sábado, 25 de mayo de 2013

El volantín de Os (crónica entre lenguas)

Mi abuela paterna gustaba de guardar cosas, y sabía despertar, en mi hermana y en mí, un especial y necesario afecto por esos objetos. Uno de los que más recuerdo era un libro escolar de lecturas. Varias veces nos explicó que no había sido suyo sino de sus hermanos mayores, que, por ser hombres, habían hecho todos los grados de la escuela primaria pública. Pero ella, a pesar de haber ido sólo a una escuela de labores para niñas, con seguridad lo había leído con más ahínco, allegada como era —la única entre los hermanos— al conocimiento y a la información sobre el mundo. Hijos de inmigrantes asturianos recientemente arribados a Argentina, los mayores probablemente llegaron a nacer aún en España, pero a la edad de la escuela primaria ya estaban en la nueva tierra, en Rosario, donde mi bisabuelo trabajaba en el ferrocarril.
El libro en cuestión se llamaba Vida, y teniendo en cuenta las edades familiares, calculo que mis tíos, unos diez años mayores que mi abuela, debieron usarlo entre 1918 y 1920. Y digo «calculo» porque el libro no se conserva en mi familia; fue debilidad de mi abuela talvez confiarlo demasiado a mis tratos infantiles. En sitios de oferta de rarezas he visto una edición de 1912, y en la Biblioteca Nacional de Maestros (digital) que mantiene el Ministerio de Educación de Argentina hay una, completa, de 1925. Pero tiene más páginas y menos ilustraciones que lo que guarda mi memoria, en la que seguramente se desdibuja y se cruza con otros libros viejos. Y de cualquier modo, a lo que voy a referirme es solamente a una de las piezas que ese manual traía para la lectura de chicos que, como esos tíos abuelos que no llegué a conocer, salían hacia la escuela desde casas de techo alto y gallinero, aún sin radio, por un barrio que tenía empedrado sólo en un par de calles.

 
Pero esa lectura, cuando yo era niño, ya sucedía en un ámbito totalmente diferente. Un departamento de los años 70 como el que tenían mis abuelos en Buenos Aires, con pisos de parquet plastificado, televisión y un mobiliario que ya llamaban «moderno». Y los lectores éramos dos chicos criados en esos ambientes ininterrumpidamente urbanos de colectivos, automóviles y (en la capital) metros. Acostumbrados, además, desde pequeños, a hojear los muchos libros y revistas que mis padres, jóvenes universitarios, apilaban en los ralos estantes de las casas entre las que se mudaban con frecuencia.
De aquel libro ya vetusto y, a pesar de los cuidados de mi abuela, algo ajado, había algunos pasajes que yo leía repetidamente. Una de esas lecturas me produjo, las primeras veces, un extrañamiento profundo, después fuerte rechazo y finalmente jocosidad. Se trataba de una especie de fábula en verso. Muchos años después supe que era de Andrés Bello, cuya obra gramatical —no su poesía ni la prédica moralizante de sus fábulas— hoy me permite admirar un sagacísimo e instigador pensamiento sobre el lenguaje. Pero aquel alegato amonestador se llamaba «La cometa» y estaba construido como severo ejemplo contra los excesos de la libertad. Contaba que una cometa, embriagada de gloria por verse en la altura, se quejaba de vivir atada a su cordel y no poder volar libre como ave. En vez de ser águila o pajarillo, tenía que conformarse con ser (me encantaba esa parte) «juguete de un imbécil tiranuelo que, según se le antoja, o me tira la cuerda o me la afloja». Rebelándose contra su condición, invoca al viento para que la arranque del hilo. Pero, una vez suelta, cae y se estrella en un espino. Una estrofa final ofrecía la moraleja sobre la necesidad de sujetarse a la ley.
Mucho en la lengua de ese poema me era extraño, en mayor grado que el extrañamiento que me causaba el libro en general. En primer lugar, el título. ¿Cometa? A ese objeto para jugar lo llamábamos «barrilete» y, en la provincia de Mendoza, donde viví una parte de mi infancia, los chicos le decían «volantín». Yo conocía los cometas, por dibujos o por ir al Planetario, pero no las cometas, y no sé si a la coima ya se la llamaba así en Argentina. Pero si mis abuelos podían aclararme que esa cometa era un barrilete, no ocurría lo mismo con otros fragmentos de la fábula.
Particularmente incomprensible era la invocación osada que profería la cometa, que mucho me desconcertaba:

¡Pluguiese a Dios viniera
una ráfaga fiera
que os hiciese pedazos,
ignominiosos lazos!

