ya se habían constituido cuatro academias correspondientes más: la Academia Venezolana de la Lengua (1883); la Academia Chilena de la Lengua (1885); la Academia Peruana de la Lengua (1887); la Academia Guatemalteca de la Lengua (1887). Luego vendrían la Academia Costarricense de la Lengua (1923); la Academia Filipina de la Lengua Española (1924); la Academia Panameña de la Lengua (1926); la Academia Cubana de la Lengua (1926); la Academia Paraguaya de la Lengua Española (1927); la Academia Boliviana de la Lengua (1927); la Academia Dominicana de la Lengua (1927), y la Academia Nicaragüense de la Lengua (1928). En 1931 se constituyó finalmente la Academia Argentina de Letras, aunque tampoco entonces fue una institución del todo equivalente a una academia de la lengua, por lo que en sus relaciones con la Real Academia Española adoptó el régimen de asociada. Tras ella llegarían la Academia Nacional de Letras del Uruguay (1943), del mismo cariz que la argentina;5 la Academia Hondureña de la Lengua (1948); la Academia Puertorriqueña de la Lengua Española (1955) y, por último, la Academia Norteamericana [Estadounidense] de la Lengua Española (1973).
No obstante, hasta mediados del siglo XX las academias de ambos lados del Atlántico mantuvieron poco contacto. Muchas de las academias recién fundadas no llegaron a establecer normas y carecieron por completo de peso social; como señala María Josefina Tejera (2006: XVII), «en la mayoría de los casos no tuvieron criterios ni intervinieron en el proceso que seguía el español en cada uno de los países», cuya regulación quedaría en manos de la institución escolar.
Así pues, hasta fecha bien reciente como veremos (§ 3.5), la Real Academia Española dejó su predominio atado y bien atado.

2.4. Tensiones y controversias sobre la unidad, la autoridad y el modelo idiomáticos

Además de la campaña emprendida por la RAE en América, la consolidación de una comunidad trasatlántica marcó las diversas iniciativas gubernamentales y privadas que a finales del siglo XIX se pusieron en marcha para intensificar las relaciones entre España y los países latinoamericanos. Por el modo en que revelaron las tensiones subyacentes a la construcción de una comunidad idiomática, y por la continuidad de sus formulaciones son especialmente reseñables dos de ellas: el Congreso Literario Hispanoamericano (1892) y el Congreso Social y Económico Hispano-Americano (1900).
El Congreso Literario Hispanoamericano, realizado en Madrid entre el 31 de octubre y el 10 de noviembre de 1892 en el marco de los actos conmemorativos del cuarto centenario del «descubrimiento» de América, representó, en el lúcido análisis realizado por Graciana Vázquez Villanueva (2008: en línea) «la etapa fundadora del proceso de construcción de una dominancia discursiva en torno del español que se extiende desde este primer congreso hasta los celebrados por la Real Academia Española (rae) y el Instituto Cervantes a partir de 1992».6 En el Congreso Literario Hispanoamericano, en efecto, tomaron cuerpo los posicionamientos y las controversias (v. § 3.5.1) sobre el futuro del idioma y su normativización7 que marcarían el devenir de la política lingüística unitarista hasta nuestros días.
Por la parte española, los discursos de José Giles y Rubio (censor perpetuo de la RAE entre 1903 y 1919) y del gramático Francisco Commelerán desarrollaron argumentos en defensa de la legitimidad de la norma peninsular y de la autoridad exclusiva de la RAE. Trasladando la retórica hispanista al plano de la política efectiva, el general Miguel Carrasco Labadía y el académico Luis Vega-Rey y Falcó pusieron de relieve la importancia de la comunidad idiomática para hacer efectivos proyectos confederativos entre España e Hispanoamérica. Para todos ellos, la preservación del castellano equivalía al empleo de «un código homogéneo, estandarizado en una gramática entendida como instrumento de preservación de voces y regulación de variaciones y que responde a una única institución: la Real Academia Española» (Vázquez Villanueva, 2008: en línea). En el marco del positivismo imperante, por el que se concebían las lenguas como organismos vivos, sometidos a las leyes evolutivas y disgregadoras del cambio lingüístico, entendían la regulación idiomática como el medio de contención de un caudal cultural que, sometido a diversas influencias sociales y a la penetración de elementos extraños, tendía a la dispersión y la fragmentación. Siendo la lengua el símbolo de la unión supranacional de los hispanohablantes, su disolución era el síntoma inequívoco de la ruina definitiva del imperio, y evitar su derrumbe constituía la misión que debía asumir la Real Academia Española, secundada fielmente por sus correspondientes americanas:

