domingo, 29 de marzo de 2026

¿Por qué la llaman «ortotipografía» cuando quieren decir «microtipografía»? (O por qué el castellano y el catalán son la excepción terminológica)

Hay generaciones que no han conocido otra cosa, pero el término ortotipografía es bastante reciente en castellano. Aparece en el uso en 1987, cuando José Martínez de Sousa lo incluye en su influyente Diccionario de ortografía técnica (Pirámide, p. 15) como parte de esta disciplina. En su primera obra, Diccionario de tipografía y del libro, la voz ortotipografía no tiene entrada, pero sí se registra —⁠error de lexicógrafo aún bisoño— el derivado ortotipográfico (p. 207), que define como «Dícese de los signos o reglas que se refieren a la ortografía aplicada a la ortotipografía». 

Más adelante, en 1995, el término entra en el catalán con otra obra también de gran impacto entre los profesionales de la letra: la Ortotipografia de Josep M. Pujol y Joan Solà. En su prefacio, los autores mencionan que su código tipográfico —que es lo que es en realidad, y de tendencia anglicista en la segunda parte desarrollada por Pujol— recibe este título en homenaje a la Orthotypographia del alemán Hyeronimus Hornschuch (1608), única ocasión en que este término había sido usado en una obra destinada al buen uso de la tipografía entre tipógrafos y correctores, como nos relata Oriol Nadal en su Manuales tipográficos para compositores, correctores e impresores (p. 12). 


La palabra, sin embargo, ni siquiera hizo fortuna en alemán, lengua en la que, al igual que en inglés y en italiano, la escritura tipográfica se designa muy acertadamente como microtipografía (al. Mikrotypografie, in. microtypography, it. microtipografia), ya que forma parte de los refinamientos de composición tipográfica de los signos, los espacios, la línea y el párrafo que, con el tiempo, se han diversificado de un ámbito geográfico-cultural a otro. El diseñador gráfico suizo Jost Hochuli recogió magníficamente los conceptos de ‘cuidado’ y ‘sofisticación’ que incorpora la microtipografía en su Das Detail in der Typografie : Buchstabe, Buchstabenabstand, Wort, Wortabstand, Zeile, Zeilenabstand, Kolumne [El detalle en la tipografía]. En la tradición francesa, por su parte, el término usual se relaciona con los cánones del uso tipográfico más que con la idea de detalle y refinamiento: règles de typographie o règles du bon usage typographique es lo común. Aunque orthotypographie (u orthotypo) también existe, su uso se limita a la obra del corrector, tipógrafo y escritor Jean-Pierre Lacroux, respetado por otros especialistas como Jacques André, que sin embargo mantienen el término habitual. 

La palabra, pues, más común en las lenguas con antigua tradición tipográfica y la que indica, además, el ámbito de pertenencia es microtipografía. Ni el alemán, ni el inglés, ni el italiano, ni el francés relacionan las reglas o recomendaciones de escritura tipográfica con la ortografía. ¿Por qué, entonces, Martínez de Sousa y Solà y Pujol (todos ellos desde Barcelona y de manera sucesiva) adoptaron el término ortotipografía? Porque, en su momento, cuando la generalización de los ordenadores no había vulgarizado aún el uso de la letra tipográfica y todo el mundo escribía sólo a mano o, a lo sumo, con máquinas de escribir, tenía un sentido persuasivo entroncar tipografía con ortografía para acercar las reglas de composición tipográfica a los escritores y a los profesionales de la lengua. Para ellos, la tipografía era terra ignota, y hablarles de «microtipografía» o de «reglas de escritura tipográfica» les sonaba a chino mandarín y les olía a taller gráfico. Pero ponerle un «orto» delante a la tipografía —me disculpen argentinos y uruguayos— les evocaba las reglas de escritura manual correcta que habían aprendido en la escuela —a golpe de regla literalmente, en muchos casos— y les sonaba a «necesario y obligatorio»; aquello sí había que aprenderlo. Gracias a lo que considero una estratagema de José Martínez de Sousa, los escritores y traductores ochenteros y noventeros se afanaban a simular con sus Olivetti el marcaje de la cursiva subrayando los títulos o los extranjerismos, o emulaban una raya (a la que en la época se llamaba menos, aunque no lo fuera) escribiendo dos guiones seguidos. Hacían así gala de un nuevo saber adquirido que iba mucho más allá de la limitada y general ortografía académica y que, sobre todo, los distinguía como profesionales de las letras.

Así, aunque la llamada «ortotipografía» ni siquiera se basa en los mismos principios que la ortografía sino en los de la tipografía y no tiene nada que ver con las lenguas naturales sino con la funcionalidad tipográfica, en castellano y en catalán es el término que ha acabado imponiéndose. Si el cuasi-neologismo sólo hubiera supuesto que la escritura tipográfica saliera del taller de cajas y se convirtiera en sello de los oficios de la letra, no habría nada que objetar. Pero el problema es que, quizá debido a la desprofesionalización del sector editorial, la voz ortotipografía se ha comportado como una especie invasora, que lleva años desplazando y sustituyendo tipografía, con la alteración e incluso reducción del conocimiento y la praxis profesional que ello conlleva. No ayudó en nada que la Real Academia Española integrara la ortotipografía, desmanejadamente y en un batiburrillo, en su última ortografía (2010), tomando esta materia en muy buena medida de la Ortografía y ortotipografía del español actual de Martínez de Sousa, donde una cosa y otra sí se distinguían netamente.


No sé si es tarde ya, pero abogo desde aquí por recuperar tipografía y tipográfico para todo lo que suponga creación de tipos y composición y compaginación de publicaciones con letra de imprenta, y microtipografía o escritura tipográfica para lo que hoy se denomina ortotipografía. El ecosistema tipográfico quedará protegido, la ortografía quedará en su lugar, y los profesionales de la(s) letra(s) tendremos los conceptos mucho más claros, y los campos de acción, mucho más acotados.

Silvia Senz