Además de las palabras «raras» y de la subordinación en cascada, yo no tenía cómo, en aquel tiempo y a esa edad, relacionar ese «os» con los lazos. Más aún porque ya había tenido algún encuentro anterior con «os», uno en especial, siendo más niño aún.
Recuerdo que mi otra abuela, materna, de origen idische, en vano intento de neutralizar tanto ateísmo circundante en el medio familiar, a veces nos leía historias de un libro llamado Cuentos de la Biblia para los niños. Cuando la serpiente preguntaba a Adán y Eva por qué no comían los bellos frutos de un árbol, estos respondían: «Porque Dios lo ha prohibido». A lo que la serpiente indagaba: «¿Y por qué os lo ha prohibido?», frases todas que mi bove leía pausadamente.
Para mí, la serpiente repetía en su pregunta las palabras de los pobres Adán y Eva, y en vez de «Dios» decía «Os», que debía ser un modo de llamarlo, como quien decía «Dani» en vez de «Daniel». La serpiente quería saber por qué Os no les había permitido comer esa sabrosa fruta. «Os» sería uno de los nombres de Dios (¿el Mago de Oz?). En todo caso, al menos en los viejos libros «para los niños» en esa lengua aleccionadora, Os era poderoso: podía prohibir y hacer pedazos.
Volviendo, entonces, a la exclamación de la malhadada cometa, lo que verdaderamente yo no podía entender, más que Os e ignominiosos, era qué hacía ahí don Pugliese. El señor del departamento 9, don Pugliese, el marido de la señora Beatriz, comadre con quien mi abuela se juntaba a conversar y a hacer las compras por el barrio. ¿Por qué don Pugliese? Mi abuelo, riendo de mi «ocurrencia», decía que la cometa debía querer bailar un tango.1 Mi abuela decía que era una forma de rezar y llegó a buscar pluguiese en el diccionario. Pero tuvo que venir mi padre, estudiante de filosofía, para explicar el intríngulis, que, de todos modos, no entendí hasta ser yo mismo algunos años más grande. Mientras tanto, me divertía que el verso hablase del vecino, que, el pobre, murió justo en esa época. Pugliese, a Dios (o a Os, quién sabe).