«Como el poder de Roma en tiempo de Augusto nuestra lengua se ha extendido a remotas y dilatadas regiones; y si no queremos que en ella se reproduzca el fraccionamiento y demolición que sufrió aquel poderoso imperio, más todavía si no queremos que […] muera y perezca la sublime grandilocuencia de nuestros Luises, Saavedras y Marianas, si no queremos que como la lengua latina, extendida por todo el orbe entonces conocido, se fraccione y rompa la nuestra en jirones, que acaso, no lleguen jamás, como llegaron los de aquella a convertirse en dialectos y más adelante en verdaderas lenguas; si no queremos, en fin, que llegue un día en que sea preciso para entenderlas traducir al español las obras inmortales de nuestros clásicos castellanos, es indispensable que teniendo en cuenta las razones que acabo de exponer declaréis, que la Real Academia Española, por los fundamentos en que se apoya su instituto, y por los trabajos realizados por ella desde su fundación hasta nuestros días, es la única representante de la autoridad en nuestra lengua castellana» [...] «nuestra Real Academia Española [...], en comunión con sus hermanas las correspondientes de América [...] sabrá cumplir su misión sancionando los progresos del porvenir.» [Alocución de Francisco Commelerán; cit. en Vázquez Villanueva, 2008: en línea.]

En contrapartida, de entre la magra representación hispanoamericana, las intervenciones del escritor y académico peruano Ricardo Palma, del académico guatemalteco Fernando Cruz y del escritor y político uruguayo Juan Zorrilla de San Martín fueron el fiel reflejo del pensamiento de muchos autores americanos que asumían con igual fervor que los españoles la idea de hacer patria común a través de la unidad lingüística, sin poder sustraerse, sin embargo, al espíritu de afirmación y dignificación que movía las corrientes segregacionistas en América. Así, Palma, Cruz y Zorrilla defendieron que la pureza del castellano debía mantenerse con un criterio amplio: aceptando la legitimidad y el potencial enriquecedor de las variedades americanas, desarrollando instrumentos lingüísticos en cuya elaboración también pudieran participar insignes gramáticos americanos, y equiparando a las academias americanas con la española, para lo que resultaba necesario que esta abandonara su «anquilosada tutela paternalista. De otro modo, la imagen de España en América se mantendría como había sido estereotipada por la educación nacionalista: distante, hermética y egoísta, por un lado; decadente y vetusta, por otro» (Sepúlveda, 2005: 216). Por otra parte, Zorrilla San Martín, poniendo el dedo en la llaga de la doble vertiente política del hispanoamericanismo —interior y exterior; v. § 1.6.2—, señaló que España difícilmente podía pretender legislar sobre el castellano en América si ni tan siquiera había sido capaz de erradicar el plurilingüismo de su propio territorio.
Ricardo Palma, que en los días de celebración del congreso había asistido también a diversas sesiones de la Real Academia Española dedicadas a la redacción del nuevo Diccionario (cf. M. I. Hernández, 1984, y O. Holguín Callo, 2000), expresó su malestar por la indiferencia con que la española contemplaba las decisiones tomadas por las academias correspondientes, y su frustración por la marginalidad y subsidiaridad a la norma peninsular con que finalmente se recogía el léxico criollo: calificándolo de «americanismo».8 Lo cierto es que hasta la decimoquinta edición del DRAE (1925) no se inició la entrada planificada de americanismos en el Diccionario académico (Azorín, 2008: 15), un hecho que coincidió con el cambio del título tradicional de la obra, Diccionario de la lengua castellana, por el de Diccionario de la lengua española.9
Las palabras con que Graciana Vázquez resume las posturas de los españoles y latinoamericanos que participaron en el congreso y el clima de desencuentro en el que concluyó son una elocuente muestra de cómo la común voluntad de unidad no basta para garantizarla cuando los equilibrios de poder se plantean de un modo tan desigual:

Para Ricardo Palma, Fernando Cruz y Juan Zorrilla de San Martín, la cuestión de la lengua y, más específicamente, de los instrumentos lingüísticos, obedece no solo a la necesidad de implementar una planificación lingüística, en la que acuerdan que debe provenir del poder político, sino, fundamentalmente, a revertir las representaciones y prescripciones con las que la intelectualidad y el poder político español, avalados en la tarea de la RAE, pretenden regular las prácticas lingüísticas en Hispanoamérica. Es este último aspecto el que genera un encendido debate y un esclarecido pedido de equidad lingüística y de no intervención. Ubicados en diferentes perspectivas, para los españoles el desafío es la preservación de la unidad y la legitimidad de la norma peninsular. Para los hispanoamericanos, en cambio, es el respeto a su variedad y a la tarea desplegada por gramáticos como Andrés Bello, Rufino José Cuervo, Miguel A. Caro, que no son reconocidos por los académicos españoles. [...] El reconocimiento por la legitimidad de la tradición gramatical hispanoamericana no es comprendido por los académicos españoles que focalizan en el temor a la fragmentación del español la decisión de imponer verticalmente la variedad peninsular como norma lingüística común en todo el mundo hispánico. Esta imposición se señala claramente en las conclusiones del Congreso donde, a pesar de que se cita a Bello, se establece que los instrumentos lingüísticos autorizados y la actividad planificadora oficial serán patrimonio exclusivo de la RAE [...]. [Vázquez Villanueva, 2008: en línea.]

Por su parte, el Congreso Social y Económico Hispano-Americano (1900) se planteó en principio con el objetivo fundamental de reorganizar el comercio y las relaciones económicas transatlánticas. No obstante, el contexto de construcción de una plataforma político-cultural en el que se produjeron sus debates favoreció que, por una parte, se «hiciese una reflexión compartida sobre la conveniencia de articular un sistema interestatal que agrupara a las naciones del ámbito iberoamericano» (García-Montón, 1999: 286), primer precedente de lo que, ya en el siglo XX, centraría la labor de las Cumbres Iberoamericanas (v. § 3.4). Por otra, convirtió el asunto de la unidad de la lengua, su esencia y su defensa —particularmente de la penetración, por influencia cultural, vía comercial o flujo migratorio, de lenguas como el francés, el inglés y el italiano— en uno de los ejes principales el evento, lo que implicaba alcanzar consensos sobre la designación de los organismos que debían velar por la preservación del idioma. En este sentido, al finalizar el congreso, la sección de Letras y Artes concluyó que:

Para el fortalecimiento de la lengua se aconsejaba el reconocimiento de la autoridad de la Real Academia Española, asistida por las instituciones Correspondientes en los diversos países iberoamericanos. Esta institución debería ser la garante de la pureza de la lengua. Asimismo para conservar la pureza del idioma español se recomendaba tomar las siguientes medidas: la creación de institutos pedagógicos y de asociaciones de estudios filológicos que impulsarán y defendieran el castellano, y se encarecía la adopción de libros de lectura obligatoria de autores españoles y americanos; fomentar los viajes de estudiantes hispanoamericanos a España; traducir con esmero y propagar la lengua española en periódicos, revistas y libros, que deberían comercializarse a bajo precio, y estimular a las corporaciones docentes públicas y privadas a publicar obras literarias y celebración de certámenes. [García-Monton, 1999: 290.]

Paradójicamente, cuando, en el mismo congreso, por parte de la delegación española de la Comisión de Ciencias se planteó la recomendación de establecer academias correspondientes a las oficiales de Ciencias y Medicina de España, la idea fue rotundamente rechazada por los delegados americanos:

El representante colombiano, Eduardo Zulueta, aludía que no era pertinente el adjetivo Correspondiente, pues las Academias eran autónomas, y que sólo tenía razón de ser Correspondiente cuando se refería a la Real Academia Española. Esta observación la defendieron algunos de los asistentes alegando que ser «correspondiente» con las academias españolas atentaba a la independencia de las Naciones y de sus Academias, sutilezas basadas en los ya conocidos argumentos de la reciprocidad y la fraternidad con los americanos, y no en la subordinación y el agravio. [García-Montón, 1999: 289.]

De este modo quedó en evidencia que la precoz iniciativa de la Real Academia Española de instituir academias correspondientes en América treinta años antes (v. § 2.3) se admitía ya como un hecho consumado, pero en absoluto como la forma de cooperación deseable. La reformulación del sucursalismo establecido entre la española y las academias filipina y americanas es, aún hoy, un terreno de velada disputa al que cabe atribuir los vaivenes en los modelos normativos académicos en igual medida en que estos pueden entenderse como la acomodación formal a las necesidades de la política económica y exterior española.


3. DE LA LENGUA COMÚN AL ESPAÑOL GLOBAL: LA CONSTRUCCIÓN DE LA HISPANOFONÍA

3.1. El nuevo orden mundial

A mediados del siglo XX, la necesidad de evitar la confrontación interestatal y de poner coto al expansionismo imperial que había devastado el mundo en las sucesivas contiendas mundiales dio pie a la progresiva creación de nuevas estructuras organizativas de alcance internacional (Organización de las Naciones Unidas, Fondo Monetario Internacional...) o regional (Organización del Tratado del Atlántico Norte, Unión Europea, Mercosur, Organización de Estados Iberoamericanos...) que creaban bloques de intereses comunes, afectaban al ordenamiento económico y político y a los sistemas de defensa de los países miembros, y establecían mecanismos de interdependencia, teóricamente favorecedores del equilibrio de fuerzas pero a la vez restrictores de la soberanía y la autonomía de los Estados participantes.
Al propio tiempo, los procesos de internacionalización característicos de la historia expansionista de los Estados nación europeos y del modo de producción capitalista iniciaron una nueva etapa, denominada globalización,10 que «reposa, sobre todo, en el auge del capital financiero y en el carácter crecientemente transnacionalizado de sus transacciones» (Margulis, 1997: 40; cit. en Canale, 2007: 8); en la deslocalización de los centros productivos y de la mano de obra, en la (consiguiente) merma de los derechos de los trabajadores y en la explotación ilimitada de los recursos naturales mundiales. Un proceso, por otra parte, controlado no tanto por los antiguos núcleos de poder que eran los Estados nación, como por los intereses del capital privado y, a lo sumo, de aquellos países con más peso en las nuevas organizaciones supranacionales. Paralelamente, el desarrollo de la microtecnología, de las telecomunicaciones, de las vías de comunicación y medios de transporte mundiales, y, ya a finales de siglo, de Internet ha dado pie a un mundo cada vez más ampliamente interconectado.
A resultas de todo ello, los costes de la movilidad y de la comunicación se han reducido lo bastante para permitir un inédito aumento de los flujos de capital, de población, de información y de intercambio cultural, y los Estados nación han visto seriamente amenazado el control de su futuro y el mantenimiento de su identidad.