A veces es difícil explicar, en la formación universitaria en lengua española que realizamos en Brasil, los caminos sinuosos que siguió la estandarización del español en los países de Hispanoamérica, y sobre todo, los abismos que los cortan, los tiempos que en ellos se sobreponen en simultaneidad y secuencia, como en tantos otros procesos socioculturales en nuestros países.2 La educación escolar, en la Argentina de fines del siglo XIX y comienzos del XX, fue pieza central del proyecto de configurar el imaginario de una nación unificada, para el cual algunos líderes llegaron a proclamar una «raza argentina».3 Sin embargo, sus oscilantes modelos de lengua legítima pasaron bastante lejos de los hábitos de habla y de la escritura de la heterogeneidad de argentinos más o menos cultos. Es que la pureza de raza, o la unidad nacional, en lo que hacía a la lengua, se buscaba en el componente identificado como «hispánico», fundamentalmente como antídoto contra lo «disgregador»: afrodescendientes, indígenas y, sobre todo, por su inmenso número, inmigrantes. Dentro del nacionalismo homogeneizador, hubo maneras divergentes de enunciar la inserción de Argentina en el espacio de la lengua española, pero todas las corrientes, aun las racialmente «inclusivas», coincidieron en políticas monoglósicas que excluyeron de la educación las lenguas de inmigrantes y propiciaron la corrección de todo «barbarismo» proveniente (o no) de las situaciones de contacto.4
Que se eligieran, para lectura de los contingentes de niños, textos con tono castizo (aunque no necesariamente españoles, como lo muestra la inclusión de Bello) y rasgos estilísticos que los apartasen de las variedades locales, acercándolos a la imaginaria lengua de una España culta, puede parecer contradictorio con la tentativa de rasurar lo diferente para producir argentinidad. Y seguramente lo fue, pero precisamente una contradicción productiva que operaba en dos planos para reproducir la desigualdad: el disciplinado del vulgo local o del ya devenido vernáculo, y el doble esfuerzo para el nuevo niño extraño, ya que la lengua que en el barrio y en la calle iba aprendiendo, diferente de la de sus padres, la propia lengua del maestro, poco le servía frente a eso otro que ahí aparecía y le hablaba para formarlo, inclusive, en lo moral.
Muchos pequeños puglieses, de la Puglia o no, genoveses, napolitanos, turcos, libaneses, polacos, e inclusive españoles que hablarían rusticidades, como mis tíos abuelos, o glosas ajenas, como los gallegos, habrán tropezado en los escollos de esas lecturas, cayendo repetidamente al espino como volantín sin cuerda.
Y seguramente era una caída menos jocosa y más aleccionadora, más orientada a la mudez que la de mi lectura errante, cincuenta años después, de niño crecido entre libros y con una lengua «propia» valorizada.
En la metátesis, familiarmente festejada, de mi lectura infantil, tropezaban varias memorias de lenguas en la lengua,5 sin que ninguno de la familia, ni siquiera mi padre, se propusiera advertirlas más allá del chiste. Y no había por qué —como se sabe, son cosas mudas—. Por un lado, un italiano que, como tal, nunca había pasado por el núcleo familiar, pero yacía en nuestro mundo al punto de hacerme interpretar hacia uno de sus nombres una forma verbal de «mi» (¿?) lengua. Por otro, el idioma del tango, siempre en un límite de lo que sabíamos que está mal, que no es eso realmente lo que se dice, pero jugando ahí y disponible para el juego. También, por supuesto, y principalmente, ese castellano de nuestra vida, un poco diferente en algunos lugares, como el barrilete y el volantín, pero en el que me disponía a entender todo lo que escuchaba y leía, tan natural que siempre había estado ahí, aunque esos libros viejos dejaban ver otra cosa, silenciosa y a la vez tronante.
Es que también estaba allí la lengua de Os, que para los hispanohablantes hablaba y sigue hablando, incólume a las prédicas de diversidad, que no la callan. Porque ha entrado en la memoria a fuerza de ráfagas y moralejas, y habla, insilenciable, tentadora para el poder y el control, cada vez que se pone en juego la desigualdad por el lenguaje. Así terminaba —amonestándonos— y sigue terminando la fábula:

De esta pandorga tú, vulgo insensato,
eres vivo retrato,
cuando a la santa Ley que al vicio enfrena,
llamas servil cadena,
y en licenciosa libertad venturas
y glorias te figuras.



Adrián Pablo Fanjul6



1 Osvaldo Pugliese, otro con el mismo apellido, era un compositor y pianista de tango, muy famoso en la época.
2 Aníbal Quijano, en su obra Modernidad, Identidad y Utopía en América Latina (Lima: Sociedad y Polítcia Ediciones, 1988), denomina «tiempos mixtos» a esa sobreposición.
3 Un buen análisis del espectro ideológico de intelectuales que actuaron en esos proyectos homogeneizadores puede verse en el libro de Diego Bentivegna El poder de la letra (La Plata: UNIPE, 2011), muy especialmente en su ensayo «Poderes de la literatura; épica, lengua y poesía nacionales».
4 Abundan los estudios sobre políticas en relación con la lengua nacional y las de inmigrantes en la época. De entre muchos otros, destacamos el de Ángela Di Tullio en Políticas lingüísticas e inmigración. El caso argentino (Buenos Aires: Eudeba, 2003) y el de Elvira Arnoux en «Las leyes de defensa de la lengua en la Argentina: propuestas y debates al finalizar los siglos XIX y XX» (Letterature D’ America. Revista trimestrale, n.º 100. Roma: Bulzoni Editore, págs. 23-50).
5 Me apropio en esta figura de las reflexiones de la lingüista brasileña Onice Payer sobre memoria en y de la lengua, que pueden apreciarse en Memória da língua Imigração e nacionalidade (São Paulo: Escuta, 2006).
6 Profesor e investigador en la Faculdade de Filosofia, Letras e Ciências Humanas de la Universidade de São Paulo, Brasil.

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