3.2. Los coups de force del Estado nación en el nuevo orden mundial: la constitución de bloques culturales poscoloniales

En términos generales, la expansión lingüística es un fenómeno que se ha observado a lo largo de la historia humana cuando el desplazamiento territorial de una población conlleva la extensión territorial de su lengua o variante, bien ocupando un espacio lingüístico vacío si el territorio estaba deshabitado, bien entrando en contacto con la/s lengua/s o la/s variante/s de los poblaciones asentadas en el territorio de expansión.
Los medios de expansión de una lengua pueden ser diversos; entre los de carácter impositivo (de la lengua de la población expandida) y tendencia asimilacionista, los más habituales son la conquista militar y la colonización territorial, y las políticas de unificación política y asimilación cultural.
La expansión de una lengua no sólo territorial sino en otros ámbitos de dominio (económico, político y cultural) permite la conformación de mercados lingüísticos (v. § 1.2.2) que la convierten en un idioma codiciado a gran escala. Hoy en día, el ejemplo más emblemático de esta doble expansión y consiguiente capacidad de atracción es, sin duda, el del inglés, única lengua franca internacional —incluso en el campo de la ciencia y el conocimiento (Hamel, 2004)—, a cuya hegemonía mundial se oponen otros grandes bloques geolingüísticos. Para estos, la extensión mundial del inglés, de un lado, y de otro, el fenómeno paralelo de la glocalización cultural, que conlleva la reemergencia de los nacionalismos locales y los movimientos indigenistas, y la definición de mercados e identidades particulares, suponen una evidente amenaza a la unidad nacional y poscolonial y un terrible peligro de regresión de las lenguas expansivas que la representan:

En este esquema de tres niveles (lengua internacional, lengua del Estado, lengua gregaria), la lógica de la globalización podría suponer la desaparición de la segunda de estas tres lenguas, la lengua del Estado. [...] la globalización supone la difusión de una cultura de masa (cine, televisión, comida tipo McDonald’s, etc.) que se adapta a microculturas (dedicándoles exposiciones, museos), pero tolera con dificultad la excepción cultural, la resistencia (el cine francés, japonés, italiano...). De la misma manera, acepta de buen grado la fragmentación en micro comunidades lingüísticas, pero se resiste a las lenguas intermediarias, super centrales, que constituyen una multitud de puntos de resistencia locales. Si Europa se sometiera a esta ley, podría encaminarse hacia una situación donde predominara el inglés, coexistiendo con una pluralidad de «pequeñas» lenguas como el gallego, el catalán, el vasco, el corso, el alsaciano, mientras que el francés y el español se reducirían poco a poco a un estatus de lenguas centrales, de lenguas regionales, y ya no súper centrales. Desde este punto de vista, la defensa de las lenguas «en peligro» aumentaría el predominio de la lengua híper central, [...]. [Louis-Jean Calvet, 2005: 3-4.]

A pesar de los esfuerzos realizados por establecer fórmulas de convivencia armónica entre identidades y culturas distintas —entre los cuales, un cierto grado de reconocimiento político de la pluriculturalidad y del plurilingüismo estatales—, y a pesar también del «surgimiento de “terceras culturas” desterritorializadas, particularmente en las migraciones nacionales y transnacionales masivas, y múltiples expresiones de sincretismos e hibridaciones» (Hamel, 2002: 7; en línea), que exigen revisar a fondo la forma de conceptualizar la relación entre comunidades culturales, lo cierto es que la dinámica lingüística mundial se sigue planteando en los mismos términos militaristas que caracterizaron la vieja competencia entre los Estados nación (§ 1.4), según los cuales el avance de unos se vive como el retroceso de otros. La única diferencia es que, hoy, el mayor grado de debilidad e interdependencia entre los antiguos contendientes ha limitado su capacidad contraofensiva. Supeditados ahora a las nuevas estructuras regionales e internacionales y a los vaivenes de la economía mundializada (hoy, en situación de recesión debido a la crisis del sistema capitalista liberal), los Estados nación han visto debilitadas su autonomía, la capacidad de decisión y control sobre sus asuntos internos y externos, y su relevancia individual en el mundo:

[...] por un lado, centralización de las decisiones de magnitud global; por otro, descentralización de los poderes de alcance más reducido (interregional, regional y local). [...] Esto explica el apoteosis compulsivo de los nacionalismos estatalistas en la actualidad: el Estado, consciente de ser como un diplodocus en la era de los ordenadores, vive sus horas finales intentando salvar lo que pueda. Por ello se puede afirmar que no son los pequeños poderes regionales los que están fuera del proceso histórico actual, sino el esquema tradicional del Estado nación soberano e independiente. [G. Calaforra, 2003: 8; la negrita es nuestra.]

Hoy, la movilización del patriotismo de Estado no basta, como antaño, para recuperar posiciones en el nuevo orden mundial. Para este fin estratégico es útil revitalizar los vínculos de identidad e intercambio común con otros Estados —vínculos adquirido generalmente tras un proceso de expansión imperial o colonial— y poner en pie o reformular organizaciones internacionales de base cultural. Este es el caso de la Organización Mundial de la Francofonía11 (1970). Pero también lo es del más tardío alumbramiento de la llamada Hispanofonía, que, más allá de una ideología en torno al español y a su comunidad de hablantes (J. del Valle, 2007a),12 constituye una red menos compacta de estructuras y políticas internacionalistas, promovida por intereses políticos y económicos españoles, y fundamentada en la lengua castellana, en la cultura hispánica y en los vínculos históricos de España con sus antiguas colonias, que, en principio, muestra idénticos objetivos y orientación que los programas del hispanoamericanismo decimonónico (v. § 2.1) pero que, por razones coyunturales, asume la necesidad de reformular los términos de la relación de España con Latinoamérica y despliega para ello nuevas estrategias; entre ellas la revitalización, en términos de mayor equidad, de la Asociación de Academias de la Lengua Española.
El hecho de que la Hispanofonía, por bien que reconocible y descriptible, tenga un carácter particularmente difuso y expresamente no oficial —a diferencia de la Francofonía— vuelve a tener una explicación que apunta hacia el interior de España. Desde que en la España democrática se reconocieron oficialmente el gallego, el vasco y el catalán-valenciano en sus propios territorios y se pusieron en marcha políticas de recuperación de estas tres lenguas, el nacionalismo español (de todo signo), bien con el argumento de que su recuperación amenazaba el castellano —como fue el caso de la Real Academia Española en 1994 (§ 1.7)—, bien con el artero razonamiento liberal —artero por no referirse nunca al castellano, cuya defensa no se cuestiona— de que el futuro de las lenguas debe dejarse a merced de los mercados, emprendió una campaña incesante de criminalización de los procesos y infraestructuras de normalización13 de que se han dotado las comunidades autónomas con dichas lenguas. Por otra parte, la Constitución española vigente (1978)14 estableció la hegemonía del castellano como lengua oficial en todo el territorio, pero a su vez asumió como obligación de las instituciones y de los ciudadanos españoles el respeto por las lenguas no castellanas y su protección. Por tanto, si algún gobierno español creara una red nacional e internacional oficial dedicada en buena parte a establecer una política lingüística —en el amplísimo alcance del término— sólo para el castellano, a imagen de lo que representa la Francofonía para el francés, el nacionalismo español se quedaría (temporalmente) sin argumentos para criticar a los organismos de política lingüística de las comunidades autónomas con lenguas propias, y estas no tardarían en reclamar una representación relevante de sus lenguas en dicha estructura estatal, cuando en realidad a ningún gobierno español le ha interesado nunca dar protagonismo internacional a su diversidad cultural si no es para instrumentalizarla en la proyección exterior de una imagen de tolerancia y pluralidad. De hecho, para el poder central, las lenguas no castellanas no son más que un incesante dolor de cabeza.
Así, para esquivar su detección y la consiguiente crítica de los nacionalismos periféricos, la Hispanofonía ha acabado configurándose con un perfil difuso y con una estructura dispersa carente en realidad de una denominación que la englobe y, siempre que se ha aludido a ella en público, sus integrantes se han apoyado en la ausencia de tal denominación e institucionalización para negar su existencia, pese a la evidente operatividad de sus componentes:

Hace tres años vino a visitarme un destacado integrante de la delegación general para la lengua francesa, adscrita a la presidencia de la República de aquel país, para preguntarme cómo hemos puesto en pie la hispanofonía. Le dije: «Esa palabra no existe». Pero disponer de esa red de Academias, que trabajan de manera unida, es una verdadera bendición, resulta un instrumento formidable de refuerzo de la unidad. [Víctor García de la Concha, director de la RAE, cit. en Jesús Hernández, 19/09/2006: en línea.]

El complejo entramado15 de conveniencias, relaciones, ideas, foros, organismos, sinergias y estrategias que sostiene la materialización de la Hispanofonía y que señala, además, su vinculación con el nacionalismo español y su continuidad con la ideología y los programas hispanoamericanistas del XIX-XX ha sido analizado desde diversas perspectivas, centradas en sus dimensiones política, económica, social, discursiva, ideológica, cultural, ética e incluso ecológica. Abordarlas en profundidad desborda por completo el objetivo de este trabajo, enfocado fundamentalmente en el papel de la RAE en la expansión del castellano y en la defensa del ideal de unidad idiomática, de la unidad y uniformidad de la nación política (española) y de la unidad y uniformidad de la nación cultural (hispánica). Por ello, haremos un esfuerzo de síntesis que, sin desviar la atención del asunto que nos ocupa, permita al lector comprender la conexión entre el conglomerado de intereses que constituye la Hispanofonía y las instituciones académicas de la lengua española.


1 Véase, al respecto, G. Barrios y S. Ramírez Gelbes. (N. de las Eds.)
2 Cargo vigente en el momento de concluir este artículo.
3 Publicada originalmente en Cartas de un porteño: Polémica en torno al idioma y a la Real Academia Española sostenida con Juan Martínez Villergas, Buenos Aires: Americana, 1942. Disponible íntegra en línea en: <http://davekelsey.blogspot.com/2008/01/carta-al-seor-secretario-de-la-academia.html>.
4 Publicado originalmente en Escritos póstumos de Juan Bautista Alberdi. Ensayo sobre la sociedad, los hombres y las cosas de Sud-América, t. vi, Buenos Aires: Imp. Alberto Monkes, 1898.
5 Sobre las academias uruguaya y argentina, véanse G. Barrios y S. Ramírez Gelbes. (N. de las Eds.)
6 Cf. <http://congresosdelalengua.es/>.
7 Un resumen de estos debates y planteamientos se encuentra también en J. del Valle. (N. de las Eds.)
8 El Diccionario académico aún arrastra este problema en su edición vigente (2001). Tras una búsqueda de las palabras que aparecen con las marcas geográfica Méx. (México) o Esp. (España) en la versión electrónica del DRAE, Raúl Ávila (2005: 416) observa: «el tratamiento poco equilibrado que el DRAE da a los regionalismos o, más específicamente, a los mexicanismos en relación con los españolismos. La versión electrónica de ese diccionario (DRAEL) permite, mediante una búsqueda de las abreviaturas, recopilar todas las voces —o incluso las acepciones de los vocablos— que se usan de manera exclusiva en diferentes países. De esta manera, se encuentran, con la marca geográfica Méx. (México) un total de 2434 voces; y con la marca Esp. (España), sólo 51. La suma de los dos conjuntos de vocablos es de 2 485 (100%), lo que da un porcentaje de 98 % de mexicanismos y únicamente de 2 % de españolismos, cifras que se antojan poco realistas. Por otra parte, es necesario señalar que algunas de esas 51 voces (o acepciones) de España no son exclusivas de ese país, como es el caso de claxon, conducir (un vehículo), o iva (impuesto al valor agregado) que se utilizan en todo México y en otros países hispanohablantes. Si los responsables del DRAEL (y del DRAE) hubieran consultado el Corpus de Referencia del Español Actual (crea), formado por la Real Academia Española, habrían encontrado, por ejemplo, que claxon se usa no sólo en España y México, sino también en Cuba, Perú, Chile, Nicaragua, Puerto Rico, EE.UU., Venezuela y en “otros”; y que también hay concordancias de varios países para conducir (un vehículo).[…]».
9 Lamentablemente, en esta primera entrega de El dardo en la Academia no ha sido posible abordar a fondo el trato que el DRAE ha dispensado al léxico de América Latina a lo largo de su historia. (N. de las Eds.)
10 Sobre los efectos de la globalización en las identidades culturales, véase también G. Barrios. (N. de las Eds.)
11 Cf. <http://www.francophonie.org/>.
12 Véase la definición que J. del Valle hace del concepto de hispanofonía en esta misma obra. (N. de las Eds.)
13 El concepto normalización se refiere al proceso de ordenamiento político del lenguaje por el que se induce la extensión del uso social y cultural de una lengua a todas las esferas que se consideran asequibles y la ampliación de su estatus político. En los casos en que afecta a una lengua minorizada (marginada, perseguida e incluso prohibida en algún momento de su historia, como lo han sido las lenguas de España, a excepción del castellano), se parte de la base de que aquel idioma que cubre pocas necesidades de comunicación y expresión tiene, en nuestra sociedad, un valor de mercado bajo y se emplea por ello cada vez menos, hasta ser sustituida, en pocas generaciones, por otra u otras lenguas más valoradas que, difundidas entre la población (por vía escolar, por los medios de comunicación y culturales y por la administración), ocupan esos espacios de uso. Por ello, promover el uso de una lengua en todas los ámbitos a su alcance y equiparla para tal fin revierte la tendencia hacia la sustitución.
14 Cf. <http://www.congreso.es/consti/constitucion/indice/index.htm>.
15 Componen un simple esbozo de sus principales estructuras, públicas y privadas: el Gabinete de la Presidencia del Gobierno español; ciertos organismos dependientes de los ministerios de Exteriores, Cultura, Economía, Industria y Comercio (el Instituto Español de Comercio Exterior [ICEX; 1982], el Instituto Cervantes [1991] y la Sociedad Estatal para la Acción Cultural Exterior [Seacex, 2000]); las sucesivas convocatorias del Congreso Internacional de la Lengua Española (CILE, 1997-); entidades «sin ánimo de lucro», foros, agrupaciones empresariales y think tanks como la Fundación José Ortega y Gasset (fundada en 1978); la Fundación Banco Santander (1992) y su incursión en el mundo de la enseñanza, Universia; la Fundación pro Real Academia (1993); EduEspaña (1996); la Fundación Repsol-YPF(1996); la Fundación Telefónica (1998); la Fundación Endesa (1998); el Foro de Marcas Renombradas (1999); la Fundación Carolina (2000); el Real Instituto Elcano de Estudios Estratégicos e Internacionales (2001); la Fundación Caja Duero (2004); la Fundación Comillas (2005); la Fundación del Español Urgente-BBVA (2005), los seminarios internacionales «El Español, un activo estratégico para las industrias culturales iberoamericanas» (2006-), las sucesivas ediciones del Congreso «Acta Internacional de la Lengua Española» (2006-), y la Fundación Iberdrola (2008).


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